Movimientos Obreros

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La escena contemporánea por César Falcón [Recorte de Prensa]

Recorte del artículo "La escena contemporánea" de César Falcón publicado en la revista Perricholi, el 4 de marzo de 1926, año 2, nro. 11.

PANORAMA MUNDIAL

La Escena Contemporánea

Escribo este artículo para un público al cual no necesito revelarle mi fraternidad espiritual con José Carlos Mariátegui. El público de Lima nos ha visto ir juntos desde la infancia, formando paralelamente nuestras almas y caminando en la vida al mismo paso. Cuando la brutalidad de una existencia cuyas injusticias abominamos los dos con idéntico alarido le arrancó a él la mejor de sus piernas, yo me quedé solo en el camino, silencioso, mordiendo mi dolor. Pero nuestros pensamientos han continuado la misma ruta. En las páginas de La Escena Contemporánea, el reciente libro de Mariátegui, hay muchos instantes del drama europeo que hemos visto juntos, muchas palabras que hemos oído o leído al mismo tiempo. En su libro he encontrado de pronto, con la plasticidad de una tabla primitiva, o, para personalizarla con un nombre que a él le gustará sin duda, del Cimabur, el panorama del tercio más importante —para mí, al menos— de mi vida. Por esto, mi juicio sobre La Escena Contemporánea se desarrolla hoy como una reacción espiritual ante un acto de mi propio espíritu, es en dicho modo la crítica de una conciencia que se analiza ella misma.

Lo de La Escena Contemporánea es su concepto esencial. Mariátegui no lo ha escrito con la intención fría de informar al pueblo peruano de cómo se gesta y desarrolla la política europea. Mariátegui no es un historiador de la política ni un biógrafo ideológico de sus actores. Es, ante todo, un político. Su información y su comentario pasan siempre a través de sus ideas y van al público reflejadas en el lienzo de su doctrina. Este es el aspecto del libro que me interesa más, porque yo también, como todo hombre sensible a la responsabilidad histórica de su existencia, soy un político.

Mariátegui ve el panorama político actual de Europa, y, en general, del mundo, con dos visiones paralelas. Los motivos centrales de todo movimiento político son, según la mejor síntesis de su juicio disperso, la revolución o la reacción. Ir adelante o volver atrás. El punto medio, el presente, ese acomodarse blandamente en el progreso adquirido y no moverse sino con extremada cautela para conservar la misma postura, no tiene, dentro su tabla de realidades, realidad ninguna. La fauna social se divide, esencialmente, en aquellas dos grandes fuerzas antagónicas. Las demás fuerzas pequeñas gravitan, acordes con su interés y su sicología, hacia una de éstas. La apreciación del fenómeno social tiene así una evidente exactitud. Es cierto que ningún grupo social tiene hoy un movimiento divergente de los dos grandes movimientos de la sociedad. Entre otras razones, porque no puede tenerlo. La alternativa admite distingos, contemplaciones, esperas cuando sirve de juego retórico. Cuando se realiza en hechos históricos hay que seguirla de todos modos. Se la sigue aun sin advertirlo. Quien no está en un lado, está en el otro. No importa que diga lo contrario. Sobre sus palabras está la profunda realidad de la política. Cualquiera que sea la exégesis circunstancial y la intención de un acto político, su significado cierto, que sólo puede verse en contraste con su eficacia histórica, es el de un acto revolucionario o un acto reaccionario.

Pero a esta impresión exacta de la biología política sigue el concepto de la revolución. Mariátegui tiene de la revolución un concepto formal, y de la forma de la revolución un concepto bíblico. La revolución le parece algo como el diluvio. Hay revolución donde el agua sube treinta codos sobre las más altas montañas. Donde no sube tanto o, en lugar de subir, corre por hondos cauces artificiales, hay, por el contrario, reacción. Las dos formas políticas antagónicas de este concepto son el comunismo ruso y el fascismo italiano.

A medida que un partido se acerca al comunismo ruso, se acerca a la revolución, y, de revés, cuando más se acerca al fascismo, más próximo se pone a la reacción.

En la dialéctica periodística de la época, eso se llama marxismo, y no sería arduo probar que lo es efectivamente. Lo arduo es probar que el comunismo ruso es aun marxista y que el marxismo contiene la fórmula mesiánica de la revolución universal. Yo tengo mi intención muy distante de tal empeño. La revolución rusa es, precisamente, la objeción más terminante al sentido universal del marxismo. Mientras pudieron mantenerse las ilusiones de una revolución europea, el pueblo ruso entregó generosamente su carne a la experiencia marxista. Pero el éxito de la experiencia dependía de la revolución europea. Es decir: el marxismo, la visión profética del Manifiesto Comunista, era necesariamente la revolución europea. Zinoviev, a quien Mariátegui, con excesiva lealtad marxista, concede demasiada importancia, ha sido hasta hace unos días el más constante y empecinado pregonero de la revolución universal y del marxismo político en Rusia. Pero hace unos días, la clarividencia genial de Trotsky le ha dado, con las nuevas reformas sociales adoptadas por el Congreso del Partido comunista, el golpe definitivo al marxismo político, de idéntico modo que la admirable ductilidad de Lenin le dio, hace tres años, con la nueva política económica, el golpe de gracia al marxismo económico.

Mariátegui dice: "La filosofía evolucionista de Spencer y la teoría de Darwin sobre el origen de las especies son dos productos típicos y genuinos de la inteligencia, del clima y del ambiente británicos". ¡Y el marxismo, y lo más sólido del marxismo, querido José Carlos! Porque esa visión profética de la revolución universal, ese encarnizamiento de la dictadura del proletariado, ese tono jehovático del Manifiesto Comunista, esa mirada incandescente hacia el porvenir, es del judío Marx, es el grito alucinado de un Isaías. Pero la verdad que el profeta tenía en la mano y que le inflamó la sangre fue el descubrimiento del factor económico en la formación de la moderna sociedad inglesa; la tenía, profundamente evolucionista, del materialismo histórico. Lo que el pueblo inglés hace espontánea e irracionalmente, Marx encontró en Inglaterra una gran verdad, una gran verdad inglesa, y la desparramó en el viento como la gran verdad de los hombres. Los judíos han tenido siempre, antes y después de Cristo, la mala costumbre de dirigirse a la humanidad. El último ejemplo es el de Zinoviev, quien, hasta que el partido le ha tapado al fin la boca, no ha cesado de hablarle a los exangües grupos comunistas supervivientes de Europa como si le hablara a todos los hombres nacidos y por nacer. Y el reproche no tiene importancia cuando quien habla nos descubre, como Marx, un nuevo contorno de la conciencia humana. Pero cuando se dicen las simplezas de Zinoviev, lo menos que puede hacer un hombre sensato es no perder el tiempo escuchándolas.

La pistola marxista le sirve a Mariátegui para disparar a Mussolini un copioso arsenal de adjetivos. Pero uno es sobremanera certero: italianísimo. Aquí, en este solo adjetivo, está, a mi entender, la síntesis más exacta del fascismo, y en la aplicación de los correspondientes al pueblo ruso y al inglés, los del comunismo ruso y el laborismo inglés. Los números también son símbolos del espíritu. Cuando Mariátegui y yo salimos una mañana del congreso socialista de Livorno, entropados en el grupo comunista, la Confederación General del Trabajo italiana tenía cuatro millones trescientos afiliados. El día de la marcha sobre Roma sólo le quedaban quinientos mil, y un año después, treinta mil. Es ingenuo creer que la conversión la hizo el manganello. Mariátegui y yo hemos visto el nacimiento del fascismo y sabemos que los millones de italianos marxistas, si hubieran querido, habrían acabado con él en cuatro días. Pero el fascismo era italianísimo como los cuatro millones de obreros de la Confederación. Esto no puede comprenderlo el marxismo. Esto lo comprenden los pueblos. Porque para un gran pueblo, como para un gran individuo, lo más poderoso, lo histórico, lo eterno es su personalidad. La revolución, sí; pero su revolución, a su manera, como él la siente y la expresa y como destaca su relieve sobre la perspectiva de los siglos. La revolución, en fin de cuentas, no es sino el medio de destruir el orden de vida existente con el ideal de construir un orden mejor, sólo que como el orden de vida no es idéntico en todos los pueblos, cada pueblo necesita realizar su revolución. Los esquemas mentales de un comité de judíos podrán servir para encender una llamarada transitoria. Mas nunca para promover y gobernar el gran movimiento de la consciencia colectiva que es y ha sido siempre el motor de las revoluciones. Este movimiento no se produce difundiendo una teoría, sino creando un sistema de convivencia social propio, en el que la personalidad colectiva adquiere su máximo desarrollo. Por esto, el comunismo ruso, a pesar de haberse despojado del marxismo, es una revolución profunda, y lo son igualmente el fascismo italiano y el laborismo inglés. Yo no sé si Mussolini y MacDonald transformarán el régimen social en Italia y en Inglaterra tan hondamente como Trotsky logre al fin transformar el de Rusia, o si otros hombres completarán la obra iniciada por ellos. Pero el comunismo, el fascismo y el laborismo irracionalmente marxista constituyen las revoluciones de Rusia, de Italia y de Inglaterra y, desde luego, los tres movimientos sociales más vigorosos y más históricos de la época.

La exactitud de tal observación se advierte, más que en estas líneas, en las propias páginas de La Escena Contemporánea. Mariátegui hace latir en ella la caudalosa vitalidad de los tres conglomerados revolucionarios, y esto solo da el signo exacto. La vida no se equivoca.

Yo me alegro de que se haya escrito La Escena Contemporánea para los pueblos del Perú. Pero quisiera que no la hubiese escrito Mariátegui. La inteligencia y el tiempo de Mariátegui nos hacen falta para estudiarnos y revelarnos nosotros mismos, para iluminar nuestra conciencia histórica y perfilar, por nosotros mismos, sin marxismos, sin la ilusión literaria del mesiánico Zusammenbruch de un capitalismo inexistente, nuestra personalidad colectiva y nuestra sociedad futura.

César Falcón

Falcón, César

D'Annunzio y la política italiana [Recorte de prensa]

D'Annunzio y la política italiana

D'Annunzio no es fascista. Pero el fascismo es d’annunziano. El fascismo usa consuetudinariamente una retórica, una técnica y una postura d'annunzianas. El grito fascita de "¡Eia, eia, alalá!" es un producto de la epopeya y del crimen de D'Annunzio. Los orígenes espirituales del fascismo están en la literatura de D'Annunzio puede, pues, renegar al fascismo. Pero el fascismo no puede renegar a D'Annunzio. D'Annunzio es uno de los creadores uno de los artífices del estado de ánimo en el cual se ha incubado y se ha plasmado el fascismo.

Más aún. Todos los últimos capítulos de la historia italiana están saturados de d’anunzianismo. Adriano Tilgher en un sustancioso ensayo sobre la Terza Italia define eI período pre-bélico de 1900 a 1915 como "el reino incontestado de la mentalidad d’annunziana, nutrida de recuerdos de la Roma Imperial y de las comunas italianas de la Edad Media, formada de naturalismo pseudopagano, de aversión al sentimentalismo cristiano y humanitario, de culto de la violencia heroica, de desprecio por el vulgo profano curvado sobre el trabajo servil, de diletantismo kilometrofágico con un vago delirio de grandes palabras y de gestos imponente". Durante ese periodo, constata Tilgher, la pequeña y la media burguesía italiana se alimentaron de la retórica de una prensa redactada por literatos
fracasados, totalmente impregnados de d'annunzianismo y de nostalgias de la Roma imperial.

Y en la guerra contra Austria, gesta d'annunziana, se generó el fascismo, gesta d'annunziana también. Todos los leaders y capitanes del fascismo provienen de la facción que arrolló al gobierno neutralista de Giolitti y condujo a Italia a la guerra. Las brigadas del fascismo se llamaron inicialmente haces de combatientes. El fascismo es una emanación de la guerra. La aventura de Fiume y la organización de los "fasci" fueron dos fenómenos gemelos, dos fenómenos sincrónicos y sinfrónicos. Los fascistas de Mussolini y los "arditi" de D'Annunzio fraternizaban. Unos y otros acometían sus empresas al grito de "¡Eia, eia, alalá!" El fascismo y el humanismo se amamantaban en la ubre de la misma loba como Rómulo y Remo. Pero, nuevos Rómulo y Remo también, el destino quería que el uno matase al otro. El fiumanismo sucumbió en Fiume ahogado en su retórica y en su poesía. Y el fascismo se desarrolló, libre de la concurrencia de todo movimiento similar, a expensas de esa inmolación y de esa sangre.

El fiumanismo se resistía a descender del mundo astral y olímpico de su utopía al mundo contingente, precario y prosaico de la realidad. Se sentía por encima de la lucha de clases, por encima del conflicto entre la idea individualista y la idea socialista, por encima de la economía y de sus problemas. Aislado de la tierra, perdido en el éter, el fiumanismo estaba condenado a la evaporación y a la muerte. El fascismo, en cambio, tomó posición en la lucha de clases. Y, explotando la ojeriza de la clase media contra el proletariado, la encuadró en sus filas y la llevó a la batalla contra la revolución y contra el socialismo. Todos los elementos reaccionarios, todos los elementos conservadores, más ansiosos de un capitán resuelto a combatir contra la revolución que de un político inclinado a pactar con ella, se enrolaron y concentraron en los rangos del fascismo. Exteriormente, el fascismo conservó sus aires d'annunzianos; pero interiormente, su nuevo contenido social, su nueva estructura social desalojaron y sofocaron la gaseosa ideología d'annunziana. El fascismo ha crecido y ha vencido no como movimiento d'annunziano sino como movimiento reaccionario; nó como interés superior a la lucha de clases sino como interés de una de las clases beligerantes. El fiumanismo era un fenómeno literario más que un fenómeno político. El fascismo, en cambio, es un fenómeno eminentemente político. El condotiere del fascismo tenía que ser, por consiguiente, un político, un caudillo tumultuario, plebiscitario, demagógico. Y el fascismo encontró por esto su "duce", su animador en Benito Mussolini, en un agitador profesional, experto en el arte de soliviantar y de organizar a las muchedumbres, y no en Gabriel D'Annunzio. El fascismo necesitaba un leader listo a usar contra el proletariado socialista, el revólver, el bastón y el aceite castor. Y la poesía y el aceite castor son dos cosas inconciliables y disímiles.

La personalidad de D'Annunzio es una personalidad arbitraria y versátil que no cabe dentro de un partido. D’Annunzio es un hombre sin filiación y sin disciplina ideológicas. Aspira a ser un gran actor de la historia. No le preocupa el rol sino su grandeza, su relieve, su estética. Sin embargo, D'Annunzio ha mostrado, malgrado su elitismo y su aristocratismo, una frecuente e instintiva tendencia a la izquierda y a la revolución. En D'Annunzio no hay una teoría, una doctrina, un concepto. En D'Annunzio hay sobre todo, un ritmo, una música, una forma. Más este ritmo, esta música, esta forma, han tenido, a veces, en algunos sonoros episodios de la historia del gran poeta un matiz y un sentido revolucionarios. Es que D'Annunzio ama el pasado; pero ama más el presente. El pasado lo provee y lo abastece de elementos decorativos, de esmaltes arcaicos, de colores raros y de jeroglíficos misteriosos. Pero el presente es la vida. Y la vida es la fuente de su fantasía y de su arte. La reacción es el instinto de conservación, es el estertor agónico del pasado. La revolución es la gestación dolorosa, el parto sangriento del presente.

Cuando, en 1900, D'Annunzio ingresó en la camara italiana, su carencia de filiación, su falta de ideología lo llevaron a un escaño conservador. Más un día de polémica emocionante entre la mayoría burguesa y dinástica y la extrema izquierda socialista y revolucionaria. D'Annunzio, ausente de la controversia teorética, sensible solo al latido y a la emoción de la vida, se sintió atraído magnéticamente al campo de gravitación de la minoría. Y habló así a la Extrema Izquierda: "En el espectáculo de hoy he visto de una parte muchos muertos que gritan, de la otra pocos hombres vivos y elocuentes. Como hombre de intelecto, marcho hacia la vida". D'Annunzio no marchaba hacia el socialismo, no marchaba hacia la revolución. Nada sabía ni quería saber de teorías ni de doctrinas. Marchaba simplemente hacia la vida. La revolución ha ejercido en él la misma atracción natural y orgánica que el mar, que el campo, que la mujer, que la juventad y que el combate.

Y después de la guerra, D'Annunzio ha vuelto a aproximarse varias veces a la revolución. Cuando ocupó Fiume, dijo que el fiumanismo era la causa de todos los pueblos oprimidos, de todos los pueblos irredentos. Y envió un telegrama a Lenin. Parece que Lenin quiso contestar a D'Annunzio. Pero los socialistas italianos se opusieron a que los soviets tomaran en serio el gesto del Poeta. D'Annunzio invitó a los sindicatos de Fiume a colaborar con él en la elaboración de la constitución fiumana. Algunos hombres del ala izquierda del socialismo, inspirados por su instinto revolucionario, propugnaron un entendimiento con D'Annunzio. Pero la burocracia del socialismo y de los sindicatos rechazó y excomulgó esta proposición herética. Los hierofantes, los sacerdotes de la revolución social declararon a D'Annunzio un diletante, un aventurero. La heterodoxia del poeta repugnaba a su dogmatismo revolucionario. D’Annunzio, privado de toda cooperación doctrinaria, dio a Fiume una constitución retórica. Una constitución de tono épico que, es sin duda, uno de los más curiosos documentos de la literatura política de estos tiempos. En la portada de la Constitución del Arengo del Carnaro están escritas estas palabras: “La vida es bella y digna de ser magníficamente vivida”. Y en sus capítulos e incisos, la Constitución de Fiume asegura a los ciudadanos del Arengo de Carnero, una asistencia próvida, generosa e infinita para su cuerpo, para su alma, para su imaginación y para su músculo. En la Constitución de Fiume existen toques de comunismo. No del moderno, científico y dialéctico comunismo de Marx y de Lenin, sino del utópico, arcaico y retórico comunismo de la República de Platón, de la Ciudad del Sol de Campanella y de la Ciudad de San Rafael de John Ruskin.

Liquidada la aventura de Fiume, D'Annunzio tuvo un período de contacto y de negociaciones con algunos leaders del proletariado. En su villa de Gardone, se entrevistaron con él D'Aragona y Baldesi, secretarios de la Confederación General del Trabajo. Recibió también la visita de Tchieherine, que tornaba de Génova a Rusia. Pareció entonces inminente un acuerdo de D'Annunzio con los sindicatos y con el socialismo. Eran los días en que los socialistas italianos, desvinculados de los comunistas, parecían próximos a la colaboración ministerial. Pero la dictadura fascista estaba en marcha. Y, en vez de D'Annunzio y los socialistas, conquistaron la Ciudad Eterna Mussolini y las “camisas negras”.

D'Annunzio vive en buenas relaciones con el fascismo. La dictadura de las camisas negras flirtea con el Poeta. D'Annunzio, desde su retiro de Gardone, la mira sin rencor y sin antipatía. Pero se mantiene esquivo y huraño a toda mancomunidad con ella. Ultimamente, Mussolini ha auspiciado el "pacto marinero" redactado por el Poeta, El "pacto marinero" es la más reciente actividad política de D'Annunzio. Es un tratado de paz o de tregua entre los armadores y los marineros, entre la clase patronal y la clase trabajadora del mar. D'Annunzio es una especie de padrino de la gente de mar. Los trabajadores del mar se someten voluntariamente a su arbitraje y a su imperio. El poeta de "La Nave" ejerce sobre ellos una autoridad patriarcal y teocrática. Vedado de legislar para la tierra, el Poeta se contenta con legislar para el mar. El mar lo comprende mejor que la tierra.

Pero la historia tiene como escenario la tierra y no el mar. Y tiene como asunto central la política y no la poesía. La política que reclama de sus actores contacto constante y metódico con la realidad, con la ciencia, con la economía, con todas aquellas cosas que la megalomanía de los poetas desconoce y desdeña. En una época normal y quieta de la historia D'Annunzio no habría sido un protagonista de la política. Porque en épocas normales y quietas la política es un negocio administrativo y burcrático. Pero en esta época de neo-romanticismo, en esta época de renacimiento del Héroe, del Mito y de la Acción, la política cesa de ser oficio sistemático de la burocracia y de la ciencia. D'Annunzio tiene por eso, un sitio en la política contemporánea. Sólo que D'Annunzio, ondulante y arbitrario, no puede inmovilizarse dentro de una secta ni enrolarse fanáticament en un bando. No es capaz de marchar con la reacción ni con la revolución. Menos aun es capaz de afiliarse a la ecléctica y sagaz zona intermedia de la democracia y de la reforma.

Y así, sin ser D'Annunzio reaccionario, la reacción es paradójica y enfáticamente d'annunziana. La reacción en Italia ha tomado del d'annunzianismo, el gesto, la pose y el acento. En otros países la reacción es más sobria, más brutal, más desnuda. En Italia, país de la elocuencia y de la retórica, la reacción necesita erguirse sobre un plinto suntuosamente decorado por los frisos, los bajo relieves y las volutas de la literatura d’annunziana.

José Carlos Mariátegui.

José Carlos Mariátegui La Chira

Lloyd George

Lloyd George

Lenin es el político de la revolución; Mussolini es el político de la reacción; Lloyd George es el político del compromiso, de la transacción, de la reforma. Equidistante de la revolución y de la reacción, Lloyd George es una estadista ecléctico, equilibrista y mediador. Lejano de la extrema izquierda y de la extrema derecha, Lloyd George no es un fautor del orden nuevo ni del orden viejo. Desprovisto de toda adhesión al pasado y de toda impaciencia del porvenir, Lloyd George es un artesano, un constructor del presente. Lloyd George es un personaje sin filiación dogmática, sectaria, rígida. No es individualista ni colectivista; no es internacionalista ni nacionalista. Acaudilla una rama del liberalismo. Pero esta etiqueta de liberal corresponde a una razón de clasificación electoral más que a una razón de diferenciación programática. Liberalismo y conservadorismo son hoy dos escuelas políticas superadas y deformadas. Actualmente no asistimos a un conflicto dialéctico entre el concepto liberal y el concepto conservador sino a un contraste real, a un choque histórico entre la tendencia a mantener la organización capitalista de la sociedad y la tendencia a reemplazarla con una organización socialista y proletaria.

Lloyd George no es un teórico, un hierofante de ningún dogma económico ni político; es un realizador, es un conciliador casi agnóstico. Carece de puntos de vista rígidos. Sus puntos de vista son provisorios, mutables, precarios y móviles. Lloyd George se nos muestra en constante rectificación, en permanente revisión de sus ideas. Está, pues, inhabilitado para la apostasía. La apostasía su- pone traslación de una posición extremista a otra posición antagónica, extremista también. Y Lloyd George ocupa invariablemente una posición centrista, transaccional, intermedia. Sus movimientos de traslación no son, por ende, radicales y violentos sino graduales y mínimos. Lloyd George es, estructuralmente, un político posibilista. Sabe que la línea recta es, en la política como en la geometría, una línea teórica e imaginativa. La superficie de la realidad política es accidentada como la superficie de la Tierra. Sobre ella no se pueden trazar líneas rectas sino líneas geodésicas. Loyd George, por esto, no busca en la política la ruta más ideal sino la ruta más geodésica.

Para este cauto, redomado y perspicaz político el hoy es una transacción entre el ayer y el mañana. Lloyd George no se preocupa de lo que fue ni de lo que será, sino de lo que es.

Ni docto ni erudito, Lloyd George es, antes bien, un tipo refractario a la erudición y a la pedantería. Esta condición lo preserva de rigideces ideológicas y de principismos sistemáticos. Antípoda del catedrático, Lloyd George es un político de fina sensibilidad, dotado de órganos ágiles para la percepción original, objetiva y cristalina de los hechos. No es un comentador ni un espectador sino un protagonista, un actor consciente de la historia. Su retina política es sensible a la impresión veloz y estereoscópica del panorama circundante. Su falta de aprensiones y de escrúpulos dogmáticos le consiente usar los procedimientos y los instrumentos más adaptados a sus intentos. Lloyd George asimila y absorve instantáneamente las sugestiones y las ideas útiles a su orientamente espiritual. Es avisada, sagaz y flexiblemente oportunista. No se obstina jamás. Trata de modificar la realidad contingente, de acuerdo con sus previsiones, pero si encuentra en esa realidad excesiva resistencia, se contenta con ejercitar sobre ella una influencia mínima. No se obseca en una ofensiva inmadura. Reserva su insistencia, su tenacidad para el instante propicio, para la coyuntura oportuna. Y está siempre pronto a la transacción, al compromiso. Su táctica de gobernante consiste en no reaccionar bruscamente contra las impresiones y las pasiones populares, sino en adaptarse a ellas para encauzarlas y dominarlas mañosamente.

La colaboración de lloyd George en la Paz de Versalles, por ejemplo, está saturada de su oportunismo y su posibilismo. Lloyd George comprendió que Alemania no podía pagar una indemnización excesiva. Pero el ambiente delirante, frenético, histérico de la victoria, lo obligó a adherirse, provisoriamente, a la tesis contraria. El contribuyente inglés, deseoso de que los gastos bélicos no pesasen sobre su renta, mal informado de la capacidad económica de Alemania, quería que esta pagase el costo integral de la guerra. Bajo la influencia de ese estado de ánimo, se efectuaron las elecciones, presurosamente convocadas por Lloyd George a renglón seguido del armisticio. Y para no correr el riesgo de una derrota, Lloyd George tuvo que recoger en su programa electoral esa aspiración del elector inglés. Tuvo que hacer suyo el programa de paz de Lord Northcliffe y del "Times", adversarios sañudos de su política.

Igualmente Lloyd George era opuesto a que el Tratado mutilase, desmembrase a Alemania y engrandeciese territorialmente a Francia. Percibía el peligro de desorganizar y desarticular la economía de Alemania. Combatió, por consiguiente, la ocupación militar de la ribera izquierda del Rhin. Resistió a todas las conspiraciones francesas contra la unidad alemana. Pero, concluyó tolerando que se filtraran en el Tratado. Quiso, ante todo, salvar la Entente y la Paz. Pensó que no era la oportunidad de frustrar las intenciones francesas. Que, a medida que los espíritus se iluminasen y que el delirio de la victoria se extinguiese, se abriría paso automáticamente la rectificación paulatina del Tratado. Que sus consecuencias, preñadas de amenazas para el porvenir europeo, inducirían a todos los vencedores a aplicarlo con prudencia y lenidad. Keynes en sus “Nuevas consideraciones sobre las consecuencias económicas de la Paz” comenta así esta gestión: "Lloyd George ha asumido la responsabilidad de un tratado insensato, inejecutable en parte, que constituía un peligro para la vida misma de Europa. Puede alegar, una vez admitidos todos sus defectos, que las pasiones ignorantes del público juegan en el mundo un rol que deben tener en cuenta quienes conducen una democracia. Puede decir que la Paz de Versalles constituía la mejor reglamentación provisoria que permitían las reclamaciones populares y el carácter de los jefes de Estado. Puede afirmar que, para defender la vida de Europa, ha consagrado durante dos años su habilidad y su fuerza a evitar y moderar el peligro".

Después de la paz, de 1920 a 1922, Lloyd George ha hecho sucesivas concesiones formales, pro­tocolarias, al punto de vista francés: ha aceptado el dogma de la intangibilidad, de la infalibilidad del Tratado. Pero ha trabajado perseverantemen­te para atraer a Francia a una política tácita­mente revisionista. Y por conseguir el olvido de las estipulaciones más duras, el abandono de las cláusulas más imprevisoras.

Frente a la revolución rusa, Lloyd George ha tenido una actitud elástica. Unas veces se ha erguido, dramáticamente, contra ella; otras veces ha coqueteado con ella a hurtadillas. Al princi­pio, suscribió la política de bloqueo y de inter­vención marcial de la Entente. Luego, conven­cido de la consolidación de las instituciones ru­sas, preconizó su reconocimiento. De los leaders bolcheviques se ha expresado, reiteradamente, con una suerte de respestos verbales e ideológicos.

Tiene Lloyd George una visión europea panorámica, de la guerra social, de la lucha de clases. Su política se inspira en los in­tereses generales del capitalismo occidental. Y recomienda el mejoramiento del tenor de vida de los trabajadores europeos, a expensas de las poblaciones coloniales de Asia, Africa, etc. La revolución social es un fenómeno de la civilización capitalista, de la civilización europea, El régimen capitalista —a juicio de Lloyd George— debe adormecerla, distribuyendo entre los trabajadores de Europa una parte de las utilidades obtenidas de los demás trabajadores del mundo. Hay que extraer del bracero asiático, africano, australiano o americano los chelines necesarios para aumentar el confort y el bienestar del obrero europeo y debilitar su anhelo de justicia social. Hay que organizar la explotación de las naciones coloniales para que abastezcan de materias primas a las naciones capitalistas y absorban íntegramente su producción industrial. A Lloyd George, además, no le repugna ningún sacrificio de la idea conservadora, ninguna transacción con la idea revolucionaria. Mientras los reaccionarios quieren reprimir marcialmente la revolución, los reformistas quieren pactar con ella y negociar con ella. Creen que no es posible asfixiarla, aplastarla, sino, más bien, domesticarla.

Esta posición de Lloyd George en la política europea explica su caída del poder. Europa atraviesa un período reaccionario. De 1918 a 1920 Europa vivió un período de revolución. De entonces a hoy vive un período de contrarevolución. Abundan los síntomas: política fascista en Italia, política de Poincaré y del "bloc nacional" en Francia, política de-Hugo Stinnes y de los grandes “carteles” industriales en Alemania. Esta corriente reaccionaria, que arrojó a Nitti del gobierno de Italia y a Briand del gobierno de Francia, expulsó del gobierno de Inglaterra a Lloyd George.

Actualmente, Lloyd George acecha el instante de que las fuerzas de la reacción decaigan para reunir a su rededor a todos los elementos centristas y reformistas e intentar un nuevo experimento de la política del compromiso y de la mediación. La tendencia reformista es aún vital en Europa. En Italia no toda la burguesía es solidaria con Mussolini: Nitti, don Sturzo, "II Corriere della Sera" no se resignan a la dictadura fascista. En Francia se ensanchan progresivamente las bases electorales del "bloc de izquierdas", coalición de radicales y republicanos socialistas del tipo de Painlevé y Herriot. Todavía no se ha llegado a una polarización, a una concentración absoluta de conservadores y revolucionarios. Leopoldo Lugones ha dicho recientemente en la Argentina que el mundo debe elegir entre dos dictaduras: la de Mussolini o la de Lenin. Pero, por ahora, entre la extrema izquierda y la extrema derecha, entre el fascismo y el bolchevismo, existe una extensa, una vasta, una heterogénea zona intermedia, psicológica y orgánicamente democrática y evolucionista, que aspira a un acuerdo, una transacción entre la idea conservadora y la idea revolucionaria. Lloyd George es uno de los leaders sustantivos de esa zona templada de la política. Algunos le atribuyen un íntimo sentimiento demagógico. Y lo definen como un político nostálgico de una posición revolucionaria. Pero este juicio está hecho a base de datos superficiales de la personalidad de Lloyd George. Lloyd George no tiene aptitudes espirituales para ser un caudillo revolucionario ni un caudillo reaccionario. Le falta fanatismo, le falta dogmatismo, le falta sectarismo. Lloyd George es un relativista de la política. Y, como todo relativista, tiene ante la vida una actitud un poco risueña, un poco cínica, un poco irónica y un poco humorista.

José Carlos Mariátegui.

José Carlos Mariátegui La Chira

Mussolini y el fascismo

Mussolini y el fascismo

La querella italo-greca coloca, en primer término, en el escenario mundial la figura del condottiere del fascismo. Benito Mussolini es el personaje de actualidad. Ante Grecia no se yergue Italia; se yergue, más bien, Mussolini. Presenciamos el primer gesto fascista de la política exterior de Italia. El fascismo es esencialmente marcial, nacionalista, conquistador y guerrero. Su actitud frente a Grecia es coherente con su espíritu y su psicología.

Fascismo y Mussolini son dos palabras consustanciales y solidarias. Mussolini es el anima­dor, el líder, el "duce" máximo del fascismo. El fascismo es la plataforma, la tribuna y el carro de Mussolini. Para explicarnos una parte del actual episodio de la crisis europea, recorramos rápidamente la historia de los "fasci" y de su caudillo.

Mussolini como es sabido, es un político de procedencia socialista. No tuvo dentro del socialismo una posición centrista ni templada sino una posición extremista e incandescente. Tuvo un rol consonante con su temperamento. Porque Musso­lini es, espiritual y orgánicamente, un extremista. Su puesto está en la extrema izquierda o en la extrema derecha. De 1910 a 1914 fue uno de los líderes de la izquierda socialista. En 1912 dirigió la expulsión del hogar socialista de cuatro di­putados partidarios de la colaboración ministerial: Bonomi, Bissolati, Cabrini y Podrecca. Y ocupó entonces la dirección del "Avanti". Vinie­ron 1914 y la Guerra. El socialismo italiano re­clamó la neutralidad de Italia. Mussolini, inva­riablemente inquieto y beligerante, se rebeló contra el pacifismo de sus correligionarios. Pro­pugnó la intervención de Italia en la guerra. Dio, inicialmente, a su intervencionismo un punto de vista revolucionario. Sostuvo que extender y exasperar la guerra era apresurar la revolución social. Pero, en realidad, en su intervencionismo latía su psicología guerrera que no podía avenirse con una actitud tolstoyana y pasiva de neutralidad. En noviembre de 1914, Mussolini abandonó la dirección del "Avanti" y fundó en Milán "Il Popolo d'Italia" para preconizar el ata­que a Austria. Italia se unió a la Entente. Y Mussolini, propagandista de la intervención, fue también un soldado de la intervención.

Llegaron la victoria, el armisticio, la desmovilización. Y, con estas cosas, llegó un período de desocupación para los intervencionistas. D’Annunzio, nostálgico de gesta y de epopeya, acometió la aventura de Fiume. Mussolini creó los "fasci di combatimento": haces o fajos de combatientes. Pero en Italia el instante era revolucionario y socialista. Para Italia la guerra había sido un mal negocio. La Entente le había asignado una magra participación en el botín. Olvidadiza de la contribución de las armas italianas a la victoria, le había regateado tercamente la posesión de Fiume. Italia, en suma, había salido de la guerra con una sensación de descontento y de desencanto. Se realizaron, bajo esta influencia, las elecciones. Y los socialistas conquistaron 155 puestos en el parlamento. Mussolini, candidato por Milán, fué estruendosamente batido por los votos socialistas.

Pero esos sentimientos de decepción y de depresión nacionales eran propicios a una violenta reacción nacionalista. La clase media es peculiarmente accesible a los más exaltados mitos patrióticos. Y la clase media italiana, además, se sentía distante y adversaria de la clase proletaria socialista. No le perdonaba su neutralismo. No le perdonaba los altos salarios, los subsidios del Estado, las leyes sociales que durante la guerra y después de ella había conseguido del miedo a la revolución. La clase media se dolía y sufría de que el proletariado, neutralista y hasta derrotista, resultase usufructuario, de una guerra que no había querido. Y cuyos resultados desvalorizaba, empequeñecía y desdeñaba. Estos malos humores de la clase media encontraron un hogar en el fascismo. Mussolini atrajo así la clase media a sus "fasci di combatimento".

Figuraba entonces en el elenco fascista un elemento que los "fasci" no pudieron conservar: el poeta Marinetti, creador del futurismo, que, a propósito de la guerra tripolitana, había soñado megalómana y poéticamente con un neo-imperialismo romano. Algunos disidentes del socialismo y del sindicalismo se enrolaron también en los "fasci" aportándoles su experiencia y su destreza en la organización y captación de masas. No era todavía el fascismo una secta programática y conscientemente reaccionaria y conservadora. El fascismo, antes bien, se creía revolucionario. Su propaganda tenía matices subversivos y demagógicos. El fascismo, por ejemplo, ululaba contra los nuevos ricos. Sus principios —tendencialmente republicanos y anti-clericales— estaban impregnados del confusionismo mental? de la clase media que, instintivamente descontenta y disgustada de la burguesía, es vagamente hostil al proletariado. Los socialistas italianos cometieron el error de no usar sagaces armas políticas para modificar la actitud espiritual de la clase media. Más aún. Acentuaron la enemistad entre el proletariado y la "piccola borghesia", desdeñosamente tratada y motejada por algunos hieráticos teóricos de la ortodoxia revolucionaria.

Italia entró en un periodo de guerra civil. Austada por las "chances" de la revolución, la burguesía armó, abasteció y estimuló solícitamente al fascismo. Y lo empujó a la persecución truculenta del socialismo, a la destrucción de los sindicatos y cooperativas revolucionarias, al quebrantamiento de huelgas e insurrecciones. El fascismo se convirtió así en una milicia numerosa y aguerrida. Acabó por ser más fuerte que el Estado mismo. Y entonces reclamó el poder. Las brigadas fascistas conquistaron Roma. Mussolini, en "camisa negra", ascendió al gobierno, constriñó a la mayoría del parlamento a obedecerle, inauguró un régimen y una era fascista.

Acerca de Mussolini se ha hecho mucha novela y poca historia. A causa de su beligerancia política, casi no es posible una definición objetiva y nítida de su personalidad y de su figura. Unas definiciones son ditirámbicas y cortesanas; otras definiciones son agresivas y panfletarias. A Mussolini se le conoce, episódicamente, a través de anécdotas e instantáneas. Se dice, por ejemplo, que Mussolini es el artífice de fascismo. Se cree que Mussolini ha "hecho" el fascismo. Ahora bien. Mussolini! es un agitador avezado, un organizador experto, un tipo vertiginosamente activo. Su actividad, su dinamismo, su tensión influyeron vastamente en el desarrollo del fenómeno fascista. Mussolini, durante la campaña fascista, hablaba un mismo día en tres o cuatro ciudades. Usaba el aeroplano para saltar de Roma a Pisa, de Pisa a Boloña, de Boloña a Milán. Mussolini es un tipo volitivo, dinámico, verboso, italianísimo, singularmente dotado para agitar masas y excitar muchedumbres. Y fue el organizador, el animador, el condottiere del fascismo. Pero no fue su creador, no fue su artífice. Extrajo de un estado de ánimo un movimiento político; pero no modeló este movimiento a su imagen y semejanza. Mussolini no dió un espíritu, un programa, al fascismo. Al contrario, el fascismo dio su espíritu a Mussolini. Su consustanciación, su identificación ideológica con los fascistas, obligó a Mussolini a exonerarse, a purgarse de sus últimos residuos socialistas. Mussolini necesitó asimilar, absorver el antisocialismo, el chauvinismo de la clase media para encuadrar y organizar a esta en las filas de los "fasci di combatimento". Y tuvo que definir su política como una política reaccionaria, anti-socialista, contrarevolucionaría. El caso de Mussolini se distingue en esto del caso de Millerand, de Bonomi, de Briand y de otros ex-socialistas. Millerand, Bonomi, Briand, no se han visto nunca forzados a romper explícitamente con su origen socialista. Se han atribuido antes bien, un socialismo mínimo, un socialismo homeopático. Mussolini, en cambio, ha llegado a decir que se ruboriza de su pasado socialista como se ruboriza un hombre maduro de sus cartas de amor de adolescente. Y ha saltado del colectivismo más extremo al individualismo más extremo. No ha atenuado, no ha reducido su socialismo; lo ha abandonado total e integralmente. Sus rumbos económicos, por ejemplo, son adversos hasta a toda política de intervencionismo, de estadismo, de fiscalismo. No aceptan el tipo transaccional de Estado capitalista y empresario: tienden a restaurar el tipo clásico de Estado recaudador y gendarme. Sus puntos de vista de hoy son diametralmente opuestos a sus puntos de vista de ayer. Mussolini, sin embargo, era un convencido ayer como es un convencido hoy. ¿Cuál ha sido el mecanismo y el proceso de su conversión de una doctrina a otra? No se trata de un fenómeno cerebral; se trata de un fenómeno cordial. El motor de este cambio de actitud ideológica no ha sido la idea; ha sido el sentimiento. Mussolini no se ha desembarazado de su socialismo, intelectual ni conceptualmente. El socialismo no era en él un concepto sino una emoción, del mismo modo que el fascismo tampoco es en él un concepto sino también una emoción. Observemos un dato psicológico y fisonómico: Mussolini no ha sido nunca un cerebral, sino más bien un sentimental. En la política, en la prensa, no ha sido un teórico ni un filósofo sino un retórico y un conductor. Su lenguaje no ha sido programático, principista, ni científico, sino pasional, sentimental. Los más flacos discursos de Mussolini han sido aquellos en que ha intentado definir la filiación, la ideología del fascismo. El programa del fascismo es confuso, contradictorio, heterogéneo: contiene mezclados "péle-méle", conceptos liberales y conceptos sindicalistas. Mejor dicho, Mussolini no le ha dictado al fascismo un verdadero programa; le ha dictado un plan de acción.

Mussolini ha pasado del socialismo al fascismo, de la revolución a la reacción, por una vía sentimental, no por una vía conceptual. Todas las apostasías históricas han sido, probablemente, un fenómeno espiritual. Mussolini, extremista de la revolución ayer, extremista de la reacción hoy, nos recuerda a Juliano. Como este Emperador, personaje de Ibsen y de Mjerowskovsky, Mussolini es acaso un sér inquieto, teatral, alucinado, supersticioso y misterioso que se ha sentido elegido por el Destino para decretar la persecución de su dios nuevo y reponer en su retablo los moribundos dioses antiguos.

José Carlos Mariátegui.

José Carlos Mariátegui La Chira