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Carta de Manuel Ugarte, [1928]

[1928]
A José Carlos Mariátegui
en Lima
Confidencial
Mi eminente amigo,
Oportunamente le mandamos un ejemplar de nuestro Manifiesto sobre la situación de Nicaragua. Como la mayor parte de los envíos se han extraviado en el correo, le estimaré que me diga si llegó a su poder.
Las felicitaciones más cordiales por la reaparición de la gran revista continental, y un fuerte apretón de manos.
Manuel Ugarte
Manuel Ugarte
54, rue Saint Philippe, Nice, Francia.

Ugarte, Manuel

Tarjeta Postal de Vitalis J. Kontovt, 8/10/1930

Mosca 8 de octubre de 1930
Muy señores míos,
Quedaría muy grato si me enviase una copia de muestra de Amauta.
Sírvase aceptar los saludos de su affo
Vitalis J. Kontovt
Moscou U. R. S.S Centre Machkov per 8 x18

Kontovt, Vitalis J.

Carta de Carlos Deambrosis Martins, 7/2/1930

Talence, febrero 7 de 1930
Sr. Administrador de Amauta
Lima, Perú
Distinguido Sr. Administrador:
Haciendo referencia a mis anteriores del 23, diciembre, 1929; y 14 de enero de 1930, tengo el honor de remitirle una colaboración original de M. Henri Barbusse:
La Vuelta
Valor: Doscientos francos franceses, en giro sobre París y al nombre de M. Henri Barbusse, mi representado.
Espero sus apreciables noticias, y soy su muy atento y obsecuente servidor.
Carlos Deambrosis Martins
2,Place Armand Fallières
Talence, Gironda, Francia

Deambrosis Martins, Carlos

Carta de Javier Bueno, 6/12/1928

[Genève], 6 de diciembre de 1928
Sr. J. Carlos Mariátegui,
Director de Amauta,
Lima - Perú.
Mi querido amigo y compañero:
Por correo aparte recibirá Ud. un ejemplar del estudio sobre las condiciones de vida y de trabajo que acaba de publicar esta Oficina internacional. No escapará a Ud. el interés del tema, pues de todos los trabajadores intelectuales, acaso los más necesitados de protección sean los periodistas. La nueva prueba de actividad de la Organización internacional del Trabajo será seguramente secundada por Ud. en Amauta, y aunque Ud. o uno de sus colaboradores habrá de hacer un examen más detenido, me permito enviarle con el ejemplar una nota resumen cuya inserción le agradecería.
Espero sus noticias y si al fin se decide a venir a Europa, no deje de advertírmelo pues ya sabe cuánto placer tendría en abrazarle.
Un saludo muy cordial de su incondicional amigo y compañero.
Javier Bueno

Bueno, Javier (Antonio Azpeitua)

Carta de César Moro, 7/1928

Respuesta dirigida al Gerente de la revista Amauta por la publicación de sus poemas:
París, julio de 1928
Gerente:
Has publicado mis poemas de una manera infame. Llenos de errores, sin los espacios marcados y suprimiendo líneas enteras. Pero a quién reclamar en Amauta? Merecías... pero es que mereces algo? Sigue publicando Peralta, Varallanos o Avellanos, de los Prados, mesas, catres, y roperos. Amauta es una revista histórica. El mejor jabón: Reuter! Específico sin rival para el pelo. Viva el tricófero de Barry! Abajo las pastillas rosadas del Sr. Richards! "Después de la función sírvase ud. pasar al Palais Concert".
Bueno, basta de chunga, Amauta es una revista con probabilidades.
Viva la Giunguina Laroche!!!

Moro, César

Carta de César Moro,3/1928

París, marzo de 1928
Querido Mariátegui
Le agradecería publicara juntos y por orden de fecha los tres poemas que le envío.
Espero tener mejor suerte esta vez que las anteriores. Amauta nos interesa doblemente en Europa; hasta ahora he estado un poco desconectado de Amauta, cuestión de la distancia.
Vi que Marinetti se metió por sorpresa en el último número, ¡hay tanto más de nuestro lado!
Espero que nos comuniquemos.
Le saluda afectuosamente,
César Moro
P.S. Cuide s.v.p. las fechas y la exactitud en la reproducción de los poemas. Gracias.
Vale.

Moro, César

Carta de Javier Bueno,9/3/1928

Ginebra, 9 de marzo de 1928
admirado Jose Carlos Mariátegui! Salud!
AMAUTA ha salido con nuevos empujes. Viva AMAUTA! Lanzas como esas han de atravesar la muralla de egoísmos, maldades, perfidias, estupidez y brutalidad que nos separa del mundo nuevo. En Europa no hay muchas AMAUTA. Los escritores y poetas europeos están haciendo bibelots para divertir al burgués, han dicho que la palabra esta pasada de moda, pues cada vez es mas fulminante!
Le envío esos versos para AMAUTA.
Le abraza cordialmente
Javier Bueno.

Bueno, Javier (Antonio Azpeitua)

Carta de Henneuth (Monde), 24/2/1928

París, 24 de febrero de 1928
Monsieur.
Nous nous permettons de vous envoyer sous ce pli un prospetus concernant notre journal Monde qui doit paraitie dans le courant du mois d’Avril.
Nous espérons pouvoir compter sur votre adhésion. Me trouvant chargé par Henri Barbusse de me mettre en rapports avec les personnes susceptibles de s’intéresser à notre programme, je vous prie de bien vouloir me communiquer éventuellement toutes suggestions, qui nous seront évidemment trés precieuses, concernant la vie et la diffusion de notre publication dans votre pays.
Nous vous serions également reconaissants si vous pouviez nous envoyer les adresses d’autres personnes susceptibles de s’interésser a Monde.
En attendant le plaisir de vous lire, nous vous prions de croire, Monsieur, à l’expression de nos sentiments tres distingués.
p. L’Administrateur
A. Henneuth

Henneuth, A.

Carta de Javier Bueno, 5/1/1928

Genéve, 5 jan 1928
Muy distinguido señor mío:
He recibido y leído con gran interés los números dela Revista Amauta que es un gran valor entre las publicaciones de su género.
Atendiendo a su ruego me es grato comunicarle que desde ahora se le hará envío regular de nuestras "Informaciones Sociales" donde seguramente encontrará Ud. informaciones muy útiles que acaso pudiera utilizar en Amauta.
Aprovecho la ocasión para ofrecerme a Ud. muy atento y seguro servidor.
Javier Bueno

Bueno, Javier (Antonio Azpeitua)

Tarjeta Postal a Alfonso De Silva, 28/2/1927

Lima, 28 de febrero de 1927
Querido Silva:
Cuando le envié un ejemplar del número de Amauta en que se publicaba su lied, le escribí algunas líneas pidiéndole nueva colaboración.— He sabido últimamente que ha estado Ud. delicado de salud. Querría que la noticia no fuera cierta. En todo caso, formulo votos porque esté Ud. ya bien. Yo he seguido sufriendo constantes fallas en mi salud. Pero, afortunadamente, me restablezco ahora.
Envíeme para Amauta versos o música. Le mando la revista regularmente a la Legación.
Cordialmente suyo
José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Carta de Editorial Cenit, 18/7/1930

Madrid,18 de julio de 1930
Sociedad Editora Amauta
Apartado 2107
Lima - Perú
Muy Sres. nuestros:
A su debido tiempo fue en nuestros poder su atta. 10 de junio último y en vista de sus manifestaciones les adjuntamos extracto de su apreciable cuenta, cerrado a la fecha, que como verán arroja un saldo a n/favor de pesetas 1.917,75 (mil novecientos diez y siete pesetas con 75/00).
Para reembolsarnos de este saldo, pondremos mensualmente un giro en circulación a S/respetable cargo por Ptas. 300, a 30 d/v hasta su total cancelación, y los gratos pedidos que en adelante se sirvan pasarnos, se los giraremos a los 6 meses fecha factura, según tenemos convenido.
Confiamos en que será de su agrado y conformidad la forma que damos para la cancelación del saldo pendiente, y en espera de sus noticias a este respecto no es grato reiterarnos como siempre de Uds. attos. ss. ss.
Editorial Cenit

Editorial Cenit

Carta de José Antonio de Sangróniz, 6/11/1929

Madrid, 6 de noviembre de 1929
A Don José Carlos Mariátegui, Director de "Amauta", y le da gracias expresivas por el amable envío de los ejemplares de su muy interesante Revista, que solicitamos para completar la colección.
José Antonio de Sangróniz aprovecha esta oportunidad para reiterar a V. el testimonio de su consideración más distinguida

Sangróniz, José Antonio de

Carta de Herwarth Walden, 12/4/1927

Berlín, 12 de abril de 1927
Herrn
Direktor Mariátegui
Redaktion Amauta
Lima / Perú
Sehr geehrter Herr Mariátegui,
vielen Dank für Ihre Karte von 7. Februar. Mit dem Inseratentausch ist der Verlag Der Sturm gern einverstanden. Ich füge Ihnen den Text bei und bitte, ihn spanisch zu übersetzen. Ferner überreiche ich Ihnen auf französisch einen Beitrag von mir, die Komitragödie Dernier amour. Senden Sie uns bitte den Text Ihres Inserates von Amauta. Die Zeitschrift Variedades habe ich leider nicht bekommen.
Mit verbindlichen Grüssen
Herwarth Walden

Walden, Herwarth

Carta de Clarte, 4/4/1927

París, le 4 avril 1927
Amauta
Sagástegui 669
Casilla 2107
Lima - Pérou
Cher Camarade,
J’ai bien reçu votre carte du 4 Mars. Nous reçevons en effet votre revue depuis quelques mois et nous vous en remercions. Je m’excuse de ne pas vous avoir envoyé plus tôt Clarté, mais nous vous ferons désormais le service. Naturellement nous sommes a votre disposition pour tout envoi supplémentaire de Clarté que vous desireriez pour la diffusion.
Salutations fraternelles
[firma no identificada]

Clarte

Carta de Clarté, 22/9/1926

Paris, 22 de setiembre de 1926
Cher Camarade,
Ainsi que nous l’avons annoncé dans le dernier numéro de Clarté, nous avons cessé le service du Livre du Mois. En révisant les comptes, nous constantons que le votre est toujours débiteur de la somme de 41,05.
Afin de pouvoir arrêter nos écritures, nous vous serions reconnaissants de bien vouloir faire pervenir le solde le plus tôt possible.
Dans cette attente, recevez, Camarade, nos fraternelles salutations.
[firma no descifrada]

Clarte

El debate y el proceso de la instrucción pública en el Perú [Recorte de prensa]

El debate y el proceso de la instrucción pública en el Perú

Tres influencias se suceden en el proceso de la instrucción en la República: la influencia o, mejor, la herencia española, la influencia francesa y la influencia norteamericana. Pero sólo la española logra en su tiempo un dominio completo. Las otras dos se insertan mediocremente en el cuadro español, sin alterar demasiado sus líneas fundamentales.

La historia de la instrucción pública en el Perú se divide así en los tres períodos que señalan estas tres influencias. Los límites de cada período no son muy precisos. Pero en el Perú este es un defecto común a casi todos los fenómenos y a casi todas la cosas. Hasta en los hombres rara vez se observa un contorno neto, un perfil categórico. Todo aparece siempre un poco borroso, un poco confuso.

En el proceso de la instrucción pública, como en otros aspectos de nuestra vida, se constata la superposición de elementos extranjeros insuficientemente combinados, insuficientemente aclimatados. El problema está en las raíces mismas de este Perú hijo de la conquista. No somos un pueblo que asimila las ideas y los hombres de otros países impregnándolas de su sentimiento y su ambiente, y que de esta suerte enriquece, sin deformarlo, su espíritu nacional. Somos un pueblo en el que conviven, sin fusionarse aún, sin entenderse todavía, indígenas y conquistadores. La República se siente y hasta se confiesa solidaria con el Virreinato. Como el Virreinato, la República es el Perú de los coIonizadores, no de los regnícolas. El sentimiento y el interés de las cuatro quintas partes
de la población no juegan ningún rol en la formación de la nacionalidad de sus instituciones.

La Educación nacional, por consiguiente, no tiene un espíritu nacional: tiene más bien un espíritu colonial y colonizador. Cuando en sus programas de Instrucción Pública, el Estado se refiere a los indios, no se refiere a ellos como peruanos iguales a todos los demás. Los considera como una raza inferior. La República no se diferencia en este terreno del Virreinato.

España nos legó de otro lado, un sentido aristocrático y un concepto literario de la enseñanza. Dentro de este concepto que cerraba las puertas de la Universidad a los mestizos, la cultura era un privilegio de casta. El pueblo no tenía derecho a la instrucción. La enseñanza tenia por objeto formar clérigos y doctores.

La revolución de la independencia alimentada de ideología jacobina, produjo temporalmente la adopción de principios igualitarios. Pero este igualitarismo verbal no tenía en mira, realmente sino al criollo. Ignoraba al indio. La República, además, nacía en la miseria. No podía permitirse el lujo de una amplia política educacional.

La generosa concepción de Condorcet no se contó entre los pensamientos tomados en préstamo por nuestros liberales a la gran revolución. Prácticamente subsistió en esta como en casi todas las cosas, la mentalidad colonial. Disminuida la efervescencia de la retórica y el sentimiento liberales, reapareció netamente el principio del privilegio. El gobierno de 1831, que declaró la gratuidad de la enseñanza, fundaba esta medida que no llegó a actuarse, en "la notoria decadencia de las fortunas particulares que había reducido a innumerables padres de familia a la amarga situación de no serles posible dar a sus hijos educación ilustrada, malográndose muchos jóvenes de talento". Lo que preocupaba a ese gobierno no era la necesidad de poner este grado de instrucción al alcance del pueblo. Era, según sus propias palabras la urgencia de resolver un problema de las familias que habían sufrido desmedro en su fortuna.

La persistencia de la orientación literaria y retorica se manifiesta con la misma acentuación. Felipe Barreda y Laos, señala como fundaciones típicas de los primeros lustros de la República las siguientes Colegio de la Trinidad de Huancayo, la Escuela de Filosofía y latinidad de Huamachuco y las cátedras de Filosofía, de Teología dogmática y de Jurisprudencia del Colegio de Moquegua.

En el culto de las humanidades se confundían los conservadores y los liberales, la vieja aristocracia terrateniente y la joven burguesía urbana. Unos y otros se complacían en concebir las universidades y los colegios como unas fábricas de gentes de letras y de leyes. Los liberales no gustaban menos de la retórica que los conservadores. No había quien reclamase una educación práctica dirigida a estimular el trabajo, a empujar a los jóvenes al comercio y a la industria (menos aún había quien reclamase una orientación democrática destinada a franquear el acceso a la cultura a todos los individuos).

La herencia española no era exclusivamente una herencia psicológica e intelectual. Era ante todo una herencia económica y social. El privilegio de la educación persistía por la simple razón de que persistía el privilegio de la riqueza y de la casta. El concepto aristocrático
de la educación correspondía absolutamente a un régimen y a una economía feudales. La revolución de la Independencia no habia liquidado en el Perú este régimen y esta economía. No podía por ende, haber cancelado sus ideas peculiares sobre la enseñanza.

El Doctor Manuel Vicente Villarán, que representa en el proceso y el debate de la instrucción pública peruana el pensamiento demo-burgués, deplorando esta herencia dijo en su discurso sobre las profesiones liberales hace un cuarto de siglo: "El Perú debería ser por mil causas económicas y sociales, como han sido los Estados Unidos, tierra de labradores, de colonos, de mineros, de comerciantes, de hombres de trabajo; pero las fatalidades de la historia y la voluntad de los hombres han resuelto otra cosa, convirtiendo al país en centro literario, patria de intelectuales y semillero de burócratas. Pasemos la vista en torno de la sociedad y fijemos la atención en cualquier familia: será una gran fortuna si logramos encontrar entre sus miembros algún agricultor, comerciante, industrial omarino, pero es indudable que habrá en ella, algún abogado o médico, militar o empleado, magistrado o político, profesor o literato, periodista o poera. Somos un pueblo donde ha entrado la manía de las naciones viejas y decadentes, la enfermedad de hablar y de escribir y no de obrar, de "agitar palabras y no cosas", dolencia lamentable que constituye un signo de laxitud y de flaqueza. Casi todos miramos con horror las profesiones activas que exigen voluntad enérgica y espíritu de lucha, porque no queremos combatir, sufrir, arriesgar y abrirnos paso por nosotros mismos hacia el bienestar y la independencia. Qué pocos se deciden a soterrarse en la montaña, a vivir en las punas, a recorrer nuestros mares, a explorar nuestros ríos, a irrigar nuestros campos, a aprovechar los tesoros de nuestras minas. Hasta las manufacturas y el comercio, con sus riesgos y preocupaciones, nos atemorizan; en cambio contemplamos engrosar año por año la multitud de los que anhelan a todo precio la tranquilidad, la seguridad, el semi-reposo de los empleos públicos y las profesiones literarias. En ello somos estimulados, empujados por la sociedad entera. Todas las preferencias de los padres de familia son para los abogados, los doctores, los oficinistas, los literatos y los maestros. Así es que el saber se halla triunfante, la palabra y la pluma están en su edad de oro, y si el mal no es corregido pronto, el Perú va a ser como la China, la tierra prometida de los funcionarios y de los letrados.

Examinaremos en un próximo artículo la responsabilidad de la herencia española en el estado social presentado por Dr. Villarán y el significado de la aparición de estas ideas en el debate de la instrucción pública.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional XXII [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional XXII

Los nombres y las obras que he revisado en esta serie de artículos representan, en mi opinión, las estaciones sustantivas de la evolución de la literatura peruana. No he tenido en esta sumarísima revisión de valores —signos el propósito de hacer historia ni crónica. No he tenido siquiera el propósito de hacer crítica, dentro del concepto que limita la critica al campo de la técnica literaria. Yo no puedo concebir ni entender la literatura como un fenómeno autónomo y solitario. En la serie de artículos o, mejor, en el largo folletón que he escrito para varios números de MUNDIAL, no me he propuesto sino esbozar los lineamientos o los rasgos esenciales de nuestra literatura. He realizado un ensayo de interpretación de su espíritu; no de revisión de sus valores ni de sus episodios. Mi trabajo pretende ser una teoría o una tesis y no un análisis.

Esto explicará —a los que aún no se la hayan explicado no obstante mi reiterada advertencia sobre el carácter de este estudio— la prescindencia deliberada de algunas obras que, con incontestable derecho a ser citadas y tratadas en la crónica y en la historia de nuestra literatura, carecen de significación esencial en su proceso mismo. Esta significación, en todas las literaturas, la dan dos cosas: el extraordinario valor intrínseco de la obra o el valor histórico de su influencia. El artista perdura realmente, en el espíritu de una literatura, o por su obra o por su descendencia. De otro modo, perdura solo en sus bibliotecas y en su cronología. Y entonces puede tener mucho interés para la especulación de eruditos y bibliográficos; pero no tiene casi ningún interés para una interpretación del sentido profundo de una literatura.

Mi estudio se detiene en César Vallejo, entre otras razones porque, como ya lo he dicho, este poeta, de señaladísima influencia en los "nuevos", inaugura un ciclo, abre un capítulo en la poesía peruana, y porque el estudio de la última generación, que constituye un fenómeno en pleno movimiento, en actual desarrollo, no puede aún ser efectuado con este mismo carácter de balance. Precisamente en nombre del revisionismo de los nuevos se instaura este proceso de la literatura nacional. En este proceso, como es lógico, se juzga el pasado; no se juzga el presente. Solo sobre el pasado puede decir ya esta generación su última palabra. Los nuevos, que pertenecen más al porvenir que al presente, son en este proceso jueces, fiscales, abogados, testigos. Todo, menos acusados.

Fuera y antes de esta serie de artículos, —destinados a formular las proposiciones generales de mi tesis que, en su intención y en su forma, es una requisitoria y no una sentencia,— he publicado en MUNDIAL diversas impresiones críticas sobre algunos autores y algunos libros. Y, continuando este trabajo de interpretación, me ocuparé después, separada y sucesivamente de los episodios y los casos que mis lecturas me señalen. No concluye aquí sino la exposición de una teoría.

Pero, antes de poner punto final a estas notas, considero necesario subrayar algunos rasgos fundamentales de este instante de nuestra literatura. Ante todo, ratificaré mi juicio de que la nueva generación señala la decadencia definitiva del "colonialismo". El prestigio espiritual y sentimental del Virreinato, celosa e interesadamente cultivado por sus herederos y su clientela, tramonta para siempre en esta generación. Este fenómeno iliterario e ideológico es presentar, naturalmente, como una faz de un fenómeno mucho mas vasto. La generación de Riva Agüero realizó, en la política y en la literatura, la última tentativa por salvar la colonia. Más, como es demasiado evidente, el llamado "futurismo", que no fue sino un neo-civilismo, está liquidado, política y literariamente, por la fuga la abdicación y la dispersión de sus corifeos. Y, liberada da los mitos coloniales, la literatura deviene cada día mas iconoclasta y revolucionaria.

En la historia de nuestra literatura, la "colonia" termina ahora. El Perú, hasta esta generación, no se había independizado aún de la Metrópoli. Algunos escritores, algunos artistas, habían sembrado ya los gérmenes de otras influencias. González Prada, hace cuarenta años, desde la tribuna del Ateneo, invitando a la juventud intelectual de entonces a la revuelta contra España, se definió como él precursor de un período de influencias cosmopolitas. En este siglo, el modernismo rubendariano nos aportó, atenuado y contrastado por el colonialismo de la generación "futurista", algunos elementos de renovación estilística que afrancesaron un poco el tono de nuestra literatura. Y, luego, la insurrección "Colónida" amotinó contra el academicismo español, —solemne pero precariamente restaurado en Lima con la instalación de una Academia correspondiente,— a la generación de 1915, la primera que escuchó deveras la ya vieja admonición de González Prada. Pero todavía duraba lo fundamental del colonialismo: el prestigio intelectual y sentimental del Virreinato. Había decaído la antigua forma; pero no había decaído igualmente el antiguo espíritu.

Hoy la ruptura es sustancia. El "indigenismo" el "andinismo", están extirpando, poco a poco, desde sus raíces, al "colonialismo". Y este impulso no proceda exclusivamente de la sierra. Valdelomar, Falcón, criollos, costeños, se cuentan, —no discutamos el acierto de sus tentativas— entre los que primero han vuelto sus ojos a la estirpe. Nos vienen, de fuera, copiosa y confusamente, variadas inflluencias internacionales. Nuestra literatura ha entrado en su período de cosmopolitismo. En Lima, este cosmopolitismo se traduce, entre otras cosas, en la imitación de no pocos corrosivos decadentismos occidentales y en la adopción de anárquicas modas finiseculares. Pero, bajo este flujo precario, un nuevo sentimiento, una nueva revelación se anuncian. Y, como ya lo he remarcado, por los caminos universales, ecuménicos, que tanto se nos reprochan, nos vamos acercando cada vez más a nosotros mismos.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La ex-comunión de "L'Action Francaise" [Recorte de prensa]

La ex-comunión de "L'Action Francaise"

La política de "L’Action Francaise" se definía, hasta hace poco, con estas tres palabras: monarquía, catolicismo, nacionalismo. Estas dos últimas aparecen en la historia en constante desavenencia teórica, no obstante su frecuente entendimiento práctico. La idea de la Nación se presenta como un producto del espíritu renacentista, denunciado por los doctores de la Iglesia como herético y protestante. Por nacionalista —esto es, por herética y protestante en primer o último análisis— fue condenada a la hoguera Juana de Arco. Católico es universal. Pero Charles Maurras, el filósofo de "L’Action Francaise" había encontrado siempre en el recetario de su monarquismo positivista la fórmula no sólo de reconciliar sino hasta de mancomunar catolicismo y nacionalismo.

El compromiso entre la Iglesia Católica y el Estado demo-libenal, —afirmado y ratificado en todo el mundo a medida que el liberalismo, después de asegurar el poder a la burguesía, perdió su sentido revolucionario,— favorecía paradojalmente la tesis de
Maurrás, enemigo irreductible del Estado demo-liberal, para él siempre herético y absurdo. La extinción de la vieja polémica entra la Iglesia y la Nación suprimía los conflictos teóricos y prácticos que habrían saboteado en otro tiempo su especulación filosófica.

Pero ahora el Vaticano, que sabe de oportunismo y de positivismo mucho más que el eminente monarquista, liquida con una declaración irrevocable el equívoco escondido en su programa. "L’Action Francaise" ha sido ex-comulgada. Los libros de Charles Maurrás, puestos en el Index. Y "L’Action Francaise", en vez de abjurar su herejía, la ha reafirmado. Charles Maurras y León Daudet han respondido con un rotundo "Non posomus" a la sentencia papal. Puestos a elegir entre su catolicismo y su nacionalismo, han optado por éste. O, mejor, por su monarquismo, eludiendo el dilema.

Naturalmente, lo que la Santa Sede ha condenado no es el nacionalismo de "L’Action Francaise" sino el paganismo de Maurras. En estos tiempos de fascismo, el Vaticano, en flirt diplomático con el fascio littorio, no se aventuraría a romper, imprudentemente, una lanza por el carácter ecuménico, universal, —ergo antinacionalista— de la catolicidad, a menos que muy fuertes y concretas razones se lo aconsejaran. El anatema cae cobre lo que hay de pagano y hasta de ateo en el fondo de la literatura y la filosofía de Maurras. Todos saben que el catolicismo de Maurras es inconfundiblemente oportunista y relativo. Maurras no está por la Fe, sino por la Iglesia. Su catolicismo reposa en razones prácticas. Ha llegado a él por la vía del positivismo. Es católico por tradición nacional. La monarquía en Francia fue católica; él, legitimista ortodoxo, no puede ser sino católico.

Mas de esto estaban enterados desde hace mucho tiempo todos los lectores de Maurras: adversos, amigos y neutros. La Iglesia era lo único que parecía ignorarlo. Le han sido necesarios al menos quince años más que a cualquiera para informarse cabal y definitivamente del espíritu de Maurras y, por ende, del espíritu de "L’Action Francaise”. (Y hay que referirse siempre a Maurras y no a Daudet porque el que está en causa es Maurras, La filosofía de "L’Action Francaise" es de Maurras; la literatura, de Daudet. O, mejor, en "L Action Francaise", Maurras es el ideólogo. Daudet el panfletista). Los doctores del Vaticano, interpelados, responderían probablemente así: —Es cierto. Todo el mundo sabía que Maurras no era un católico auténtico. Pero la Iglesia no podía comportarse como todo el mundo. La Iglesia era juez. Maurras estaba procesado. Su juicio ha durado todo este tiempo.

Se dice, en efecto, que la condena definitiva de Maurras estaba resuelta hace más de diez años. Parece que la guerra la detuvo. El Santo Oficio tenía documentada la peligrosa heterodoxia del pontífice del legitimismo francés. Se vacilaba, por complicadas razones de oportunidad, para fulminarlo con un anatema. Para resolverse a condenarlo, el Papa mismo ha estudiado toda su obra.

El golpe desde el punto de vista político, no es al nacionalismo. Es, más bien, al legitimismo, al monarquismo. Desde los tiempos del Concordato, el Vaticano ha renunciado completamente a contestar y, mas aún, a repudiar el orden burgués en Francia. Republicanos y demócratas son, al mismo tiempo, buenos católicos. El nacionalismo no está acaparado en Francia por la capilla de "L’Action Francaise". El movimiento reaccionario se guarda de identificarse con el movimiento monarquista. El fascismo francés tiene otros capitanes. Tiene hasta otros órganos: el diario dirigido por George Valois. En tanto, se dice que el Vaticano le guarda cierto rencor al anglicanismo que, bajo la monarquía, opuso tantas veces la iglesia nacional a Roma.

Por esto mismo, "L’Action Francaise" queda gravemente maltrecha. El derecho de llamarse católica le ha sido cancelado por la suma autoridad eclesiástica. El derecho a llamarse nacional le es contestado cotidianamente por las fracciones concurrentes. A la gaceta polémica de Maurras y Daudet no le queda, pues, realmente sino su legitimismo, su monarquismo. Esto es, la bendición platónica del duque de Guisse. Y el paganismo de Maurras, condenado por el Papa. Y la diatriba de Daudet, que no le interesa a la Iglesia, ni a la Historia.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

"Der Sturm" y Herwarth Walden [Recorte de prensa]

"Der Sturm" y Herwarth Walden

No es posible explorar los caminos del arte moderno en Alemania sin detenerse largamente en "Der Sturm". " ​Der Sturm" no es solamente una revista. ​ Es una casa de ediciones artísticas, una sala de exposiciones y conferencias, una galería de arte de vanguardia. Representa un hogar de las nuevas tendencias artísticas alemanas e internacionales. ​

Quien conozca la historia del expresionismo alemán sabe el lugar que ocupa en ella la revista "Der Sturm", que ha cumplido ya su decimoséptimo año de existencia. El expresionismo no ha acaparado a "Der Sturm". Cubistas y dadaístas, futuristas y constructivistas, sin excepción, han tenido en "Der Sturm" albergue fraterno. Herwarth Walden, director de "Der Sturm", no se ha dejado nunca monopolizar por una sola escuela. Vanguardista auténtico, de rica cultura, de agua visión y de penetrante inteligencia, su empeño consiste en cooperar, sin limitaciones, a la creación de un nuevo sentido artístico. Pero el hecho de que el expresionismo haya nacido en Alemania lo ha vinculado particularmente a hombres y a las obras de esta tendencia artística y literaria.

El movimiento expresionista exhibe, entre otros, el mérito de haber colocado a Alemania en rango principal en la pintura, después de un largo período, en que permaneció a este respecto, relegada a segundo orden. La época del impresionismo se caracteriza como la de la hegemonía de la pintura francesa. Monet, Renoir, Cezanne, Degas, etc., llenan con su trabajo y con su influencia un entero capitulo de la pintura moderna. En ese capítulo, Alemania tiene muy exigua figuración. En general, todo el ciclo realista, impresionista,
naturalista, recibió un aporte escaso y opaco de los artistas alemanes. Ha sido con la victoria de la fantasía sobre la realidad, de la imagen y la figura sobre la cosa, marcada por las nuevas corrientes, que la pintura y la escultura alemanas han entrado en un período de resurgimiento. El abstractismo, de estas nuevas tendencias parece más próximo o más asequible al espíritu alemán que el naturalismo o el objetivismo de las escuelas que se proponían la representación de la naturaleza, en las cuales han sobresalido, mas bien, los latinos.

Dos hogares ha tenido Berlín para el arte moderno: la casa de "Der Sturm" y la casa Paul Cassirer. Estas dos casas no han sido amigas, aunque en cierta forma hayan trabajado en una misma empresa. Y lo que las ha separado no han sido razones de "bottega" o de concurrencia ante el público. Mientras Paul Cassirer, cualquiera que haya sido la generosidad y la inteligencia de su mecenismo, se clasifica siempre como un corredor o comerciante de obras de arte, Herwarth Walden se libra de este título por la intransigencia o el extremismo que ha dado a su misión. La posición de Walden es hasta hoy una posición de extrema izquierda, no por una fácil adhesión a ultraísmos formales sino por una reiterada afirmación de un espíritu realmente revolucionario. En tanto que, como ya he tenido oportunidad de apuntarlo, una gran parte de los presuntos vanguardistas revela en su individualismo y su objetivismo exasperados su espíritu burgués decadente, Walden reclama en la obra de arte uno disciplina alimentada de móviles sociales. "Los conceptos de libertad y personalidad (en el arte) —escribe Walden— han cumplido su hora". Y, luego, agrega: "De igual manera que parece muy difícil a la humanidad actual, sumergida dentro de una concepción burguesa, dejar de ver la libertad del hombre en la ilimitada posesión de capitales, y la libertad de la mujer en la ilimitada posesión de hombres subyugados, asi también parece muy difícil en la casa de los artistas, sumergida dentro de una concepción burguesa, abandonar su fe en la libertad del arte y en su victoria sobre las leyes éticas. Tan sólo eso que se llama la masa, guiada por un seguro instinto, ha reconocido que no hay privilegios para los trabajadores intelectuales, que es como los artistas gustan de llamarse en nuestros días".

La actividad de Walden, en su revista y en sus exposiciones, es ampliamente internacionalista y cosmopolita. Eñ valor de la nueva pintura francesa ha sido reconocido y proclamado por "Der Stum". La misma acogida ha dispensado Walden a los artistas nuevos de Italia, Rusia, etc. Durante mucho tiempo la esceba de "Der Sturm" ha estado principalmente ocupada por los artistas rusos Archipenko, Chagall, Kadinsky y Kokoschka.

La galería privada de Herwarth Walden constituye uno de los más completos museos de pintura moderna del mundo. Están ahí representados insuperablemente Archipenko, Umberto Boccioni, Carlo Carrá, Chagall, Max Ernst, Albert Gleizes, Kadinsky, Paul Klee, Kokoschka, Fernan Leger, Gino Severini y el gran expresionista alemán prematuramente muerto hace algunos años, Franz Marc. Estos son los nombres anotados por mí cuando visité la galería de Walden a principios de 1923. De entonces a hoy, Walden debe haber enriquecido notablemente su colección.

Los últimos números de "Der Sturm" lo presentan, como siempre, combativo y vigilante. La experiencia expresionista que para otros ha ido etéril en este sentido, a Herwarth Walden le ha abierto y aclarado amplias perspectivas históricas y sociales. "Der Sturm" es para él, al mismo tiempo, un puesto de observación práctica y un instrumento de elaboración teórica.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El congreso anti-imperialista de Bruselas [Recorte de prensa]

El congreso anti-imperialista de Bruselas

La reunión del Congreso Anti-Imperialista de Bruselas coincide con un instante de vigorosa ofensiva del imperialismo en todos los frentes en que se organiza, contra sus ataques, el sentimiento nacionalista revolucionario. Inglaterra moviliza buques y soldados contra la China; Estados Unidos desembarca sus tropas en Nicaragua; y su canciller Kellogg amenaza a México, en servicio de los intereses de sus petroleras, contrariados por la nueva legislación mexicana. Al mismo tiempo, Mussolini reclama para Italia las colonias sobre las cuales debe asentarse el Imperio Fascista.

La derrota de Abd-el-Krim, que ha puesto término a una larga y cruenta guerra colonial, parece haber señalado la inauguración de un período de prepotencia y agresividad imperialista.

El Congreso de Bruselas llego, pues, a tiempo. No es posible confundirlo con una de esas habituales asambleas en que se ejercita, académica e inócuamente, en un escenario cosmopolita, la retórica de los grandes habladores internacionales. La asamblea de Bruselas responde a un apremiante clamor de esta hora.

Convocada y organizada por la Liga Internacional Anti-imperialista cuenta entre sus patrocinadores a Albert Einstein, a Henri Barbusse, al sabio chino Kuo Meng, rector de una universidad china, a Ledebour, leader de los socialistas independientes alemanes y a otros hombres eminentes e idealistas. Participan en sus labores el Kuo-Ming Tang, el Consejo General de Trabajadores de Pekín, el Partido Nacionalista de Puerto Rico, la Ligo Anti-imperialista de América, la APRA, el Partido Socialista de Persia, las organizaciones revolucionarias y nacionalistas de la India, el Egipto, la siria, etc.

Están, por tanto, representados en este congreso todos los pueblos del mundo que combaten por su emancipación del dominio de un imperialismo extranjero.

Todos, los pueblos oprimidos por uno de los imperios que se reparten los mercados de producción y de consumo, fraternizan hoy en Bruselas, donde encuentran la solidaridad de los partidos y de los hombres que, a su turno, luchan en Europa por el establecimiento
de un orden nuevo.

Este acontecimiento tiene el más vasto alcance histórico. Por primera vez la cuestión del imperialismo es planteada en una asamblea
mundial, con el objeto de concertar las bases de una acción anti-imperialista que preste a cada uno de los pueblos que reivindican su independencia la fuerza moral y material de todas las organizaciones revolucionarias.

El imperialismo aparece robustecido por la estabilización temporalmente lograda por el régimen capitalista en Europa. Esta estabilización no puede durar si las naciones capitalistas de Europa no se aseguran una más intensa y segura explotación de los países coloniales de Asia, América y Africa. La ofensiva imperialista se explica, perfecta y claramente, como una necesidad de la defensa del orden burgués. Solo a expensas de las colonias, pueden las burguesías de Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, ofrecer a las clases trabajadoras el mínimo de bienestar necesario para impedir un vigoroso renacimiento del sentimiento revolucionario.

En Estados Unidos el problema no es el mismo. El capitalismo norte-americano se encuentra en su apogeo. Conserva todavía integra su vitalidad. Pero su desarrollo exige la extensión dei imperio económico norteamericano en América y Asia. Se ha entablado una encarnizada competencia entre las grandes potencias capitalistas, en la cual Norteamérica se empeña en vencer. Mientras a los imperialismos europeos los mueven, sobre todo, fines de conservación, al imperialismo norteamericano lo impulsan, principalmente, razones de crecimiento. Esto lo define como el más fuerte.

Tiene, en consecuencia, el Congreso de Bruselas un trabajo complejo.

La lucha anti-imperialista se presenta absolutamente vinculada a la lucha revolucionaria. El socialismo europeo se encuentra en la necesidad de sostener y apoyar las reivindicaciones anti-imperialistas aunque no sean rigurosamente proletarias. El nacionalismo que en las naciones de Europa, tiene forzosamente objetivos imperialistas y por ende reaccionarios, en las naciones coloniales o semi-coloniales adquiere una función revolucionaria, cuando existe real y activamente y no constituye una mera etiqueta conservadora y tradicionalista.

El mérito de haber advertido esto, desde su primera hora, no le puede ser regateado a la Tercera Internacional, ni aún por sus más acres críticos del socialismo reformista. Lenin, con su genial clarovidencia, comprendió, primero que nadie, la solidaridad de la revolución proletaria de Occidente con las revoluciones nacionalistas de Asia, Africa, etc. Los socialistas reformistas se escandalizaron de este punto de vista que ahora obtiene plena ratificación de la historia.

Pero el origen de tal actitud se halla en la práctica socialista de los tiempos pre-bélicos. Los socialistas europeos, con pocas excepciones, se mostraban entonces indiferentes a la suerte de los pueblos de color. Después de la guerra, las cosas han cambiado, aún en los países donde el sentimiento de superioridad de la raza blanca se conserva más arraigado. Se ha visto así a los laboristas británicos oponerse enérgicamente a la política de su gobierno cuando éste pretendió emplear el poder militar de la Gran Bretaña contra la Turquía de Mustafá Kemal.

Es muy significativo y trascendente el hecho de que el Congreso Anti-imperialista se celebre en Europa, auspiciado y convocado por europeos a los que no repugna la mancomunidad con asiáticos, africanos e indiamericanos. La burguesía europea atribuye a su política reaccionaria —sin excluir naturalmente su ofensiva imperialista— fines de defensa de la Civilización. Pero hombres como Einstein, que han prestado a la Civilización servicios que la burguesía no puede contestarle ni discutirle, afirman con su actitud honrada y valiente que el capitalismo y la civilización no son la misma cosa y cae bien puede desaparecer el primero sin que sucumban ni declinen los principios y las conquistas esenciales de la segunda.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Leonidas Leonov [Recorte de prensa]

Leonidas Leonov

La “Biblioteca de la Revista de Occidente” nos ofrece en español otra obra de la nueva literatura rusa. Otro testimonio de que la literatura rusa no ha terminado con el antiguo régimen, devorada por la revolución, como se imaginan algunos buenos o malos burgueses.

Leonidas Leonov, el autor de "Los Tejones", representa, según sus críticos, en la literatura rusa de hoy, la tradición de Gogol y Dovstoyevsky. Algunos de sus personajes descienden, efectivamente, de los de "Almas Muertas" o "Los Hermanos Karamazov". Pero el primer libro suyo, vertido al español, no es precisamente uno de los que pueden acreditar esta tesis. De Leonov he leído, traducida al italiano, otra novela, "El Fin de un Hombre Mezquino". Es ahí, no en "Los Tejones", donde revive un poco el mundo de Dovstoyevsky.

"Los Tejones", por tanto, no bastan para revelar integralmente a Leonov a los lectores hispánicos. Leonov no está cabal, no está entero en esta novela. Pero, en cambio, "Los Tejones" tiene, además de su mérito artístico, el valor de constituir un nuevo testimonio de la estabilización del bolchevismo. Leonov no es comunista. No ha dado nunca su adhesión al partido bolchevique como, por ejemplo, Babel y la Seifulina. Se le supone, por el contrario, una actitud escéptica, si no hostil ante la revolución. Mas las obras que de él conozco afirman, objetivamente, la victoria revolucionaria, cualquiera que sea su indiferencia respecto de la revolución misma.

En "El Fin de un Hombre Mezquino" nos presenta el drama de la "cultura" (de la cultura entre comillas para no identificarla con la otra, a verdadera), en los primeros años de la revolución. El protagonista, el profesor Feodor Adreich Licharyev, es un sabio palentólogo que durante toda su existencia ha estado más o menos ausente de la vida rusa. "Con un tenaz esfuerzo de la mente y de la voluntad —dice Leonov— había penetrado tan profundamente en las inescrutables profundidades de la ciencia paleontológica y de las otras ciencias emparentadas a ésta que, probablemente, había vivido todo su tiempo en la edad antidiluviana, considerando el presente como un reflejo sin valor de aquellos tiempos irrevocables". La revolución lo sorprende entregado, en cuerpo y alma, al estudio del período mesozoico. El profesor Licharyev siente, en su carne, las mortificaciones del cataclismo: hambre, frío, etc. Pero su atención está absolutamente acaparada por cataclismos remotos. No le es posible, por consiguiente, enterarse de la revolución ni de sus alcances. Además, un ambiente de catástrofe era, acaso, el más adecuado para sus investigaciones e hipótesis. A un sabio paleontólogo, que revive mentalmente la edad más tormentosa del planeta, la revolución social no podía perturbarlo. Tenía más bien que servirle de excitante para su afición.

Pero el cataclismo presente, real, resulta, a la postre, excesivamente violento para permitir al profesor Licharyev la tranquila reconstitución de los cataclismos remotos. La realidad reivindica sus fueros. La presencia de la revolución acaba por volverse evidente hasta el sabio paleontólogo. Y entonces el sabio siente que se rompe el resorte de su vida. Rasga sus manuscritos. Tira su pluma estilográfica. Su mecenas miserable, —un hebreo ignorante, enamorado de la "cultura" que alivia su miseria, proveyéndolo periódicamente de algunos comestibles, con un respeto religioso por su obra sobre el período mesozoico,—escucha consternado la trágica declaración de Licharyev de que la paleontología se ha tornado inútil, absolutamente inútil, en medio de este cataclismo auténtico.

Ei caso de Licharyev puede parecer demasiado singular. Pero, en verdad, refleja la situación de una gran parte de la "inteligencia" en los años de la revolución. El drama del profesor de paleontología ha sido también de muchos profesores de filología, de anatomía, de historia y hasta de economía política, sorprendidos también por la revolución, si no en el periodo mesozoico, en otros períodos más próximos pero no menos fenecidos. El profesor Licharyev, es el "intelectual" ruso, famélico, miserable, —a causa de la revolución,— en el nombre del cual tantos espíritus plañideros se han quejado de la barbarie bolchevique y de sus ataques a la "cultura".

En "Los Tejones" no tenemos un conflicto semejante en su significado o en su proceso. El episodio es diferente. El escenario lo es también. No respiramos la atmósfera del helado y mísero cuarto del profesor Licharyev. La atmósfera es rural, aldeana, palurda, sin relente de urbe y, mucho menos, de paleontología. Estamos en la aldea, en la campiña, en el bosque y nos sentimos, por consiguiente, con los pulmones sanos. La vida ignora totalmente las teorías sobre el mesozoico. Pero uno de los protagonista es siempre la Revolución. El otro, en vez de la "cultura", es la aldea. Y, como la aldea tiene una existencia menos objetable y, en todo caso, más insuprimible que la paleontología, el conflicto se resuelve diversamente. La aldea de Vory, —hostil al bolchevismo, por su pleito ancestral con la de Gusaki, a la cual la justicia sumaria de los bolcheviques, acaba de asignar el usufructo del prado Zinkino,— depone las armas. Los aldeanos rebeldes, a los que su lucha contra los de Gusaki y el bolchevismo, ha puesto fuera de la ley, después de un período de romántico exilio en el bosque, regresan al villorrio. Las bandas rurales, en armas contra el nuevo poder, son reabsorvidas por la campaña pacífica. "Los Tejones" representan uno de los últimos episodios de la lucha. Con la rendición de "los tejones", el bolchevismo impone su ley a una de las últimas bandas resistentes que consentían, aunque fuera un poco artificialmente, dudar aún su estabilidad.

Esta novela es una versión objetiva, —indiferente al contraste de las ideas— del alma de la aldea rusa. Y, más que del alma, del cuerpo. Porque, afortunadamente, Leonov no se propone objetivos trascendentes ni metafísicos. Es un realista que, sólo para no nos sea posible dudar de que lo que nos describe es la realidad, pone en ella el poco de poesía necesario para que no le falte nada.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Un libro de Philippe Soupault [Recorte de prensa]

Un libro de Philippe Soupault

En Philippe Soupault, hasta ahora, me interesa más el artista que la obra. Esto no quiere decir absolutamente que la obra sea negligible. Los libros de Soupault nos ofrecen siempre un gesto original e impávido de su espíritu. Tienen un puesto distinguido e
individual en la mejor literatura francesa de estos tiempos. Pero el artista honrado, inquieto, nervioso, que los ha escrito, ocupa un puesto más alto y singular aún.

Soupault pertenece a la combativa falange suprarrealista que reúne en sus cuadros a los mejores valores de vanguardia de las
letras francesas: Louis Aragón, André Bretón, Paul Elouard. Sobre la generosa batalla y la iluminada esperanza de este manípulo he dicho ya algo a propósito de su acercamiento al equipo de Clarté.

El suprarrealismo, que tiene en Soupault uno de sus agonistas representativos, no se presenta sólo como una escuela o un movimiento de la vanguardia francesa sino, más bien, como una corriente primaria, como un fenómeno sustantivo de la literatura contemporánea. El norteamericano Waldo Frank, el rumano Panait Istrati, —para citar dos nombres nuevos pero notorios ya a nuestro público— acusan en su arte una definida orientación suprarrealista. La obra de Pirandello, en sus cualidades esenciales, es también suprarrealista, aunque, —como por lo demás ocurre siempre ai genio,— no se haya incubado en la atmósfera de la escuela suprarrealista y, antes bien, la haya precedido y anticipado.

Los suprarrealistas restauran en el arte el imperio de la imaginación. Pero no renuncian a ninguna de las adquisiciones del realismo: las superan. Su trabajo coincide absolutamente con el impulso y el rumbo actuales del arte. La fantasía, como ya una vez lo he dicho, recupera sus fueros y sus posiciones. Oscar Wilde, hasta cierto punto, resulta un maestro de la estética contemporánea. Vivimos en una época propicia a sus paradojas. Pero no es, absolutamente, una paradoja decir hoy que el realismo nos alejaba de la realidad. En verdad, la experiencia realista no nos ha servido sino para demostrarnos que sólo podemos encontrar la realidad por los caminos de la fantasía. Porque la ficción no es libre. Más que a descubrirnos lo maravilloso parece destinada a descubrirnos lo real. La fantasía, cuando no nos acerca a la realidad, nos sirve bien poco. Los filósofos se valen de conceptos falsos para arribar a la verdad. Los literatos usan la ficción con el mismo objeto. La fantasía no tiene valor sino cuando crea algo real. Esta es su limitación. La muerte del viejo realismo no ha perjudicado absolutamente el conocimiento de la realidad. Por el contrario, lo ha facilitado. Nos ha liberado de dogmas y de prejuicios que lo entrababan. En lo inverosímil hay a veces más verdad, más humanidad que en lo verosímil. En el abismo del alma humana, cala más hondo una farsa inverosímil de Pirandello que una comedia verosímil del señor Capus. Mas aún. El prejuicio de lo verosímil aparece ahora como uno de los que más ha estorbado al arte. Los artistas de espíritu más moderno se rebelan, por eso, violentamente, contra él.

De este nuevo concepto de lo real extrae la literatura de hoy una de sus mejores energías. Lo que la anarquiza no es la fantasia en sí misma. Es esa exasperación delirante, disolvente, del individualismo y del subjetivismo que constituye uno de los síntomas de la crisis de la civilización occidental. La raíz de su mal no hay que buscarlo en su exceso de ficciones sino en la falta de una ficción que pueda ser su mito y su estrella.

Philipe Soupault siente bien este drama. Ei libro que tengo ahora delante de los ojos "En Joue" (Bernard Grasset. París), es la novela de un hombre moderno, escritor y deportista, que sufre la angustia y la tortura terribles de tener vacía el alma. Julián, el protagonista Soupault, carece ante todo de una meta. Su elan se agota, se destruye en un vuelo sin objeto.

Como apunta uno de sus críticos, "En Jone" es a la vez un carácter de La Bruyere y la confesión de un hijo del siglo (todos los epítetos que se ha acostumbrado aplicar a nuestra época: febril, sensible, múltiple, inquieta, etc., convienen a Julián) filmados y proyectados ante nosotros al ritmo atropellado del "Entr'acte" de René Clair. Y estas imágenes sucesivas, incisivas, que terminan en un "acceleré" patético, deslumbran casi dolorosamente nuestro espíritu, sugestionan nuestra atención y retienen nuestros sentimientos tan perfectamente como cualquier historia "lógicamente conducida".

Esto juicio me parece exacto. Como también la constatación de que con su nueva novela, que sigue tan de cerca a "Les freres Durandeau", Soupault ha dado plenamente en el blanco. Soupault ha escrito un hermoso libro que reafirma todas las calidades esenciales de su arte del cual puede decirse que es suprarrealista porque es trágica y dolorosamente humano.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El nuevo estatuto del imperio británico [Recorte de prensa]

El nuevo estatuto del imperio británico

Los acuerdos de la conferencia británica nos confirman que Inglaterra continúa su tradicional política de compromiso. La transacción, la conciliación son su fórmula predilecta. El Imperio Británico mismo reposa, como tal, en un compromiso. El Canadá, Sud-Africa, Australia, etc., no son colonias. Son naciones autónomas dentro de la comunidad británica. Pero el Imperio subsiste. Se salva a costa de concesiones. La unidad del imperio no resulta posible sin la libertad de los pueblos que lo constituyen.

El nuevo estatuto político del Imperio no modifica, en verdad, las relaciones de Inglaterra con sus dominios. Lo que se establece ahora, en la ley, en la teoría, estaba establecido ya en la práctica, en el hecho. Inglaterra tiene el arte de parecer muy larga en sus concesiones hasta cuando es más parca y más prudente.

Pero el principio sobre el cual descansa formal y solemnemente, a partir de este convenio, la organización del Imperio Británico, representa una conquista decisiva de los antiguos dominios en el camino de su diferenciación histórica.

La Humanidad se encamina, bajo la acción de los factores de interdependencia y de solidarización de los intereses económicos, hacia la constitución de vastas federaciones. La idea de loe Estados Unidos de Europa no es en nuestro tiempo, una mera utopía revolucionaria. Pero, en tanto se constata la ineluctable crisis de los Imperios. El imperialismo, definido por Lenin como la última etapa del capitalismo, se presenta en abierto contraste con la nueva conciencia humana. Los Imperios tienen origen en la expansión de un pueblo a expensas de la autonomía y de la personalidad de los pueblos sometidos a su poder. Las uniones o federaciones tienen, opuestamente, su fundamento en razones geográficas, económicas y raciales y brotan de la libre determinación de los pueblos.

La transformación de un Imperio en una unión o federación del tipo de las que se prevén en la perspectiva histórica contemporánea, aparece imposible, a causa de la diferencia de génesis y de función de uno y otro sistema. El Imperio Británico, en el que, por la educación política y el espíritu evolucionista de los ingleses, se encuentra al menos las premisas espirituales de esa transformación, niega precisamente esta posibilidad.

Las fuerzas que mueven o los dominios hacia la reivindicación de su autonomía son fuerzas centrífugas, separatistas. El Imperio Británico, es el compromiso entre el poder de Inglaterra y la necesidad de independencia de sus antiguas colonias. Estas tienen, por su falta de vinculación geográfica, intereses internacionales diversos y hasta contrarios dentro de la vigente organización política y económica del mundo. El Canadá, por ejemplo, se siente lógicamente más próximo a los Estados Unidos que a Inglaterra. A medida que progrese la rivalidad, evidente desde hace tiempo, entre los imperialismos británico y norteamericano, el Canadá se distanciará más y más de Inglaterra.

Desde los primeros días de la post-guerra se advierte una oposición ostensible entre determinados intereses de la política internacional de Inglaterra y la orientación diplomática de algunos de sus dominios. La renovación del tratado anglo-japonés, por
ejemplo, encontró en los dominios del Pacífico una resistencia vigorosa engendraba por el temor de un futuro conflicto entre el
Japón y los Estados Unidos.

La unidad del Imperio, por más que el lenguaje de la conferencia parezca demostrar lo contrario, se muestra cada vez más debilitada. Inglaterra no ejerce en sus dominios toda la autoridad que convendría a su prestigio y a su fuerza internacionales. Frente a Turquía, se vió hace tres años forzada a ceder, debido en parte a consideraciones de su política colonial.

El problema de la India, o sea el mayor problema del Imperio, está intacto. Con el nuevo estatuto no se avanza un paso hacia una solución. Por el contrario, se exaspera el resentimiento de la India, tratado como una colonia menor de edad.

El pacto que acaba de suscribirse entre Inglaterra y las naciones que aceptan continuar conviviendo bajo el techo común del
Imperio, corresponde absolutamente a este periodo llamado de estabilización capitalista en que el Occidente, aplacada temporalmente la tempestad revolucionaria, acomete la empresa de reorganizar aún su vida, al menos por cierto tiempo, sobre las bases y los principios burgueses. Pero, admitida en sus lineamientos generales, la tesis de la decadencia de la civilización capitalista,
la primera de sus premisas resulta indudablemente la decadencia de la Gran Bretaña. Trotski, en su último libro, que tiene por título esta interrogación: "¿A dónde va Inglaterra?", enfoca los aspectos esenciales de la crisis británica. Bernard Shaw, desde sus puntos de vista fabianos, bastante lejanos de los puntos, de vista comunistas del gran leader ruso, constata en el fondo la misma crisis.

La Gran Bretaña, metrópoli de esta civilización liberal, industrial, burguesa y protestante, arribó con la guerra a su apogeo. Pero al día siguiente de su victoria, empezó su descenso.

Actualmente, la realidad del Imperio es más económica que política. Londres conserva su función de capital financiera, comercial y bursátil del conjunto de pueblos que reconoce la autoridad cada día más platónica y simbólica del Rey de Inglaterra. El poder de Inglaterra es su dinero. Pero lo que está en crisis en el mundo es, precisamente, este poder. Lo que se siente trepidar y fallar en Occidente es la economía del capital o del dinero.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Una encuesta de Barbusse en los Balcanes [Recorte de prensa]

Una encuesta de Barbusse en los Balcanes

En su nuevo libro “Les Bourreaux " (Ernest Flammarion, Editeur. París, 1926), Henry Barbusse reúne las conclusiones de su encuesta sobre el terror blanco en Rumanía, Bulgaria y Yugo-eslavia. Henry Barbusse visitó estos países hace aproximadamente un año, acompañado de la doctora Paule Lamy, abogado del foro de Bruselas, y de León Vernóchet, secretario general de la Internacional de los Trabajadores de la Enseñanza. Y, después de informarse seriamente acerca del régimen de terror instaurado por los gobiernos de Bratiano, Zankoff y Patchitch, lo denunció documentada e inconfutablemente a la consciencia occidental.

“Les Bourreux" no es, pues, un libro de literato, sino un libro de combatiente. Barbusse se siente, ante todo, un milite de la causa humana. Pero este libro no se ocupa, sin embargo, absolutamente, de polémica doctrinal. Se limita a exponer desnudamente, con objetividad y con verdad, los hechos. A base de datos rigurosamente verificados, lanza una documentada acusación contra los gobiernes reaccionarios de esos tres estremecidos países balcánicos.

Estos países son, según frase de Barbusse, el infierno de Europa. El terror blanco, alimentado de las más feroces enconos de clase y de raza, se encarniza ahí contra todos los que sospecha adversos al viejo orden social. El revolucionario, el judío, están fuera de la ley. La represión policial colabora con la acción ilegal de las bandas fascistas. Los más monstruosos procesos exhiben en la más cínica servidumbre a la justicia y sus funcionarios. "Sobre esta Rumanía de hoy. —escribe Barbusse— sobre esta Yugoeslavia, sobre esta Bulgaria que es el círculo más patético del infierno balcánico, el estrangulamiento metódico de toda pulsación de libertad se transforma a los ojos en una calma que oprime el corazón porque es la calma de un cementerio. Se sabe bien que las cabezas que se han alzado han sido abatidas y que si aquí y allá se vuelven a alzar otras, lo serán también a su turno; que todas las fuerzas vivas y conscientes de los trabajadores de la ciudad y los campos han sido o serán aniquiladas. Esta mutilación colectiva puede hacer en una apariencia de orden a quien no hace más que pasar por esta tierra de espanto. Pero la paz no es sino una mortaja y los sobrevivientes comprenden que su existencia depende del primer gesto, de la primera palabra".

Los gobiernos rumano y búlgaro se atribuyen la misión de defender a Europa del bolchevismo. La complicidad del capitalismo occidental en su despotismo sanguinario es, en todo caso, evidente. Los gobiernos demo-liberales de Inglaterra y Francia presencian con tolerancia impasible sus ataques a los más fundamentales principios de la civilización. "Los gobiernos de Bratianu, Volkov, Patchitch, Pángalos y hasta ayer el gobierno de Horthy —constata Barbusse— no han tenido apoyo más firme que el de los representantes de la Francia de la Revolución y de la libre Inglaterra. Todos estos hombres se sonríen y se sostienen. Por otra parte, se parecen. Los unos no son otra cosa que la imagen más sangrienta de los otros. Encarnan en todas partes el mismo sistema, la misma idea".

Bulgaria se presenta como la más trágica escena de reacción. Los hechos que Barbusse denuncia no son desconocidos en conjunto. No obstante la complacencia que la gran prensa europea y sus agencias telegráficas usan con los regímenes reaccionarios, los ecos de la tragedia del pueblo búlgaro se han difundido hace tiempo por el mundo. Pero ahora el testimonio de Barbusse, apoyado en pruebas directas, precisa y confirma cada uno de los crímenes que antes, a través de distintas versiones, podían parecer exagerados por la protesta revolucionaria.

El atentado de la catedral de Sofía, no fue, como ya sabíamos, el motivo de truculenta represión: fue simplemente su efecto. El gobierno búlgaro había emprendido mucho antes de ese acto desesperado, una sañuda campaña contra los organizadores y adherentes de los partidos agrario y comunista, con la mira de su completa destrucción. Varios diputados comunistas habían sido asesinados. Las cárceles estaban repletas. En medio de esta situación de pavor sobrevino el atentado de la catedral. Un tribunal honrado habría podido comprobar fácilmente la ninguna responsabilidad del partido comunista. La praxis comunista rechaza y condena en todos los países la violencia individual, radicalmente extraña a la acción de masas. Pero en Bulgaria los procesos no son sino una fórmula. El gobierno de Zankoff se acogió al pretexto del atentado para extremar la persecución así de comunistas como de agrarios. El número de víctimas de esta persecución, según los datos obtenidos por Barbusse, pasa de cinco mil. Los tribunales condenaron a muerte sólo a trescientos procesados. Las demás víctimas corresponden a las masacres de los horribles días en que imperaba en Bulgaria la ley marcial. La ola de sangre llegó a tal punto que el Rey Boris se negó a firmar la sentencia de muerte de los tribunales. Y fue necesario que un vasto clamor de protesta se encendiera en el mundo para que la dictadura de Zankoff, la más infame las dictaduras balcánicas, se sintiera aplacada y satisfecha.

Barbusse, en su libro, enumera los crímenes. Su requisitoria está en pie. Nadie ha intentando válidamente confutarla. "Les Bourreaux" aparece, por ende, como uno de los más graves documentos de acusación contra el orden burgués.

Los mismos estados que ante las violencias de la revolución rusa, olvidando la historia de todas las grandes revoluciones mostraron ayer no más una consternación histérica, no han pronunciado una sola palabra para contener ni para reprobar el "terror blanco" en los países balcánicos. Bernard Shaw dice que los hombres que condujeron a Europa a la guerra traicionaron a la civilización. La admiración es vana. Después de la guerra, la traición continúa. Y su grado de responsabilidad aumenta.

La protesta de los intelectuales libres como Barbusse, como Shaw, es lo único que salva, en esta hora dramática, el honor de la inteligencia.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La tragedia de Italia [Recorte de prensa]

La tragedia de Italia

Hace un año, el fascismo tuvo razón para celebrar el tercer aniversario de la marcha a Roma con ánimo exultante y victorioso. El balance de su tercer año de dictadura se cerraba favorablemente. La secesión aventiniana estaba liquidada. La contra-ofensiva iniciada con el desafiante discurso pronunciado por Mussolini en la cámara de diputados el 3 de enero de ese año, había barrido a la oposición constitucional de las posiciones artificialmente mantenidas hasta entonces. El equívoco del régimen constitucional y parlamentario había quedado cancelado. La constitución misma había sido adaptada a las necesidades del gobierno fascista.

Todo esto, le había costado al fascismo verdaderamente muy poco. Ni una huelga general, ni una agitación popular revolucionaria, habían respondido a la represión fascista. Al renunciar a estas armas en los dramáticos meses que siguieron al asesinato de Matteoti y preferir el camino de la protesta parlamentaria y de las negociaciones clandestinas con la monarquía, la oposición constitucional se había invalidado para resistir revolucionariamente el ataque ilegal del poder.

No es el mismo el cuadro de Italia en el cuar­to aniversario de la dictadura mussoliniana. Cua­tro atentados contra la vida de Mussolini, seña­lan el grado de exasperación de sus enemigos. Los cuatro atentados corresponden a este perio­do de derogación de toda Iibertad, durante el cual el fascismo cree haber consolidado indefi­nidamente su dominio. Son el síntoma de la ten­sión de la atmósfera política y espiritual creada en Italia por los métodos de Mussolini y sus escuadras de "camisas negras".

El atentado individual contra reyes o ministros estaba reservado en Europa, hasta hace po­co tiempo, al anarquismo terrorista. Ningún par­tido, ninguna secta política podía racionalmente aceptarlo, ni aún por excepción, en su táctica o su praxis. El socialismo, sobre todo, —que con­cibe la revolución como acción de masas, como movimiento esencialmente multitudinario, colec­tivo—, repudiaba y condenaba la violencia indi­vidual, imponiendo a su adeptos una disciplina y una ideología que la excluía absolutamente co­mo arma de combate.

Hay que pensar, por consiguiente, que tienen que haber cambiado de un modo demasiado radical los principios de la vida política
italiana para que Italia vuelva a la edad sombríaa de los complots y de las represalias terroristas.

Ninguno, de los partidos adversos a Mussolini es evidentemente responsable de estos atentados. La muerte de Mussolini no beneficiaría a ninguno. Desencadenaría un caos en igual forma peligroso para todos, durante el cual, a menos que sobreviniese rápidamente una acción militar, reinaría anárquica y truculentamente en Italia la violencia del "fascio".

Pero los partidos han sido prácticamente —y ahora formalmente— disueltos por el gobierno fascista, de suerte que junto con su organización está aniquilada su disciplina. Los líderes no están en grado de controlar la acción de los gregarios. El gobierno los ha privado de todo medio de moverse legalmente.

Las explosiones esporádicas de violencia individual resultan por ende inevitables, a pesar del interés que tendrían en impedirlas los
partidos proletarios, de los cuales el único activo es, en buena cuenta, el comunista. Cada atentado contra Mussolini proporciona al fascismo un motivo para aumentar sus instrumentos legales de represión, aparte de que nimba un poco más de milagro y leyenda la figura del condottiero.

El último atentado parece haber excitado hasta el delirio la cólera y la prepotencia fascista. Todas las garantías y derechos individuales
han quedado indefinidamente suspendidos. Los partidos contrarios al fascismo han sido oficialmente disueltos. La prensa de oposición ha desaparecido. Del parlamento se ha expulsado, al mismo tiempo que a la oposición aventiniana, al grupo comunista, al cual no se puede acusar como a aquella de haber hecho abandono de sus asientos. Y aunque las noticias cablegráricas, por la censura a que están sujetas, son imprecisas, no cabe duda de que al atentado contra Mussolini han seguido esta vez, días de sangrienta represalia fascista.

El episodio que, en esta siniestra marejada reaccionaria, impresiona más a los intelectuales es el ataque al célebre filósofo Benedetto
Croce y la destrucción de su biblioteca. Este episodio, por la significación y calidad del hombre agraviado, adquiere una resonancia especial. Tiene la virtud de herir hasta la enervada sensibilidad de aquellos intelectuales que, prontos a deplorar el ultraje a un filósofo, no son capaces sin embargo de decidirse a enjuiciar al fascismo.

Los orígenes de este desmán, cuyo proceso de incubación ha sido largo, no necesitan casi ser recordados. Todo el mundo sabe que en el curso de la agitación que suscitó en Italia el asesinato de Mateotti, Benedetto Croce, que ya se había cuidado de rehusar su voto al régimen fascista, sintió el deber de tomar una actitud franca contra sus métodos y sus principios. Croce sostuvo entonces en la prensa una resonante polémica con Giovani Gentile, el filósofo junto con quien combatió durante mucho tiempo las batallas de la filosofía idealista y de quien lo separa, desde su conversión a la doctrina de la cachiporra, una austera y fiel adhesión a la idea de la libertad. Esa polémica no se redujo a un diálogo entre Croce y Gentile. Se propagó en el campo intelectual, motivando el agrupamiento de los hombres de letras y ciencias en dos bandos antagónicos, asertor uno del principio de libertad y confesor el otro de la fe fascista. Y se suscribieron y publicaron dos manifiestos, encabezados respectivamente por Croce y Gentile.

Es indudable, no obstante su jactancia, que el fascismo no debe considerarse muy seguro. Su porvenir depende de un factor
tan incierto como él éxito de los planes imperialistas de Mussolini, quien necesita mantener a su pueblo en una constante tensión guerrera para justificar el rigor de su política social y económica. Pero si el éxito tarda, los recortes del régimen fascista corren grave, peligro.

Mussolini, ha prometido a su pueblo un gran imperio. Si la historia no le permite cumplir esta promesa, su empresa esencial estará fracasada. Porque no es cierto que el movimiento fascista no se haya propuesto cumplir sino una función de policía y orden. Si así fuera, Italia habría hecho, al dejarlo conquistar el poder, un mal negocio. Pues los días de violencia de la agitación revolucionaria no eran absolutamente ni más sangrientos ni más trágicas que estos del régimen fascista. La verdadera tragedia ha empezado ahora.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional XIX [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional XIX

Eguren desciende del Medioevo. Es un oro puro —extraído en el trópico americano— del occidente medioeval. No proce de laEspaña morisca sino de la España gótica. No tiene nad de árabe en su temperamento ni en su espíritu. Ni siquiera tiene mucho de íntimo. Ni siquiera tiene mucho de latino. Sus gustos son un poco nórdicos. Pálido personaje de Van Dyck, su poesía se puebla a veces de imágenes y reminiscencias flamencas y germanas. En Francia el clasicismo le reprocharía su falta de orden y claridad latinas. Maurras lo hallaría demasiado tudesco y caótico. Porque Eguren no procede de la Europa renacentista o rococó. Procede espiritualmente de la edad de las cruzadas y las catedrales. Su fantasía bizarra tiene un parentesco característico con la de los decoradores de las catedrales góticas en su afición a lo grotesco. El genio infantil de Eguren se divierte en lo grotesco, finamente estilizado con gusto prerrenacentista:

"Dos infantes oblongos deliran
y al cielo levantan sus rápidas manos
y dos rubias gigantes deliran
y el coro preludian cretinos ancianos".
''Y al dulzor de virgíneas camelias
ya en pos del cortejo la banda macrovia
y rígidas, fuertes, las tías Amelias,
y luego cojeando, cojeando la novia".
(Las Bodas Vienesas)

"A la sombra de los estucos
llegan viejos y zancos,
en sus mamelucos
los vampiros blancos".
("Diosa Ambarina")

"Los magnates postradores
aduladores
al suelo el penacho inclinan
los corvados, los bisiestos
dan sus gestos, sus gestos, sus gestos;
y la turba melenuda
estornuda, estornuda, estornuda".
("El Duque")

En Eguren subsiste, mustiado por los siglos, el espíritu aristocrático. Sabemos que en el Perú la aristocracia colonial se transformó en burguesía republicana. El antiguo "encomendero" reemplazó formalmente sus principios feudales y aristocráticos por los principios demoburgueses de la revolución libertadora. Este sencillo cambio le permitió conservar sus privilegios de encomendero y latifundista. Por esta metamorfosis, así como no tuvimos bajo el virreinato una auténtica aristocracia, no tuvimos tampoco bajo la república una auténtica burguesía. Eguren —el caso tenía que darse en un poeta— es talvez el único descendiente de la genuina Europa medioeval y gótica. Bisnieto de la España aventurera que descubrió América, Eguren se satura en la hacienda costeña, en el solar nativo, de ancianos aromas de leyenda. Su siglo y su medio no sofocan en él del todo el alma medioeval. (En España, Eguren habría amado como Valle Inclán los héroes y los hechos de las guerras carlistas). No nace cruzado —es demasiado tarde para serlo—, pero nace poeta, la afición a la aventura de su raza se salva en la goleta corsaria de su imaginación. Como no le es dado tener el alma aventurera, tiene al menos aventurera la fantasía.

Nacido medio siglo antes, la poesía de Eguren habría sido romántica (aunque no por esto de mérito menos imperecedero). Nacida bajo el signo de la decadencia novecentista, tenía que ser simbolista. (Maurras no se engaña cuando mira en el simbolismo la cola de la cola del romanticismo), figuren habría necesitado siempre evadirse de su época, de la realidad. El arte es una evasión cuando el artista no puede aceptar ni traducir la época y la realidad que le tocan. De estos artistas han sido en nuestra América —dentro de sus temperamentos y sus tiempos disímiles— José Asunción Silva y Julio Herrera y Reissig.

Estos artistas maduran y florecen extraños y contrarios al penoso y áspero trabajo de crecimiento de sus pueblos. Como diría Jorge Luis Borges, son artistas de una cultura, no de una estirpe. Pero son quizá los únicos artistas que, en ciertos períodos de su historia, puede poseer un pueblo, puede producir una estirpe. Valerio Brussiov, Alejandro Block, simbolistas y aristócratas también, representaron en los años anteriores a la revolución la poesía rusa. Venida la revolución, los dos descendieron de su torre solariega al ágora ensangrentada y tempestuosa.

Eguren, en el Perú, no comprende ni conoce al pueblo. Ignora al indio, lejano de su historia y extraño a su enigma. Es demasiado occidental y extranjero espiritualmente para asimilar el orientalismo indígena. Pero, igualmente, Eguren no comprende ni conoce tampoco la civilización capitalista, burguesa, occidental. De esta civilización, le interesa y le encanta, únicamente, la colosal juguetería, Eguren se puede suponer moderno porque admira el avión, el submarino, el automóvil. Mas en el avión, en el submarino, en el automóvil, etc., admira no la máquina sino el juguete. El juguete fantástico que el hombre ha construido para atravesar los mares y los continentes. Eguren ve al hombre jugar con la máquina; no ve, como Rabindranath Tagore, a la máquina esclavizar al hombre.

La costa mórbida, blanda, parda, lo ha aislado talvez de la historia y de la gente. Quizá la sierra lo habría hecho diferente. Una naturaleza incolora y monótona es responsable, en todo caso, de que su poesía sea algo así como una poesía de cámara. Poesía de estancia y de interior. Porque así como hay una música y una pintura de cámara, hay también una poesía de cámara. Que, cuando es la voz de un verdadero poeta, tiene los mismos méritos.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional XVIII [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional XVIII

Eguren no tiene ascendentes en la literatura peruana. No los tiene tampoco en la propia poesía española. Bustamante y Ballivián ni afirma que González Prada "no encontraba en ninguna literatura origen al simbolismo de Eguren". También yo recuerdo haber oído a González Prada más o menos las mismas palabras.

Clasifico a Eguren entre los precursores del periodo cosmopolita de nuestra literatura. Eguren —he dicho— aclimata en un clima poco propicia a la flor preciosa y pálida del simbolismo. Pero esto no quiere decir que yo comparta, por ejemplo, la opinión de los que suponen en Eguren influencias vivamente perceptibles del simbolismo francés. Pienso, por el contrario que esta opinión es equivocada. El simbolismo francés no nos da la clave del genio de Eguren. Se pretende que en Eguren hay trazas especiales de la influencia de Rimbaud. Mas el gran Rimbaud era temporalmente, la antítesis de Eguren. Nietzcheano, agónico, Rimbaud habrá exclamado como el Guillén de "Deucalión": "Yo he de ayudaral Diablo a conquistar el cielo". André Rouveyre lo declara "el prototipo del sarcasmo demoniaco y del blasfemo despreciante". Mílite de la Comunica, Rimbaud tenía una psicología de aventurero y de revolucionario. "Hay que ser absolutamente moderno" —repetía—. Y para serlo dejó a los veintidós años la literatura y París. A ser poeta en París prefirió ser "pionnier" en África. Su vitalidad excesiva no se resignaba a una bohemia citadina y decadente, más o menos verlainiana. Rimbaud, en una palabra, era un ángel rebelde. Eguren, en cambio se nos muestra siempre exento de satanismo. Sus tormentas, sus pesadillas son encantada e infantilmente arcangélicas. El poeta de "La Niña de la Lámpara Azul" encuentra pocas veces su acento y su alma tan cristalinamente como en "Los Angeles Tranquilos":

“Pasó el vendabal;
ahora con perlas y berilos,

cantan la saledad aurora,
cantan la soledad aurora

Modulan canciones santas
en dulces bandolines;
viendos caídas las hojosas plantas
de campos y jardines.

Mientras el sol en la neblina
vibra sus oropeles,
besan la muerte blanquecina
en los Sabaras crueles.

Se alejan de madrugada
con perlas y berilos
y con la luz del cielo em la mirada
los ángeles tranquilos.

El poeta de "Simbólicas" y de "La Canción de las figuras" representa, en nuestra poesía, el simbolismo; pero no un simbolismo. Y mucho menos una escuela simbolista. No le regateamos originalidad. No es posible, no es lícito regatearla a quien ha escrito versos tan absoluta y rigurosamente originales —y geniales— como los de "El Duque":

Hoy se casa el duque Nuez;
viene el chantre, viene el juez
y con pendones escarlata
florida cabalgata;
a la una a las dos, a las diez;
que se casa el Duque primor
con la hija de Clavo de Olor.
Allí están, con pieles de bisonte,
los caballos de Lobo del Monte,
y con ceño triunfante,
Galo cetrino, Rodolfo montante.
Y en la capilla está la bella,
mas no ha venido el Duque tras ella;
las magnates postradores
aduladores
al suelo el penacho inclinan;
los corvados, los bisiestos
dan sus gestos, sus gestos, sus gestos;
y la turba melenuda
estornuda, estornuda, estornuda.
Y a los pórticos y a los espacios
mira la novia con ardor...
son sus ojos dos topacios
de brillor
Y hacen fieros ademanes,
robles rojos como alacranes;
concentrando sus resuellos
grita el más hércúleo do ellos:
¿Quién ni gran Duque entretiene?
¡ya el gran cortejo se irrita!,...
Pero el gran Duque no viene;...
se lo ha comido Paquita.

Rubén Dario creía pensar en francés más bien que en castellano. Probablemente no se engañaba. El decadentismo, el preciocismo, el bizantinismo de su arte son los del París finisecular y verlainiano del cual el poeta se sintió huésped y amante. Su barca, "provenía del divino astillero del divino Watteau". Y el galicismo de su espíritu engendra el galicismo de su lenguaje. Eguren no presenta el uno ni el otro. Ni siquiera su estilo se resiente de francesamiento. Su forma es española; no es francesa. Es frecuente y es sólito en sus versos, como lo remarca Bustamante y Ballivián, el giro arcaico. En nuestra literatura, Eguren es uno de los que representan la reacción contra el españolismo porque, hasta su orto, el españolismo era todavía retoricismo barroco o romanticismo grandilocuente. Eguren, en todo caso no es como Rubén Darío un enamorado de la Francia siglo dieciocho y rococó. Su espíritu desciende del Medioevo, más bien que del Setecientos. Yo lo hallo hasta más gótico que latino. Ya he aludido a su predilección por los mitos escandinavos y germánicos. Constataré ahora que en algunas de sus primeras composiciones, de acento y gusto un poco rubendarianos, como "Las Bodas Veinesas" y "Lis", la imaginación de Eguren abandona el mundo dieciochesco para partir en busca de un color o una nota medioevales:

"Comienzan ambiguas
añosas marquesas
sus danzas antiguas
y sus polonesas.

Y llegan arqueros
de largos bigotes
y evitan los fieros
de los monigotes”.

Me parece que algunos elementos de su poesía —la ternura y el candor de la fantasía verbigratia— emparentan vagamente a veces a Eguren con Maeterlink— el Maeterlink de los buenos tiempos. Pero esta indecisa afinidad no revela precisamente una influencia maeterlinkiana. Depende más bien de que la poesía de Eguren, por las rutas de lo maravilloso por los caminos del sueño, toca el misterio. Mas Eguren interpreta el misterio con la inocencia de un niño alucinado y vidente. Y en Maeterlink el misterio es con frecuencia un producto de alquimia literaria.

Objetando su galicismo, analizando su simbolismo. se abre de improviso, feéricamente como en un encantamiento la puerta secreta de una interpretación genealógica del espíritu y del temperamento de José M. Eguren.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional XVII [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional XVII

He escrito en mi anterior artículo que José María Eguren representa en nuestra historia literaria la poesía pura. Este concepto no tiene ninguna afinidad con la tesis del Abate Bremond. Quiere simplemente expresar que la poesía de Eguren se distingue de la mayor parte de la poesía peruana en que no pretende ser historia, ni filosofía ni apologética sino exclusiva y solamente poesía.

Los poetas de la República no heredaron de los poetas de la colonia la afición a la poesía teológica —mal llamada religiosa o mística— pero si heredaron la afición a la poesía cortesana y ditirámbica. El parnaso peruano se engrosó bajo la república con nuevas odas, magras unas, hinchadas otras. Los poetas pedían un punto de apoyo para mover el mundo, pero este punto de apoyo era siempre un evento, un personaje. La poesía se presentaba por consiguiente subordinada a la cronología. Odas a los héroes o hechos de América
cuando no a los reyes de España, constituían los más altos monumentos de esta poesía de efemérides o de ceremonia que no encerraba la emoción de una época o de una gesta sino apenas de una fecha. La poesía satírica estaba también, por razón de su oficio, demasiado encadenada a lo efímero cotidiano.

En otros casos, los poetas cultivaban el poema filosófico que generalmente no es poesía ni es filosofía. La poesía degeneraba en un ejercicio de declamación metafísica.

El arte de Eguren es la reacción contra este arte gárrulo y retórico, casi íntegramente compuesto de elementos temporales y contingentes. Eguren se comporta siempre como un poeta puro. No escribe un solo verso de ocasión, un soIo canto sobre medida. No se preocupa del gusto del público ni de la crítica. No canta a España, ni a Alfonso XIII, ni a Santa Rosa de Lima. No recita siquiera sus
versos en veladas ni fiestas. Es un poeta que en sus versos dice a los hombres únicamente su mensaje divino.

¿Cómo salva este poeta su personalidad? ¿Cómo encuentra y afina en esta turbia asmósfera literaria sus medios de expresión? Enrique Bustamante y Ballivián que lo conoce íntimamente nos ha dado un interesante esquema de su formación artística: "Dos han sido los más imperantes factores en la formación del poeta dotado de riquísimo temperamento: las impresiones campestres recibidas
en su infancia en "Chuquitanta", hacienda de su familia en las inmediaciones de Lima y las lecturas que desde su niñez le hiciera de los
clásicos españoles su hermano Jorge. Diéronle las primeras no solo el paisaje que da fondo a muchos de sus poemas, sino el profundo sentimiento de la Naturaleza expresado en símbolos como lo siente la gente del campo que lo anima con leyendas y consejas y lo puebla de duendes y brujas, monstruos y trasgos. De aquellas clásicas lecturas, hechas con culto criterio y ponderado buen gusto, sacó la afición literaria, la riqueza de léxico y ciertos giros arcaicos que dan sabor peculiar a su muy moderna poesía. De su hogar profundamente cristiano y místico de recia moralidad cerrada obtuvo la pureza de alma y la tendencia al ensueño. Puede agregarse que en él, por su hermana Susana, buena pianista y cantante, obtuvo la afición musical que es tendencia de muchos de sus versos. En cuanto al color y a la riqueza plástica, no se debe olvidar que Eguren es un buen pintor (aunque no llegue a su altura de poeta) y que comenzó a pintar antes de escribir. Ha notado algún crítico que Eguren es un poeta de la infancia y que allí está su virtud principal. Ello seguramente ha de tener origen (aunque discrepemos de la opinión del crítico) en que los primeros versos del poeta fueron escritos para sus sobrinas y que son cuadros de la infancia en que ellas figuran.

Encuentro excesivo o, más bien, impreciso, calificar a Eguren de poeta de la infancia. Pero me parece evidente su calidad esencial de poeta de espíritu y sensibilidad infantiles. Toda su poesía es una versión encantada y alucinada de la vida. Su simbolismo viene, ante todo, de sus impresiones de niño. No depende de influencias ni de sugestiones literarias. Tiene sus raíces en la propia alma de poeta. La poesía de Eguren es la prolongación de su infancia. Eguren conserva íntegramente en sus versos la ingenuidad y la "reverie" del niño. Por eso su poesía es una visión tan virginal de las cosas. En sus ojos deslumbrados de infante,, está la explicación total del milagro.

Este rasgo del arte de Eguren no aparece solo en las que específicamonte pueden ser clasificadas como poesías de tema infantil. Eguren expresa siempre las cosas y la Naturaleza con imágenes que es fácil identificar y conocer como escapadas de su subconciencia de niño. La plástica imagen de un "rey colorado de barba de acero" —una de las notas preciosas de "Eroe" poesía de rubendaria— no puede ser encontrada sino por la imaginación de un infante. "Los reyes rojos", una de las más bellas creaciones del simbolismo de Eguren, acusa análogo origen en su bizarra composición de calcomanía:

Desde la aurora
combaten dos reyes rojos,
con lanza de oro.

Por verde bosque
y en los purpurinos cerros
vibra su ceño

Falcones reyes
batallan en lejanías
de oro azulinas

Por la luz cadmio,
airadas se ven pequeñas
sus formas negras.

Viene la noche
y firmes combaten foscos
los reyes rojos.

Nace también de este encantamiento del alma de Eguren su gusto por lo maravilloso y lo fabuloso. Su mundo es el mundo indescifrable y aladinesco de la niña de la lámpara azul. Con Eguren aparece por primera vez en nuestra literatura la poesía de lo maravilloso. Uno de los elementos y de las características de esta poesía es el exotismo. "Simbólicas" tiene un fondo de mitología escandinava y de medioevo germano. Los mitos helenos no asoman nunca en el paisaje wagneriano y grotesco de sus cromos sintetistas.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Después de la muerte de Dzerjinsky [Recorte de prensa]

Después de la muerte de Dzerjinsky

La muerte de Dzerjinsky ha abierto otro claro en el estado mayor de la Revolución Rusa. Los soviets han perdido uno de sus mejores
funcionarios; la revolución uno de sus más heroicos combatientes. Dzerjinsky, pertenecía a la vieja guardia del bolchevismo. A esa vieja guardia que conoció la derrota en 1905, la cárcel y el destierro en todos sus largos y duros años de conspiración y la victoria de 1917. Y que, entonces, justamente, empezó a vivir sus días más dramáticos, más agónicos, más exaltados.

Como la mayor parte de los hombres de la vieja guardia, Dzerjinski, era un revolucionario nato. Su biografía hasta octubre de 1917,
es absolutamente la biografía de un agitador. A la edad de 17 años, estudiante de retórica en el colegio de Vilna, se enrola en el socialismo y se consagra a su propaganda. Tres años después dirige en Kovno las grandes huelgas de 1879, señalándose desde entonces a la policía zarista como un agitador peligroso. Deportado de Kovno, Dzerjinski se dedica a la organización del partido social-democrático en Varsovia, actividad que le cuesta primero a prisión, luego la deportación a Siberia.

Escapa a esta última pena refugiándose en Alemania. El año trágico de 1905, encuentra en Varsovia en un puesto directivo de la social-democracia polaca. Condenado nuevamente al exilio de Siberia, Dzerjinski, logra fugar por segunda vez, pero regresa a su trabajo revolucionario en 1912 y la policía zarista cae implacable sobre él. La revolución de Kerenski, le abre finalmente, en 1917, las puertas de la prisión. Y Dzerjinski, vuelve a su puesto de combate. Participa activa y principalmente en la revolución bolchevique como miembro del Comité Militar revolucionará, en primera fila en la responsabilidad y en el riesgo.

En el Gobierno revolucionario, su tarea es, como siempre, una de las más penosas. Le toca presidir la Cheka, tan mal afamada por su dura función de tribunal revolucionario. En 1919, es nombrado además ministro del interior. La revolución, atacada en múltiples frentes, debe defenderse por todos los medios. Dzerjinski lo sabe. Y asume la responsabilidad histórica de la tremenda batalla. La contrarevolución es al fin vencida. La Cheka es reemplazada por la G. P. U. Pero Dzerjinsky, no está hecho para reposo. Se le encarga el ministerio de vías de comunicación. Rusia necesita regulariza sus desordenados transportes. Solo la terrible energía de Dzerjinsky es capaz de conseguirlo. Y, en efecto, los trenes al poco tiempo marchan normalmente. En fin, cuanto Rykoff es llamado a la presidencia del Consejo de Comisarios del pueblo, Dzerjinsky lo reemplaza en la presidencia del consejo nacional de economía.

En este puesto, entregado a la labor gigantesca de disciplinar y reorganizar la economía rusa, lo ha sorprendido la muerte. Dzerjinsky ha dado a la revolución, hasta su último instante, su energía y su potencia formidables de organizador.

No era un teórico sino un práctico del marxismo. No deja obra teorética. Encontró siempre, claro y neto, su camino. No tuvo tiempo sino para la acción. Le faltaban dotes de leader, de caudillo. Pero Dzerjinsky no ambicionó nunca más de lo que debía ambicionar. Tenia el genio de la organización; no de la creación. Aunque parezca paradójico, es lo cierto que este agente de la revolución, que pasó la mayor parte de su vida entre el complot, la prisión y el destierro, era fundamentalmente un agente del orden.

La mayor parte de los hombres aceptan probablemente como la imagen verdadera de Dzerjinsky, la fosca imagen del jefe de la Cheka inventada por las leyendas del cable. Pero ésta es, seguramente, la menos real de todas sus obras. Dzerjinsky, según el testimonio de los extranjeros que lo visitaron y conocieron en su despacho de Moscú daba una impresión de asceta. Era, físicamente, un monje magro, dulce y triste. Herriot, en su libro, "La Rusia Nueva" lo llama el Saint Just eslavo. Nos habla de su aire de asceta, de su figura de icono. De su cuarto sin calefacción, desnudo y humilde como una celda, cuyo acceso no defendía ningún soldado.

Después de su muerte el cable anuncia cotidianamente la reacción y el desorden en Rusia. Se ha vivido tanto tiempo con la idea de que este frío eslavo, tenía a Rusia en un puño que, apenas se le ha sabido muerto, la esperanza de los enemigos de la revolución ha renacido. Las polémicas, los debates internos del partido bolchevique, tan antiguos como el partido mismo, son presentados como las primeras escaramuzas de una sangrienta guerra civil. Quebrada la última esperanza de contrarevolución, toda la esperanza del capitalismo occidental está en la posibilidad de un cisma del bolchevismo.

Este cisma, claro está, no es teórica ni prácticamente imposible. Pero sí improbable. El mismo alcance so atribuyó después de la muerte de Lenin al disenso entre el directorio del partido y Trotski. Se dijo entonces que Trotski había sido aprehendido y deportado. Que una parte del ejército rojo se había sublevado a su favor. Todo, invención absurda. Meses después, Trotski, no obstante su oposición a la mayoría del directorio, regresaba a ocupar disciplinadamente su puesto en el gobierno de Rusia.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La crisis griega [Recorte de prensa]

La crisis griega

Cuando en el Occidente europeo se habla de "política balkánica", se sobrentiende una política truculenta en la que se combinan y suceden por lo menos un golpe de estado militar, el arresto o la masacre de una familia real, el fusilamiento del último ministerio, la tentativa de establecer el comunismo, la promulgación de una nueva carta política y, finalmente, su derogatoria como consecuencia del pronunciamiento de la marina. Los Balkanes, tienen en política un gusto de grand guignol. La escena política se caracteriza ahí por sus tragedias en cuatro o cinco actos fulminantes y tormentosos.

En esta época en que la Europa Occidental se presenta tentada de adoptar costumbres y métodos un poco balkánicos, nadie puede por consiguiente, sorprenderse del desorden griego. Cabe, por el contrario, sorprenderse del relativo orden con que se produce. La dictadura ha sido derrocada pacíficamente. Y hasta ahora la nota más dramática de la situación es una tentativa de marítima de fuga marítima de Pangalos, que bien puede indicar la influencia de las películas norteamericanas en la política balkánica moderna.

Pángalos, el dictador tan cinematográficamente derribado y aprehendido, pretendía por otra parte, emular e imitar a dos dictadores occidentales como Mussolini y Primo de Rivera.

Durante el tiempo que ha detentado el poder se ha dedicado a una reproducción un poco exagerada —sin duda a causa de la diferencia histórica, sociológica y psicológica de Grecia— del sistema, del ideario y del lenguaje de ambos modelos de Occidente. Su gobierno no ha sido sino una traducción—nada importa que mala o de segunda mano—del gobierno fascista.

Presenciamos, pues, actualmente —más bien que un episodio de la mal afamada política balkánica— una anécdota de la modernísima política reaccionaria. El fracaso del pobre Pangalos es un fracaso de la Reacción. Pangalos se proponía nada menos que la reconstrucción de Grecia sobre un sólido cimiento fascista y militar. Para esto empezó naturalmente, por suprimir el Parlamento, suspender la Constitución, abolir sus garantías y enviar al exilio o a la cárcel a los que protestaban. Su programa nacionalista e imperialista miraba, como en Italia y España, a la radical y definitiva cancelación de la "vieja política" democrática y parlamentaria. Pero toda su energía se agotaba en un trabajo de represión y policía que no resolvía ninguno de los problemas vitales de Grecia. El lamentable y acéfalo coronel Pangalos no era capaz de darse cuenta de que la violencia en sí no es una política y mucho menos una política de regeneración nacional. Después de su desventurado experimento, Grecia no tiene, por el momento, más remedio que el regreso a la vieja política y a sus usados Konduriotis y Kondilis. Por enésima vez, a la democracia griega, no se le ocurre más que llamar a Venizelos.

Por supuesto, Venizelos no es hoy una solución del mismo modo que no le fue hace dos años. Pero Grecia, a renglón seguido de la dura prueba del régimen Pangalos, no tiene casi otro hombre de quien echar mano. Venizelos, tiene por lo menos la garantía de ser un estadista de la antigua escuela, inaparente quizá para estos tiempos post-bélicos, pero asaz marrullero y experimentado para sortear momentáneamente sus peligros.

La dificultad está en que ni siquiera respecto de Venizelos las fuerzas constitucionales se encuentran de acuerdo. Precisamente Venizelos es lo que más las separa. Se dividen, como es sabido, en dos grandes bandos, uno venizelista y otro antivenizelista. (Quedan naturalmente fuera de esta clasificación las fuerzas revolucionarias que, además de ser antivenizelistas, son anticonstitucionales).

El equilibrio del régimen constitucional y democrático, restablecido por Kondilis, con el consenso, según parece, del ejército y de la marina, resulta en consecuencia muy problemático. Lo que tampoco constituye un fenómeno peculiar y específicamente griego, sino una simple faz del fenómeno mundial, o al menos occidental, de la crisis de la democracia y del parlamento.

En esta crisis, los reaccionarios griegos, no son capaces de descubrir más que la solución Pángalos. Los demo-liberales, a su vez, con deplorable falta de imaginación, no son capaces de descubrir más que la solución Venizelos. Los revolucionarios son los únicos que no tienen una fórmula tan fácil y tan simple. Porque la solución por la cual ellos trabajan no la guarda hecha, en su bolsillo, un político redomado ni un coronel megalómano. Debe gestarla y parirla trágica y dolorosamente, la historia.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

"Caminantes" por Lidia Seifulina [Recorte de prensa]

"Caminantes" por Lidia Seifulina

Empieza a ser vertida al español la nueva literatura rusa. (Ya se sabe que la nueva literatura rusa no es la de los "emigrados" sino la de la revolución. La que se alimenta de la savia, la emoción, el impulso, el sentimiento del orden nuevo). La Biblioteca de "La Revista de Occidente" ha publicado "El tren blindado" de Vsevolod Ivanov y "Caminantes" de Lidia Seifulina. Esto, claro está, es todavía muy poco. Sólo después de conocer a Pilniak, Babel, Mayakovski, Essenin, Fedin, Zamiatín, Lunts, Pasternak, Tikhonov, Leonov, Ehrenburg, etc., podrá el lector hispano enjuiciar panorámicamente la literatura rusa de la revolución. De los propios literatos del periodo anterior a la revolución, tal vez los más representativos permanecen aun inéditos en español. Mencionaré a Blok, Briussov, Remisov y Biely. Y su conocimiento es necesario como introducción en la literatura post-revolucionaria, a la cual Blok, Briussov y Biely han dado su aporte, mientras Remisov, hostil al bolchevismo, ha extraído, sin embargo, de la nueva vida rusa, los temas de sus últimos trabajos.

Lidia Seifulina es, presentemente, la más interesante de las mujeres de letras de Rusia. La poetisa Ana Achmatova, cuyo nombre está más difundido fuera de Rusia, pertenece a la época pre-revolucionaria. La Seifulina, en cambio, procede absolutamente de la revolución. En este periodo convulsivo seha formado su personalidad y su obra. Los libros que lleva publicados son señalados entre
los mejores documentos de la literatura revolucionaria.

La Seifulina nos presenta, sobre todo, la vida de la provincia, de la campiña, bajo el nuevo régimen. El fondo de su obra, como el de la obra de Pilniak y Babel, es totalmente campesino, aldeano. El campo, la aldea, aparecen en sus novelas como el cimiento y el humus de la nación. La ciudad es artificial, inestable, un poco inhumana. Las raíces de Rusia están en la campiña. El vaho mórbido de la ciudad disgusta su recia naturaleza de aldeana. La Seifulina siente que el contacto de la ciudad excita y corrompe al campo.

Esta actitud de la Seifulina mueve a varios de sus críticos a considerarla íntimamente adversa a la revolución comunista por ser el comunismo en nuestro tiempo un fenómero de origen y fermento esencialmente urbanos. Aunque comunista militante en los primeros años de la revolución, la Seifulina no acusa, ciertamente, una inspiración ortoxodamente bolchevique. Es de los literatos
que los bolcheviques denominan sagazmente "compañeros de viaje". Pero no es posible pedirle una literatura de rigurosa trama proletaria. La Seifulina no es una teorizante, ni una funcionaria sino una artista. (Trotsky ha planteado ya, en sus justos términos, la
cuestión del arte proletario).

Me parece erróneo y ligero el juicio de la Melnikova cuando escribe que ‘"en la Seifulina, la revolución es solamente el fondo sobre el cual se desenvuelven estos o aquellos acontecimientos de la vida campesina ya arrancada a su antiguo eje por obra de la guerra". Precisamente esta novela de "Caminantes", que acaba de aparecer en la Biblioteca de "La Revista de Occidente" prueba lo contrario. La presencia de la revolución con todos sus reflejos domina en "Caminantes" los episodios de la ciudad de provincia donde la novela se desarrolla. La novelista nos presenta en esta obra, con un vigoroso realismo, a una colección viviente de personajes, cuya vida está estremecida hasta lo más hondo por el huracán de la revolución. Y la Seifulina no se detiene en la anécdota. Aborda el conflicto central del alma rusa de nuestra época: el conflicto entre el romanticismo "socialista revolucionario" nutrido de supersticiones humanitarias, intelectuales y pequeño-burguesas y el realismo bolchevique forjado en la lucha social y purgado de hamletianismos neuróticos. El intelectual "socialista revolucionario" que la Seifulina presenta, nos delata el sentido íntimamente reaccionario de su resistencia a la dictadura revolucionaria cuando, prófugo de la ciudad, encuentra el terror blanco y confortado por el roce de una banda de cosacos en son de avance, se siente a su turno triunfador. El gesto que le descubre entonces la Seifulina es la prueba plena que el lector juez, momentáneamente conmovida por su declamación idealista, necesita, para condenarlo.

"Caminantes" adquiere, por esto, una emtonación revolucionaria. Hay en esta novela algo más que un documento objetivo de la revolución. El testimonio de Lidia Seifulina añade una pieza más, de irrecusable sinceridad, a la requisitoria contra el socialismo kerenskyano, apodado en Rusia "socialism revolucionario".

Otras novelas de Lidia Seifulina —como "Humus" que he leído en la excelente traducción italiana de Ettore Lo Gatto— que describen más específica y localizadamente los efectos de la revolución en la vida campesina, son sin duda las que inducen a una parte de la crítica a sospechar en la Seinfulina una secreta hostilidad aldeana al comunismo. Pero "Caminantes" resulta mucho más categórica y explícita que "Humus".

De la Seifulina, como literata, hay muchas cosas más que decir. Su rasgo principal, sin embargo —el sentimiento rural aldeado— está ya apuntado. Agregaré que en cuanto a forma o tendencia, la Seifulina se clasifica como una neo-realista. Como una de sus características esenciales, conviene destacar también su extraordinaria aptitud para crear tipos de mujeres. La obra de Lidia Seifulina está fuertemente impregnada de emoción femenina.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Tarjeta postal enviada por la dirección de Le Monde Nouveau, 14/4/1927

Paris, le 14.IV.27
Monsieur l'Administrateur de Amauta
Sagástegui 669
Casilla 2107
Lima
Pérou

Monsieur et cher Confrère,

C’est avec le plus vif plaisir que nous avons lu la lettre par laquelle vous voulez bien nous proposer un échange entre nos deux publications.

Nous nous empressons de vous inscrire sur nos listes d’adresses, et saisissons cette occasion pour vous exprimer notre espoir que nos relations, ne se bornant pas à un simple échange, deviendront, dans un avenir prochain, des plus confidentielles.

Veuillez agréer, Monsieur et cher Confrère, l’assurance de nos sentiments très dévoués.

Le Monde Nouveau

La crisis del régimen fascista [Recorte de prensa]

La crisis del régimen fascista

Con su sólita teatralidad, Mussolini ha aceptado el reto de la oposición. Ha sometido al parlamento un proyecto de ley electoral. En la política italiana, este trámite precede invariable, mente la disolución de la cámara y la convocatoria a nuevas elecciones. El acto del fascismo puede parecer un alarde de fuerza; pero en realidad es un síntoma de debilidad. Más que una ofensiva constituye una retirada.

Mussolini se ha visto constreñido a reconocer finalmente que, boicoteada y desertada polla oposición, la cámara no puede funcionar. La cámara contiene aún una minoría. La minoría que acaudillan Giolitti y Orlando. Pero esta minoría, compuesta por elementos que hasta hace muy poco conservaron una actitud filo-fascista, amenaza también a la cámara con su defección. Además, es una minoría minúscula, que si no una fracción disidente de la clientela fascista. La opo­sición en masa se ha retirado al Aventino, co­mo, con la obstinada nostalgia de la antigüedad, se dice en el vocabulario político de la Italia de estos tiempos. Culpa del fascismo que ha resu­citado el hacha de los lictores y algunas otras cosas de la historia de Roma.

El fascismo se ha esforzado por atraer a la oposición al parlamento. Varias veces ha hablado Mussolini con una rama de olivo en la mano. Otras veces constataba la contumacia de la oposición, Mussolini y el fascismo, megalómanos y olímpicos, han tenido el aire de desdeñarla. Han sustentado entonces la tesis de que la cámara podía trabajar indiferentemente con o sin los diputados oposicionistas. La imaginación de Mussolini se ha complacido, voluptuosamente, en la befa verbal de la "variopinta" oposición.

Pero el experimento de la tesis no ha correspondido a la esperanza fascista. El fascismo ha comprobado la impotencia y la invalidez del consenso de una cámara facciosa. La oposición, retirándose al Aventino, lo ha obligado a capitular. Ya no habla Mussolini, arrogantemente, de los derechos de la Revolución Fascista. Ya no se declara superior e indiferente a la opinión y al voto de los diputados. En su último discurso en el senado, ha empleado un tono y un lenguaje sagaces. Después, ha sentido la necesidad de intentar una política más o menos normalizadora y de licenciar a la cámara que la oposición esteriliza y descalifica con su ausencia.

Esta cámara nació viciada. Las elecciones de abril se realizaron conforme a una ley electoral forjada especialmente para uso del régimen fascista. Y, sobre todo envilizó marcialmente sus brigadas de "camisas negras" contra los grupos y los candidatos de oposición. Los partidos anti-fascistas carecieron ahí casi absolutamente de toda libertad de propaganda. El fascismo, además, no se presentó en las elecciones con una lista exclusivamente fascista. Solicitó la alianza de varios hombres y grupos no fascistas. Buscó sus principales candidatos en las asociaciones de combatientes y de mutilados de guerra. Malgrado todo esto, los grupos de oposición, cada uno de los cuales concurrió a las elecciones por su propia cuenta, consiguieron una fuerte representación en el parlamento. La heterogénea y pluricolor mayoría fascista se encontró en la cámara frente a una minoría menos numerosa pero más compacta y guerrera que la de la cámara anterior. Matteotti denunció, con dramático acento, en una de las sesiones de abril. La atmósfera de la nueva cámara fue una atmósfera tempestuosa. Se produjo, dentro de esta situación, el asesinato de Matteotti. La oposición abandonó entonces la cámara, Y declaró su voluntad de no regresar a sus puestos mientras el fascismo no disolviese su milicia armada y no aceptase incondicionalmente la restauración de la legalidad. Las sesiones de la cámara fueron suspendidas. El gobierno fascista esperaba encontrar en los tres o cuatro meses de vacaciones parlamentarias el medio de inducir a la oposición a volver al parlamento.

Pero durante ese plazo, la lucha, en vez de desaparecer, no ha cesado de exasperarse. El fascismo ha intentado amedrentar a la gente adversaria y a la gente neutral con una táctica agresiva. Ha restringido draconianamente la libertad de la prensa. Ha anunciado su intención, formal de insertar la revolución fascista en el Estatuto de la nación italiana. Mas esta política ha tenido efectos diversos de los que Mussolini esperaba y necesitaba. El fascismo se ha sentido cada día más aislado y más bloqueado. Muchos de sus antiguos amigos se han negado a seguirlo por la vía de la intransigencia. Giolitti, Orlando, Sem Benelli, han pasado a la oposición. Las asociaciones de combatientes y mutilados de guerra, antes filo-fascistas, han declarado su independencia de toda facción y han reclamado del gobierno una política normalizadora. Los ataques de la prensa al fascismo han arreciado. Varios diarios liberales, que hasta el asesinato de Matteotti observaron una conducta filo-fascista, han cambiado radicalmente de tono. "II Giornale d'Italia" de Roma, órgano de los liberales de derecha, combate hoy al régimen fascista casi con la misma acidez que "Il Mondo", órgano de Amendola.

Esta crisis del régimen fascista madurara gradualmente desde mucho tiempo antes del asesinato de Matteotti. El asesinato del diputado socialista no ha hecho sino acelerar su desarrollo y precipitar su desenlace. Esta crisis ha sido, ante todo, una crisis interna. Veamos sus causas. El fascismo no ha podido definirse a sí mismo. Contenía y contiene todavía, elementos antitéticos, humores diversos, ánimas disímiles. Para conservar la unidad de este movimiento, Mussolini inventaba, sucesivamente, muchas fórmulas equívocas y oportunistas. Llenaba con sus abstracciones y su retórica el programa hueco del partido fascista. Esta táctica le ha consentido retener en sus filas durante mucho tiempo a gente que concebía el partido fascista como una especie del partido del patriotismo; pero que no compartía las ideas ni los sentimientos de sus "condottieri" respecto a la necesidad y a la oportunidad de reemplazar íntegramente el Estado demoliberal con un Estado fascista y de desagradar, para esto, la Constitución de la Terza Italia. Por esta razón el fascismo ha sido, en la época de su apogeo, mas que un partido político, un movimiento de militares, combatientes y mutilados de guerra. Mussolini ha gustado de rodearse de los héroes de la guerra. Y ha querido siempre ver alineados en el primer rango del fascismo a los combatientes condecorados con la medalla de oro al valor militar. El fascismo ha acaparado, hasta hace poco, casi todas las "medallas de oro" de la guerra. Pero, a medida que ha prevalecido en el partido fascista la tendencia facciosa, a medida que se ha impuesto en su teoría y en su práctica la mentalidad de los "condottieri" y de los agitadores que lo definen como el instrumento de una revolución, las fórmulas vaga y abstractamente nacionalistas no han bastado ya para prolongar la artificial unidad fascista. Las dos almas, las dos mentalidades del fascismo han empezado a diferenciarse y a separarse.

El fascismo ha dejado, poco a poco, de detentar la exclusiva o el privilegio del patriotismo. Los combatientes y los mutilados de filiación o educación más o menos liberales y democráticas le han retirado su apoyo sin temor a sus excomuniones. La Liga Itálica de San Benelli y la Italia Libera del general Peppino Garibaldi niegan a los fascistas el derecho de acaparar la representación de la italianidad. Ambas ligas reclutan sus prosélitos en las categorías sociales adherentes antes al fascismo. Mussolini ha perdido dos de sus más conspicuas "medallas de oro": los diputados Viola y Ponzio di San Sebastiano. Otra medalla de oro, Raffele Rosetti, no solo se declara anti-fascista sino además republicano.

En estas condiciones llega el fascismo al capítulo de su historia, Mussolini juega con la convocatoria a elecciones su última carta. A las elecciones había que apelar tarde o temprano. Mussolini, jugador de rápidas decisiones, prefiere que sea temprano y no tarde. Oportunista orgánico, ataca a los partidos de la "variopinta’" oposición antes de que tengan tiempo de concertarse y articularse más. Pero la oposición le ha ganado ya la principal batalla, obligándolo a aceptar implícitamente la tesis de la normalización. El fascismo sostenía antes que su permanencia en el poder era una cuestión de fuerza. Ahora la cuestión de fuerza desaparece y se convierte en una cuestión de mayoría electoral y mayoría parlamentaria. Para un partido anti-parlamentario y anti-democrático la capitulación no puede ser sustancial ni más grave.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional XVI [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional XVI

Al margen de los movimientos, de las tendencias, de los cenáculos y hasta de las propias generaciones, no han faltado en el proceso de nuestra literatura casos más o menos independientes y solitarios de vocación literaria. Pero en el proceso de una literatura se borra lentamente el recuerdo del escritor y del artista que no dejan descendencia. El escritor, el artista, pueden trabajar fuera de todo grupo, de toda escuela, de todo movimiento. Más su obra entonces no puede salvarlo del olvido si no es en si misma un mensaje a la posteridad. No sobrevive sino el precursor, el anticipador, el suscitador. Por esto, como dije en mi anterior artículo, las individualidades me interesan, sobre todo, por su influencia. Las individualidades, en este estudio, no tienen su mas esencial valor en si misma, sino en su función de signos.

Ya hemos visto cómo a una generación o, mejor, a un movimiento radical que reconoció su líder en González Prada, siguió un movimiento neo-civilista o colonialista que proclamó su patriarca a Palma. Y cómo vino después un movimiento "Colónida" precursor de una nueva generación. Pero eso no quiere decir que toda la literatura de este largo período corresponda necesariamente al fenómeno "futurista" o al fenómeno "Colónida".

Tenemos el caso del poeta Domingo Martínez Lujan, bizarro espécimen de la vieja bohemia romántica, algunos de cuyos versos señalarán en la antologías algo así como la primera nota rubendariana de nuestra poesía. Tenemos el caso de Manuel Beingolea, cuentista de fino humorismo y de exquisita fantasía que cultiva, en el cuento, el decadentismo de lo raro y lo extraordinario. Tenemos el caso de José María Eguren, que representa en nuestra historia literaria la poesía "pura" antes que la poesía simbolista.

El caso de Eguren, empero, por su excepcional ascendiente, no se mantiene extraño al juego de las tendencias. Constituye un valor surgido aparte de una generación, pero que deviene luego un valor polémico en el diálogo de dos generaciones en contraste. Desconocido, desdeñado por la generación "futurista" que aclama como su poeta a Gálvez, Eguren es descubierto y adoptado por el movimiento "Colónida".

La revelación de Eguren empieza en la revista "Contemporáneos" sobre la que debo decir algunas palabras. "Contemporáneos" marca incontestablemente una fecha en nuestra historia literaria. Fundada por Enrique Bustamante y Ballivián y Julio Alfonso Hernández, esta revista aparece como el órgano de un grupo de "independientes" que sienten la necesidad de afirmar su autonomía del cenáculo "colonialista". De la generación de Riva Agüero, estos "independientes" repudian más la estética que el espíritu. "Contemporáneos" se presenta, ante todo, como la avanzada del modernismo en el Perú. Su programa es exclusivamente literario. Hasta como simple revista de renovación literaria, le faltan agresividad, exaltación, beligerancia. Tiene la ponderación parnasiana de Enrique Bustamante y Ballivián, su director. Mas sus actitudes, poseen de todos modos un sentido de protesta. Los "independientes" de Contemporáneos buscan la amistad de González Prada. Este gesto afirma por si solo una "secesión". El poeta de Exóticas, el prosador de "Páginas Libres", que entonces no colaboraba sino on algún acre y pobre periódico anarquista, reaparece en 1909 ante el público de las revistas literarias, en compañía de unos independientes que estimaban en él al parnasiano, al aristócrata, mas que al acusador, más que al rebelde. Pero no importa. Este hecho anuncia ya una reacción.

La revista "Contemporáneos", desaparecida después de unos cuantos números, intenta Renacer en una revista mas voluminosa, “Cultura”. Bustamante y Ballivián se asocia para esta tentativa a Valdelomar. Pero antes del primer número lo co-directores riñen. “Cultura” sale sin Valdelomar. El primer y único número da la impresión de una revista más ecléctica, menos representativa que Contemporáneos. El fracaso de este experimento prepara a Colónida.

Pero estos y otros intentos revelan que si la generación de Riva Agüero no pudo desdoblarse y dividirse en dos bandos, en dos grupos antagónicos y definidos, no constituyó tampoco una generación uniforme y unánime. En ninguna generación se presenta esta uniformidad, esta unanimidad. La de Riva Agüero tuvo sus "independientes", tuvo sus heterodoxos. Espiritual e ideológicamente, el de más personalidad y significación fue sin duda Pedro S. Zulen. A Zulen no le disgustaban únicamente el academicismo y la retórica de los "futuristas"; le disgustaba profundamente el espíritu conservador y tradicionalista. Frente a una generación "colonialista", Zulen se declaró "pro-indigenista". Los demás independientes — Enrique Bustamante y Ballivián, Alberto J. Ureta, etc— se contentaron con una implícita secesión literaria.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional XIV [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional XIV

El rasgo mas característico de la generación apodada "futurista" es su pasadismo. Desde el primer momento sus literatos, se entregan a la faena de idealizar el pasado. Riva Agüero, en su tesis, reinvindica con energía los fueros de los hombres y las cosas tradicionales.

Pero el pasado, para esta generación, no es ni muy remoto ni muy próximo. Tiene límites definidos: los del Virreinato. Toda su predilección, toda su ternura, son para esta época. El pensamiento de Riva Agüero a este respecto es inequívoco. El Perú, según él, desciende de la Conquista. Su infancia es la Colonia.

La literatura peruana deviene desde este momento acentuadamente colonialista. Se inicia un fenómeno que no ha terminado todavía y que Luis Alberto Sánchez designa con el nombre de “perricholismo”.

En este fenómeno —en sus orígenes, no en sus consecuencias— se combinan y se identifican dos sentimientos: limeñismo y pasadismo. Lo que en polítitca, se traduce así: centralismo y conservantismo. Porque el pasadismo de la generación de Riva Agüero no constituye un gesto romántico de inspiración meramente literaria. Esta generación es tradicionalista pero no romántica. Su literatura, mas o menos teñida de "modernismo", se presenta por el contrario como una refacción contra la literatura del romanticismo. El romanticismo condena radicalmente el presente en el nombre del pasado o de futuro. Riva Agüero y sus contemporáneos, en cambio, aceptan el presente, aunque para gobernarlo y dirigirlo invoquen y evoquen el pasado. Se caracterizan, espiritual e ideológicamente, por un conservantismo positivista, por un tradicionalismo oportunista.

Naturalmente esta es solo la tonalidad general del fenómeno, en el cual no faltan matices mas o menos discrepantes. José Gálvez, por ejemplo, individualmente escapa a la definición que acabo de esbozar. Su pasadismo es de fondo romántico. Haya de La Torre lo llama el "único palmista sincero", refiriéndose sin duda al carácter literario y sentimental de su pasadismo. La distinción no está netamente expresada. Pero parte de un hecho evidente. Galvez —cuya poesía desciende de la de Chocano, repitiendo, atenuadamente unas veces, desteñidamente otras, su verbosidad— tiene trama de romanticismo. Su pasadismo, por eso, está menos localizado en el tiempo que el del núcleo de su generación. Es un pasadismo integral. Enamorado del virreinato, Gálvez no se siente sin embargo, acaparado exclusivamente por el culto de esta época. Para él, "todo tiempo pasado fue mejor". Puede observarse que, en cambio, su pasadismo está mas localizado en el espacio. El tema de sus evocaciones es casi siempre limeño. Pero también esto me parece en Gálvez un rasgo romántico.

Gálvez, de otro lado se aparta a veces del credo de Riva Agüero. Sus opiniones sobre la posibilidad de una literatura genuinamente nacional son heterodoxas dentro del fenómeno futurista. Acerca del americanismo y del peruanismo en la literatura, Gálvez, aunque sea con no pocas reservas y concesiones, se declara en desacuerdo con la tesis del líder de su generación y su partido. No lo convence la aserción de que es imposible revivir poéticamente las antiguas civilizaciones americanas. "Por mucho que sean civilizaciones desaparecidas y por honda que haya sido la influencia española, —escribe— ni el materialimismo se ha extinguido, ni tan puros hispanos somos los que más lo fuéramos, que no sintamos vinculación alguna con la raza, cuya tradición áurea bien merece un recuerdo y cuyas ruinas imponentes y misteriosas nos subyugan y nos impresionan. Precisamente porque andamos tan mezclados y son tan encontradas nuestras raíces históricas, por lo mismo que nuestra cultura no es tan honda como parece, el material literario de aquellas épocas definitivamente muertas es enorme para nosotros, sin que esto signifique que lo consideremos primordial y porque alguna levadura debe haber en nuestras almas de la gestación del imperio incaico y de las luchas de das dos razas, la indígena y la española, cuando aún nos encoje el alma y nos sacude con emoción extraña y dolorida la música temblorosa del yaraví. Además nuestra historia no puede partir solo de la Conquista y por vago que fuese el legado psíquico que hayamos recibido de los indios, siempre algo tenemos de aquella raza vencida, que en viviente ruina vaga preterida y maltratada en nuestras serranías, constituyendo un grave problema social, que si palpita dolorosamente en nuestra vida, ¿por qué no puede tener un lugar en nuestra literatura que ha sido tan fecunda en sensaciones históricas de otras razas que realmente no son extranjeras y peregrinas?" No acierta Gálvez, sin embargo en la definición de una literatura nacional. "Es cuestión de volver el alma —dice— a las rumorosas palpitaciones de lo que nos rodea". Mas, a renglón seguido, reduce sus elementos a "la historia, la leyenda, la tradición y la naturaleza". El pasadista reaparece aquí íntegramente. Una literatura genuinamente nacional, en su concepto, debe nutrirse sobre todo de la historia, la leyenda, la tradición, esto es del pasado. El presente es también historia. Pero seguramente Gálvez no lo pensaba cuando escogía las fuentes de nuestra literatura. La historia, en su sentimiento, no era entonces sino pasado. No dice Gálvez que la literatura nacional debe traducir totalmente al Perú. No le pide una función realmente creadora. Le niega casi el derecho de ser una literatura del pueblo. Polemizando con "El Tunante", sostiene que el artista "debe desdeñar altivamente la: facilidad que le ofrece el modismo callejero, admirable muchas veces para el artículo de costumbres, pero que está distante de la fina aristocracia que debe tener la forma artística".

El pensamiento de la generación futurista es, por otra parte el de Riva Agüero. EI voto en contra o, mejor, el voto en blanco de Gálvez en este y otros debates, no tiene sino un valor individual. La generación futurista, en tanto, utiliza totalmente el pasadismo y el romanticismo de Gálvez en la serenata bajo los balcones del virreinato destinada políticamente a reanimar una leyenda indispensable al dominio de los herederos de la colonia.

La casta feudal no tiene otros títulos que los de la tradición colonial. Nada mas concordante con su interés que una corriente literaria tradicionalista y colonialista. En el fondo de la literatura colonialista, no existe sino una orden perentoria, una exigencia imperiosa del impulso vital de una clase, de una "élite".

Y quien dude del origen fundamentalmente político del fenómeno "futurista" no tiene sino que reparar en el hecho de que la falanje de abogados, escritores, literatos, etc acaudillada por Riva Agüero no se contentó con ser sólo un movimiento, una generación. Cuando llegó a su mayor edad quiso ser un partido.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La escena checo-eslovaca [Recorte de prensa]

La escena checo-eslovaca

El Estado de Masarick y Benés aparece, ante todo, como una consecuencia política de la gran guerra. O, más precisamente, de la derrota austro-alemana. El nacimiento del Estado Checo-eslovaco ha sido una de las principales faces o etapas de la disolución del Imperio de los Apsburgos.

La espada aliada cortó los lazos que unían, bajo la corona de los Apsburgos, a pueblos de diverso origen y distinta raza. Estos pueblos, en su obligada convivencia dentro del Imperio, no habían perdido su sentimiento nacional. Pero tampoco habían sabido, antes de la guerra, afirmarlo eficazmente frente al poder austríaco. El pueblo húngaro, el que más enérgicamente había reivindicado siempre su libertad, había conquistado cierto grado de autonomía administrativa. Su antigua inquietud secesionista estaba enervada. El sentimiento nacional de húngaros, bohemios, etc., no tenía un carácter beligerante y combativo sino en una minoría más o menos romántica.

La guerra provocó una viva reacción de este sentimiento. Los sufrimientos y las penurias de una empresa que se prolongaba angustiosamente, con creciente incertidumbre de los austro-alemanes sobre su éxito final, generaron en los sectores alógenos del Imperio de los Apsburgos un difuso y extenso descontento contra la política de la monarquía. La predicación democrática de Wilson, y, sobre todo su doctrina del derecho del libre determinación de las nacionalidades, encontraron, en consecuencia, un terreno favorable a la fructificación de los ideales nacionalistas que se proponían suscitar en el heterogéneo conglomerado austro-húngaro.

Mas, desatado, el haz austro-húngaro, resultó prácticamente imposible la libre agrupación de sus elementos según sus afinidades. Las potencias aliadas querían que la nueva organización de la Europa Central no contrariase, absolutamente, ninguno de sus intereses de predominio. Necesitaban que en esa nueva organización ocupasen una posición dominante los pueblos que más eficiente y conspicuamente las habían ayudado contra, la monarquía austríaca. Checo-Eslovaquia obtuvo, por tanto, en la conferencia de la paz, un tratamiento de especial favor. Los checo-eslovacos consiguieron anexarse poblaciones húngaras, alemanas, ruthenas.

Esta protección no sólo se explica por el interés de la Entente de colocar al flanco de la vencida Alemania un Estado fuerte. Se explica también por la importante participación de los leaders del nacionalismo checo-eslovaco en el socavamiento del frente austríaco. Masarick, Lenes y Stefanick, presintiendo que del resultado de la guerra dependía la independización de su pueblo, habían dirigido desde el extranjero un movimiento subterráneo de agitación contra la monarquía austríaca, destinado a producir su derrumbamiento apenas se quebrantara la esperanza de alemanes y austro-húngaros en la victoria. Desde París, Masarick había vivido, en los últimos años de la guerra, en constante y secreta comunicación con sus secuaces de Checo-Eslovaquia, fomentando en los regimientos checo-eslovacos, mediante una sorda propaganda, sentimientos que debían moverlos a la deserción del frente austríaco. Esta agitación nacionalista checo-eslovaca, con la colaboración poderosa de los gobiernos aliados, había empujado a combatir al lado de la Entente a los soldados checo-eslovacos hechos prisioneros por sus ejércitos.

Masarick y Benés pertenecen, pues, típicamente, a la categoría de hombres de Estado emergida de la post-guerra. Heteróclita y varicolor categoría de la que forman parte, de un lado, los leaders, del Estado bolchevique y, de otro lado, Mussolini, Pilsudsky, Horthy, etc. Hasta el día de la victoria aliada, Masarick y Benés no fueron —sobre todo en concepto de la monarquía austríaca— sino dos obsecados agitadores. Dos hombres negligibles en el plano de la política europea. La victoria aliada los convirtió, de golpe, en los conductores de una telón de trece millones de hombres. O sea en personajes bastante más considerables que el ex-emperador Garlos de Apsburgo y que sus cancilleres.

Más conocido que Benés era Masarick. De su historia y de su figura, mucho más antiguas, se tenía difusa noticia en todos los sectores de la internacional socialista.

Hijo de un cochero de Moravia, Masarick se destacó, desde su batalladora juventud, en el seno de la social-democracia checa. Su inteligencia y su dinamismo le abrieron las puertas de la Universidad de Praga. Su posición frente a la monarquía austríaca le valió varios procesos por delitos contra la seguridad del Estado. En esos tiempos Masarick escribió un libro de crítica marxista que hizo notorio su nombre en las revistas y periódicos de la social-democracia europea: "Die philosophisehen und sooio- logisehen Grundlagen des Marxismus".

Pero la notoriedad de Masarick no traspasó, en esos arduos tiempos de combate, los confines del mundo social-democrático. En los parlamentos, en las academias y en los grandes rotativos, el nombre del profesor Th. G. Masarick, autor de varios ensayos sobre el marxismo, era completamente desconocido. Le correspondía a la guerra descubrirlo y revelarlo. Y transformarlo en el nombre del presidente de una imprevista República Checo-Eslovaca.


Por su rol en la creación de Checo-Eslovaquia le tocó a la social-democracia checo-eslovaca asumir, en colaboración con los elementos liberales de la burguesía nacional, la responsabilidad no siempre honrosa y no siempre fácil del poder. La asamblea nacional elevó a la presidencia de la nueva república al profesor Masarick. La política y la legislación del Estado checo-eslovaco se decoraron de principios social-democráticos. El Estado checo-eslovaco se caracterizó por su necesidad de mostrarse como uno de los Estados europeos más avanzados en materia de legislación social. Bajo la presión de las masas, la política del Estado checo-eslovaco hizo varias concesiones a las reivindicaciones proletarias. La mayor de todas fue, acaso, la aceptación de la fórmula de los Consejos de Empresa, que significa un paso hacia la participación de los obreros en la administración de las fábricas.

Esta tendencia no ha sido abandonada. El Instituto Checo-eslovaco de Estudios Sociales, en un reciente opúsculo sobre la política social en Checo-Eslovaquia, dice: "Checo-Eslovaquia rivaliza con los estados más progresistas de Europa en cuanto concierne a la protección de los obreros, los seguros sociales, la asistencia a los sin trabajo, a los inválidos de guerra, a los niños, a los indigentes, la lucha contra la crisis de los alojamientos, etc. En ciertas materias de política social sus leyes van más allá de las exigencias de las convenciones internacionales. Pero no quiere detenerse en tan buen camino; sabe que el progreso— en los límites compatibles con la prosperidad económica del país—debe ser incesante”.

Mas la acción de la social-democracia en Checo-Eslovaquia ha estado paralizada por las mismas razones que en Alemania. La social-democracia checo-eslovaca, forzada a colaborar con la burguesía, se ha comprometido demasiado con sus ideas, sus intereses y sus hombres. La constatación de esta progresiva adaptación del partido socialista checo-eslovaco al mundo burgués, causó en 1920, como en los otros partidos socialistas de Europa, un cisma en su estado mayor y en su proselitismo. La izquierda de la social-democracia se pronunció por una política revolucionaria, fiel al principio de la lucha de clases. Y su tesis alcanzó en el congreso del partido el ochenta por ciento de los votos de los delegados. La escisión dividió a la social-democracia en dos partidos: uno ministerial y otro revolucionario. Este último se adhirió en mayo de 1921 a la Tercera Internacional. Es, presentemente, no obstante las depuraciones que ha sufrido, uno do los más vigorosos partidos comunistas de, Europa. Tiene un numeroso grupo parlamentario. Y publica tres diarios.

La más trascendente de las reformas actuadas por el gobierno checo-eslovaco es la de la propiedad de la tierra. La ley de abril de 1919 establece el derecho del Estado a confiscar la gran propiedad agraria y a repartirla entre los campesinos pobres. Esta ley considera la posibilidad o la conveniencia de crear, en otros casos, cooperativas agrícolas. Según los datos que tengo a la vista del “Annuaire du Travail”, hasta el 31 de diciembre de 1921, el Estado había confiscado el 16.3% de la superficie total de las tierras de cultivo. La confiscación reconoce al terrateniente expropiado el derecho a una indemnización calculada conforme al valor de la tierra entre 1913 y 1915. Le reconoce, además, el derecho de conservar la propiedad hasta de quinientas hectáreas.

Este lado de la política checo-eslovaca es el que atrae, preferentemente, la atención de los estudiosos de asuntos económicos y políticos. El gobierno de Masarick ha aplicado con parsimonia la ley agraria. La ha aplicado, sobre todo, contra los latifundistas alemanes y húngaros, movido por un sentimiento nacionalista. La mayor parte de la propiedad agraria continúa en manos de los ricos terratenientes. Pero la sola ley representa una conquista revolucionaria que ningún acontecimiento reaccionario podrá ya anular. Esa ley no inaugura en Checo-Eslovaquia un régimen socialista. Mas líquida, por lo menos, un rezago del régimen feudal.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La escena polaca [Recorte de prensa]

La escena polaca

Una de las reivindicaciones del programa wilsoniano que despertaron más universales simpatías, fue la reivindicación del derecho de Polonia a reconstituirse como nación libre. Durante más de un siglo, la historia del asesinato de la república y la nación polacas —consumado en 1792 por tres imperios, Alemania, Austria y Rusia, que representaban y encarnaban en esa época, a los ojos de toda la Europa liberal, el espíritu y el régimen de la Edad Media— había sido el capítulo doloroso de la edad moderna sobre el cual había llorado sus más exaltadas lágrimas el sentimentalismo de la democracia. Las figuras románticas de los patriotas polacos, emigrados a América y a Europa occidental, interesaban y apasionaban a todos los espíritus liberales. El renacimiento, la reconstrucción de la heroica Polonia revolucionaria constituía uno de los ideales del mundo moderno. Estimulaba esta simpatía la admiración al elan revolucionario de los leaders y agitadores polacos, prontamente ganados a la ideología socialista. La social-democracia alemana contaba entre sus más nobles combatientes a dos polacos: Rosa de Luxemburgo y León Joguisches. Pero a la popularidad polaca le ha tocado, después, una suerte paradójica. Restaurada Polonia por el Tratado de Versalles, su nombre ha dejado casi inmediatamente de representar un lema de la libertad y de la revolución. Polonia se ha convertido en una de las ciudadelas de la política reaccionaria. La causa de este cambio no es de responsabilidad de los polacos. Depende casi exclusivamente de los intereses y las ambiciones de las potencias vencedoras. El pueblo polaco no tiene, en verdad, la culpa de que en Versalles se haya asignado a Polonia territorios y poblaciones no polacas.

Nitti refleja en un capítulo de su libro "La Decadencia de Europa" el sentimiento de los demócratas occidentales respecto de la Polonia creada en Versalles: "Surgía — escribe— una Polonia, no ya cual Wilson la había proclamado y cual todos la querían, una Polonia con elementos seguramente polacos, sino con vastos sectores de poblaciones alemanas y rusas y en la que los elementos polacos representan apenas poco más de la mitad. Esta nueva Polonia —que con sus tendencias imperiales se prepara a sí misma y a sus poblaciones renacidas un terrible destino, si no repara a tiempo estos errores— tiene una función absurda, la de separar duraderamente Alemania y Rusia, esto es los dos pueblos más numerosos y más expansivos de Europa continental, y la de ser un agente militar de Francia contra Alemania".

Contra Alemania y contra Rusia, realmente, ha inventado Francia esta Polonia desmesurada y excesiva que encierra dentro de sus artificiales confines densas minorías extranjeras destinadas a representar, en esta Europa post-bélica, el mismo rol de minorías oprimidas e irredentas representado tan heroica y románticamente por los polacos antes de su liberación y su resurgimiento. En 1920, espoleada por su aliada y madrina Francia, turbada por la propia emoción de su victorioso renacimiento, Polonia acometió una empresa guerrera. Atacó a Rusia con el doble objeto de infringir un golpe a los soviets y de ensanchar más aún su territorio. Parece evidente que Pildsuski acariciaba un amplio pian imperialista: la federación de los estados bálticos y algunos estados que forman parte de la unión rusa, bajo la tutela y el dominio de Polonia. Rusia, derrotada, habría quedado así más alejada y separada que nunca de Occidente. Polonia, engrandecida, militarizada, habría pasado a ocupar un puesto entre las grandes potencias.

Estos ambiciosos designios no tuvieron fortuna. Polonia estuvo a punto de sufrir una tremenda derrota. El ejército rojo, después de rechazar a los polacos, avanzó hasta las puertas de Varsovia. Francia hubo de acudir solícitamente en auxilio de su aliada. Una misión militar francesa asumió la dirección de las operaciones. Varsovia fue salvada. Los rusos, que se habían alejado temerariamente de sus bases de aprovisionamiento, fueron expulsados del territorio polaco. Pero Polonia no pudo llevar más allá la aventura. Entre Polonia y Rusia se pactó la paz en condiciones que restablecían el statu-quo anterior al conflicto.

Después, las relaciones polaco-rusas han sufrido varias crisis, pero uno y otro país se han preocupado de mejorarlas. El cable nos ha comunicado hace pocos días que Tchitcherin había sido recibido cordialmente en Varsovia. Polonia necesita vivir en paz con Rusia. El rol militar que la política de Francia quiere, hacerle jugar es el que menos conviene a sus intereses económicos. "Polonia —ha dicho Trotski— puede ser, entre Rusia y Alemania, un puente o una barrera. De su elección dependerá la actitud de los soviets a su respecto". El tratado de Versalles, y, más que el tratado, la política del capitalismo occidental y en particular del imperialismo francés, no quieren que Polonia sea, entre Rusia y Alemania, un puente sino una barrera. Pero este propósito, esta exigencia, contrarian y tuercen el natural destino histórico de la nación polaca. Y engendran un peligro para su porvenir. "Quienes han amado la causa de Polonia y han visto resurgir la nación polaca —dice Nitti—, ven con angustia que la Polonia actual no puede durar, que debe necesariamente caer cuando Alemania y Rusia restablecidas reivindiquen sus derechos históricos".

Ni la política ni la economía polacas aconsejan ni consienten al gobierno de Polonia proyectos imperialistas y aventuras bélicas. El estado de la hacienda pública polaca revela un profundo desequilibrio económico. En 1919 y 1920 las entradas cubrieron apenas el diez por ciento de los egresos fiscales. En 1922 la situación se presentaba relativamente mejorada. Pero el déficit ascendía siempre más o menos a la mitad del presupuesto. El Estado polaco recurre, para satisfacer sus necesidades, a la emisión fiduciaria o a los empréstitos en el extranjero. Falta de crédito comercial, Polonia no puede obtener sino empréstitos políticos. Y estos empréstitos políticos significan la hipoteca a Francia de su soberanía y su independencia. Polonia se mueve dentro de un círculo sin salida. Su desequilibrio económico proviene en gran parte de los gastos militares y del oficio internacional a que la obligan sus compromisos con el capitalismo extranjero. Y para resolver los problemas de su crisis no tiene otro recurso que los empréstitos destinados a agravar y ratificar más aún esos compromisos.

Polonia es un país en el cual el conflicto entre la ciudad y el campo, entre la industria y la agricultura, reviste por otra, parte un carácter agudo. El gobierno de Pildsuski necesita apoyarse en los elementos agrarios. Su base social-democrática es demasiado exigua para asegurarle el dominio del país y del parlamento. En 1918 el antiguo partido socialista polaco, se cisionó como los demás partidos socialistas europeos. El ala izquierda constituyó un partido comunista. El ala derecha siguió a Pildsuski En consecuencia, la República polaca no cuenta con un arraigo sólido en la población industrial. El proletariado urbano, en gran parte, manifiesta un humor revolucionario, que el orientalmente reaccionario del régimen se encarga cada vez más de exasperar. El gobierno de Pildsuski inspira su política en. los intereses de los grupos agrarios nacionalistas y anti-semitas. Los tributos oprimen sobre todo a las ciudades con el fin de abrumar a los judíos, que en toda Europa se caracterizan corno elementos urbanos, al mismo tiempo que de contentar y favorecer, los intereses rurales.

La tragedia post-bélica se siente, más hondamente que en las naciones occidentales, en estas nuevas o renovadas naciones de Europa Central. Ahí el desequilibrio, lógicamente, es mucho mayor. Los rumbos de la política interna y externa son menos propios, menos autónomos, menos nacionales. Todas estas naciones han adquirido territorios y poblaciones ajenas a un alto precio: el de su libertad.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Blaise Cendrars [Recorte de prensa]

Blaise Cendrars

El nacionalismo de "L’Actión Francaise" tiene razón de malhumorarse. Malgrado la influencia de Charles Maurrás y de Maurice Barrés, la moderna literatura francesa no es nacionalista. Sus mayores representantes son un tanto deracinés. Los escritores más cotizados
pertenecen al que Pierre Mac Orlan llama el equipo de los "internacionales": Max Jacob, Paul Morand, Blaise Cendrars, Jules Romains, André Salmón, Pierre Hamp, Jean Richard Bloch, Valery Lebaud. etc. La escuela clásica francesa no está desierta. Tiene también sus personeros: Paul Valery, Lucien Fabre, etc. Pero el internacionalismo se infiltra en los mismos rangos de "L’Actión Francaise”. Pierre Benoit se desplaza demasiado para no contaminarse de emociones extranjeras. Sus novelas lo llevan por rutas y climas exóticos. Henry de Montherland, nacionalista y católico, ha descubierto España y las corridas de toros. Los caminos de la literatura deportiva
no conducen, además, a Orleans sino, más bien, a New York.—Charles Maurras y Henry Massis, ¿Cómo podrían no desolarse? El morbo del cosmopolitismo infecta a los jóvenes. Un medio profiláctico podía ser la supresión de la Compañía de los Grandes Expresos Europeos. Pero Maurras es un hombre demasiado serio para proponerlo. Su método, de otro lado, es mucho más radical. "Puesto que se trata de un mal político, existe un remedio político: aristocracia, monarquía. El día en que Francia habrá encontrado de nuevo su centro, un rey, una corte, centro de la vida. social, habrá muchas cosas cambiadas, hasta en la gramática y en el diccionario". Con un rey, con una corte, Maurras sería ya académico y, si no sobre los franceses, ejercería su dictadura sobre el diccionario y la gramática.


En el equipo de los "internacionales", Blaise Cendrars es uno de los que más me interesa. Blaise Cendrars no es un vagabundo del género de Paul Morand. En la composición de los libros de Cendrars no entra ningún ingrediente mórbido. Cendrars no se empeña nunca en demostrarnos que viaja en wagón-cama. En Cendrars no se respiran aromas afrodisiacos. En sus libros no hay languidez, no hay laxitud. Cendrars es sano, violentamente sano, alegremente sano. (Oliverio Girondo no dejaría de anotar este dato, en una semblanza de Cendrars: reacción Wasserman negativa.)

Y, al mismo tiempo, Cendrars es simple. Entra en las ciudades sin ceremonia. Se comporta siempre, como un píllete, como un gavroche que viaja por el placer, dulce y ácido a la vez, de viajar. Unos viajan para hacerse operar un riñón. Otros para curarse en Vichy los cálculos o en Karlsbad la dispepsia. Otros para vender su alma al diablo o a Morgan en la bolsa de New York. Otros para trocar su algodón Tangüis por unos trajes ingleses, un automóvil Fiat, unas fichas de Monte Carlo, etc. Cendrars viaja por viajar. Tiene siempre, en el wagon-restaurant de un expreso, o en el puente de un transatlántico, el ademán despreocupado del "flaneur". Miradlo
arribar a Sao Paulo:
"Enfin on entre en gare
Saint-Paul
Je crois étre en gare de Nice
Ou débarquer a Charring-
(Cross a Londres
Je trouve tous mes amis
Bonjour
C’est mol."

No es posible dudarlo. Es Blaise Cendrars que llega a Sao Paulo. No puede ser otro que Blaise Cendrars. Lo reconocen, desde que pisa el umbral de una ciudad, todos los que no lo han conocido nunca. No es improbable que algún día lo veamos desembarcar así en la chaza de fleteros del Callao. Traerá, como siempre, un equipaje muy sumario. (Blaise Cendrars nos ha descrito una vez su equipaje. Sabemos por él mismo que su maleta pesa 57 kilos). Una vez en las calles de Lima se cogerá del brazo de don Alberto Carranza. Y se marchará de Lima sin despedirse burlando una recepción del Ateneo y un reportaje de "El Comercio" (Vegas García conseguirá una instantánea para "VARIEDADES"). Y, finalmente, Blaise Cendrars no nos defraudará como Julio Camba. Nos contará en un libro maravilloso, volumen tercero o cuarto de sus "Feuilles de route", su visita a Lima, al Cuzco y a Chanchamayo.


Lo que más me encanta en la literatura de Cendrars es su buena salud. Los libros de Cendrars respiran por todos sus poros. Cendrars
representa una gaya y joven bohemia que reacciona contra la bohemia sucia y vieja del siglo XIX. Y, en una época de decadentismos
bizarros, de libídines turbias y de apetitos ambiguos y cansados, Cendrars es un caso de salud cabal. Es un hombre intacto e indemne. Es un poeta claro y fuerte sin artificios juglarescos y sin neurosis perversas:

Escuchadlo:
"Le monde entier est toujour lá
La vie pleine de choses surprenantes
Je sors de la pharmacie
Je descends juste de la bascule
Je pese mes 80 kilos
Je t’aime”.

La poesía de Cendrars no tiene puntos ni comas. La prosa es más ortográfica.


Blaise Cendrars ha publicado los siguientes libros:

"La Légende de Novgorod". (1909).
"Séquences". (1913).
"La Guerre au Luxembourg". (1916).
"Profond aujourd’hui". (1917).
"Anthologie negro". (1919).
"La Fin du Monde". (1919).
"Dix-neuf pomes élastiques". (1919).
"Du Monde entier". (1919).
"J’ai tué". (1919).
"Feuilles de route". (192-4).
"Kodak". (1924).
"L’Or". (1925).

Tiene Cendrars en preparación, entre otros libros, una "Antología Azteca, Inca, Maya".

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José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Blaise Cendrars [Manuscrito]

En 1834, Johan Auguste Suter, suizo alemán, hijo de un fabricante de papel de Basilea, deja su patria, mujer y sus hijos arruinado y deshonrado por una quiebra. A pie cruza la frontera y llega a París. En el camino, desbalija a dos compañeros de viaje; en París estafa con una letra de crédito falsa a un cliente de su padre. Luego, en Havre se embarca para New York.
Cendrars, explicándonos el New York de 1834, nos da en una sola página de prosa rápida, sumaria, precisa, escueta, una íntegra fase de la formación de los Estados Unidos.
“El puerto de New York”
“Es ahí donde desembarcan todos los náufragos del viejo mundo. Los náufragos, los desgraciados, los descontentos, los insumisos. Aquellos que han tenido reveses de fortuna; aquellos que han arriesgado todo sobre una sola carta; aquellos a quienes una pasión romántica ha trastornado. Los primeros socialistas alemanes, los primero místicos rusos. Los ideólogos que las policías de Europa persiguen; los que la reacción arroja. Los pequeños artesanos, primeras víctimas de la gran industria de la formación. Los falansterianos franceses, los carhonarios, los últimos discípulos de Saint Martín, el filósofo desconocido, y de los Escoceses. Espíritus generosos, cabezas cascadas. Bandidos de Calabria, patriotas helenos. Los campesinos de Irlanda y de Escandinavia. Individuos y pueblos, víctimas de las guerras napoleónicas y sacrificados por los Congresos Diplomáticos. Los carlistas, los polacos, los partidarios de Hungría. Los iluminados de todas las revoluciones de 1830 y los últimos liberales que abandonan su patria para unirse a la gran República, obreros, soldados, comerciantes, banqueros de todos los países, hasta sudamericanos, cómplices de Bolivar. Desde la Revolución francesa, desde la declaración de la independencia, en pleno crecimiento, en pleno desarrollo, no ha visto jamás New York sus muelles tan continuamente invadidos. Los inmigrantes desembarcaban día y noche y en cada barco, en cada cargamento humano, hay por lo menos un representante de la fuerte raza de los aventureros”.
Suter pertenece a esta raza. Cendrars nos relata así su entrada en New York. Johan Auguste Suter desembarca el 7 de julio, en martes. Ha hecho un voto. Salta a tierra, atropella a los soldados de la milicia, abraza de una mirada el inmenso horizonte marítimo, descorcha y vacía una botella de vino del Rhin, lanza la botella vacía entre la tripulación negra de un velero. Después, rompe a reír y entra corriendo en la gran ciudad desconocida como alguien que tiene prisa y a quien se espera”.
New York no retiene por mucho tiempo a Suter. Suter se siente atraído por el Oeste. Parte de nuevo hacia lo desconocido. En Honolulu forma la Suter’s Pacific Trade Co. Tiene un plan vasto. Con mano de obra de Canaca explotará las tierras de California. No las conoce aún; pero sabe que va a tomar posesión de ellas. Sus socios de Honolulu lo abastecerán de indígenas de las Islas. El plan se cumple puntual y magníficamente. Suter se instala con sus canacos en California. Funde una descomunal colonia agrícola: la Nueva Helvecia. Sus posesiones, sus riquezas crecen prodigiosamente. El “pionnier” suizo deviene uno de los hombres más ricos de la tierra. Pero una catástrofe sobreviene: el descubrimiento del oro. Un obrero de Suter encuentra en sus dominios las primeras pepitas. La noticia se expande. Empieza el éxodo hacia las minas de oro. Suter ve partir a sus empleados, a sus obreros. La colonia se disgrega. Invaden el país los buscadores de oro. En diez años, San Francisco se convierte en una de las más grandes urbes del mundo. Los inmigrantes se reparten las tierras de Suter. Se instalan en sus posesiones. El gran “pionnier” se cruza de brazos. Podía luchas: pero desdeñosamente prefiere no participar en esta batalla de lavadores de oro y destiladores de alcohol, en el cual se mezclan aventureros y bandidos de las más torpes y sucias especies. El oro lo ha arruinado. Suter se retira decepcionado a uno de sus dominios. Mas la voluntad de trabajo y de potencia renace de pronto en él. Sus viñas, sus huertas, sus establos, sus eras, etc., vuelven a darle una fortuna. San Francisco tiene buen apetito. Y Suter le vende caro los frutos de sus alquerías. Pero no está contento. No olvida el golpe; no perdona el oro. Y el demonio le aconseja la más absurda aventura. Suter presenta a los tribunales una demanda por daños y perjuicios. Reivindica la propiedad del suelo sobre el cual se ha edificado San Francisco, Sacramento, Riovista y otras ciudades, reclamando doscientos millones de dólares de indemnización por el despojo. Enjuicia a 17.221 particulares que se han establecido abusivamente en sus plantaciones. Reclama veinticinco millones de dólares del Estado de California por haberse apropiado de sus rutas, canales, puentes, exclusas y molinos; y cincuenta millones de dólares del gobierno de Washington por no haber sabido mantener el orden en la época del descubrimiento del oro. Y sostiene su derecho a una parte del oro extraído desde el principio de la explotación. El fantástico proceso consume todas las utilidades de Suter. Suter tiene a su servicio un ejército de abogados, de peritos y de escribanos. Los municipios y los particulares enjuiciados tienen a su servicio otro ejército. “Es un nuevo rush, una mina inesperada, y todo el mundo quiere vivir del pleito Suter”. San Francisco odia al “pionnier” testarudo y amenazador. Y, cuando el honesto y puritano juez Thompson falla a favor de Suter, la ciudad se amotina. Las plantaciones, los establos, los molinos, las fábricas de Suter son devastados, arrasados, incendiados. Suter, esta vez, pierde todo. Mas ni aún este golpe lo decide renunciar a su proceso. Lo continúa en Washington. En Washington envejece y enloquece. Y muere en las gradas del Palacio del Congreso aguardando y reclamando, obstinadamente, justicia.
Tal la maravillosa historia de Johan August Suter. Su argumento parece una gran paradoja. Pero, en verdad, Cendrars ha escrito, al mismo tiempo que una novela de aventuras, una sátira sobre el destino maldito del oro. El oro del Rhin y el oro de California se equivalen. Cendrars no lo dice: pero lo dice su novela. Lo dice la maravillosa historia de Johan August Suter, arruinado por el descubrimiento neto de las minas de California.
La técnica de “El oro” es, más bien que la de una novela, la de un film. Cendrars nos ofrece la historia de Suter en setenta y cuatro cuadros cinematográficos. Ningún cuadro sobra. Ningún cuadro aburre. Ningún cuadro es pálido o confuso. El lector se olvida, poco a poco, de que tiene en las manos un libro. En vez de las letras y de las palabras, dispuestas en rangos, empieza a ver las figuras y el paisaje. El paisaje que, en Blaise Cendrars, es sólo un decorado esquemático.

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional X [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional X

Abelardo Gamarra no tiene hasta ahora un sitio en las antologías. La crítica relega desdeñosamente su obra a una plano secundario. Al plano, casi negligible para su gusto cortesano, de la literatura popular. Ni siquiera en el criollismo se le reconoce un rol cardinal. Cuando se historia el criollismo se cita siempre antes hasta a un colonialista tan inequívoco como don Felipe Pardo.

Sin embargo, Gamarra es uno de nuestros literatos más representativos. Es, en nuestra literatura esencialmente capitalina, el escritor que con más pureza traduce y expresa a las provincias. Tiene su prosa reminiscencias indígenas. Ricardo Palma es un criollo de Lima; El Tunante es un criollo de la sierra. La raíz india, esta, viva en su arte jaranero.

Del indio tiene El Tunante la tesonera y sufrida naturaleza la panteísta despreocupación del mas allá, el alma dulce y rural, el buen sentido campesino, la imaginación realista y sobria. Del criollo, tiene el decir donairoso, la risa zumbona, el juicio agudo y socarrón, el espíritu aventurero y juerguista. Procedente de un pueblo serrano, el Tunante se asimiló a la capital y a la costa, sin desnaturalizarse ni deformarse. Por su sentimiento, por su entonación, su obra es la más genuinamente peruana de medio siglo de imitaciones y balbuceos.

Lo es también por su espíritu. Desde su juventud, Gamarra militó en la vanguardia. Participó en la protesta radical, con verdadera adhesión a su patriotismo revolucionario. Lo que en otros corifeos del radicalismo era solo una actitud intelectual y literaria, en el Tunante era un sentimiento vial un impulso anímico. Gamarra sentía hondamente, en su carne y en su espíritu, la repulsa de la aristocracia encomendera y de su corrompida e ignorante clientela. Comprendió siempre que esta gente no representaba al Perú; que el Perú era otra cosa. Este sentimiento, lo mantuvo en guardia contra el civilismo y sus expresiones intelectuales e ideológicas. Su seguro instinto lo preservó, al mismo tiempo, de la ilusión demócrata. El Tunante no se engañó sobre Piérola. Percibió el verdadero sentido histórico del gobierno del 95. Vio claro que no era una revolución democrática sino una restauración civilista. Y, aunque hasta su muerte, guardó el más fervoroso culto a González Prada cuyas retóricas cutilinanias tradujo a un lenguaje popular, se mostró nostalgioso de un espíritu más realizador y constructivo. Su intuición histórica echaba de menos en el Perú a un Alberdi, a un Sarmiento. En sus últimos años, sobre todo, se dio cuenta de que una política idealista y renovadora debe asentar bien los piés en la realidad y en la historia.

No es su obra la de un simple costumbrista satírico. Bajo el animado retrato de tipos y costumbres, es demasiado evidente la presencia de un generoso idealismo político y social. Esto es lo que coloca a Gamarra muy por encima de Segura. La obra del Tunante tiene un ideal; la de Segura no tiene ninguno. Y como Bernard Shaw lo afirma vehementemente, la categoría de una obra literaria depende de su trama religiosa de su substractum metafísica.

Por otra parte, el criollismo del Tunante es más integral, mas profundo que el de Segura. Su versión de las cosas y los tipos es mas verídica, mas viviente. Gamarra tiene en su obra, —que no por azar es la más popular, la mas leída en provincias,— muchos atisbos agudísimos muchos aciertos plásticos. El Tunante es un Pancho Fierro de nuestras letras. Es un ingenio popular; un escritor intuitivo y espontáneo.

Heredero del espíritu de la revolución de la independencia tuvo lógicamente que, sentirse distinto y opuesto a los herederos del espíritu de la Conquista y la Colonia. Y, por esto, no diploma ni breveta su obra la autoridad de academias ni ateneos. ("De las Academias, líbranos Señor"—pensaba seguramente, como Rubén Darío, el Tunante). Se le desdeña por su sintaxis. Se le desdeña por su ortografía. Pero se le desdeña, ante todo por su espíritu.

La vida se burla alegremente de las reservas y los remilgos de la crítica concediendo a los libros de Gamarra la supervivencia que niega a los libros de renombre y mérito oficialmente sancionados. A Gamarra no lo recuerda casi la crítica; no lo recuerda sino el pueblo. Pero esto le basta a su obra pura ocupar de hecho en la histeria de nuestras letras el puesto que formalmente se le regatea.

La obra de Gamarra aparece como una colección dispersa de croquis y bocetos. No tiene una creación central. No es una afinada modulación artística. Este es su defecto. Pero de este defecto no es responsable totalmente la calidad del artista. Es responsable también la insipiencia de la literatura que representa.

El Tunante quería hacer arte en el lenguaje de la calle. Su intento no era equivocado. Por el mismo camino han ganado la inmortalidad los clásicos de los orígenes de todas las literaturas

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional IX [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional IX

Durante su período colonial, la literatura peruana se presenta, en sus más salientes peripecias y en sus más conspicuas figuras, como un fenómeno limeño. No importa que en su elenco estén representadas las provincias. El modelo, el estilo, la línea, han sido de la capital. Y esto se explica. La literatura es un producto urbano. La gravitación de la urbe influye fuertemente en todos los procesos literarios. En el Perú, de otro lado, Lima no ha sufrido la concurrencia de otras ciudades de análogos fueros. Un centralismo extremo le ha asegurado su dominio.

Por culpa de esta hegemonía absoluta de Lima, no ha podido nuestra literatura nutrirse de savia indígena. Lima ha sido la capital española primero. Ha sido la capital criolla después. Y su literatura ha tenido esta marca.

El sentimiento indígena no ha carecido totalmente de expresión en este período de nuestra historia literaria. Su primer expresador de categoría es Mariano Melgar. La crítica limeña lo trata con un poco de desdén. Lo siente demasiado popular, poco distinguido. Le molesta en sus versos, junto con una sintaxis un tanto callejera, el empleo de giros plebeyos. Le disgusta, en el fondo, él género mismo. No puede ser de su gusto un poeta que casi no ha dejado sino yaravíes. Esta crítica aprecia más cualquier oda soporífera de Pando.

Ya he dicho que Melgar, desdeñado por los académicos, sobrevivirá a Althaus, a Pardo y a Salaverry, porque en sus yaravíes encontrará siempre el pueblo un vislumbre de su auténtica tradición sentimental y de su genuino pasado literario. No super estimo artísticamente a Melgar. Lo juzgo dentro de la insipiencia de la literatura peruana de su época. Mi juicio no se separa de un criterio de relatividad.

Melgar es un romántico. Lo es no sólo en su arte sino también en su vida. El romanticismo no había llegado, todavía, oficialmente a nuestras letras. En Melgar no es, por ende, como más tarde en otros, un gesto imitativo; es un arranque espontáneo. Y este es un dato de su sensibilidad artística. Se ha dicho que debe a su muerte heroica una parte de su renombre literario. Pero esta imaginación disimula mal la antipatía desdeñosa que la inspira. La muerte creó al héroe; frustró al artista. Melgar murió muy joven. Y aunque resulta siempre un poco aventurada toda hipótesis sobre la probable trayectoria de un artista, sorprendido prematuramente por la muerte, no es excesivo suponer que Melgar, maduro, habría producido un arte más purgado de retórica y amaneramiento clásicos y, por consiguiente, más nativo, más pirro. La ruptura con la metrópoli habría tenido en su espíritu consecuencias particulares y, en todo caso, diversas de las que tuvo en el espíritu de los hombres de letras de una ciudad tan española, tan colonial como Lima. Mariano Melgar, siguiendo el camino de su impulso romántico, habría encontrado una inspiración cada vez más rural, cada vez más indígena.

Los que se duelen de la vulgaridad de su léxico y sus imágenes, parten de un prejuicio aristocratista y academicista. El artista que en el lenguaje del pueblo escribe un poema de perdurable emoción vale, en todas las literaturas, mil veces más que el que, en lenguaje académico, escribe una acrisolada pieza de antología. De otra parte, como lo observa Bunge no recuerdo donde, la poesía popular ha precedido siempre a la poesía artística. Algunos yaravíes de Melgar viven solo como fragmentos de poesía popular. Pero, con este título, han adquirido sustancia inmortal.

Tienen a veces, en sus imágenes sencillas, una ingenuidad pastoril, que revela su trama indígena, su fondo autóctono. La poesía oriental, se caracteriza por un rústico panteísmo en la metáfora. Melgar se muestra muy indio en su imaginismo primitivo y campesino.

Este romántico, finalmente, se entrega apasionadamente a la revolución. En él la revolución no es liberalismo enciclopedista. Es, fundamentalmente, cálido patriotismo. Como en Pumacahua, en Melgar el sentimiento revolucionario se nutre de nuestra propia sangre y nuestra propia historia.

Para Riva Agüero, el poeta de los yaravíes no es sino "un momento curioso de la literatura peruana". Para nuestra generación, tan distinta y tan lejana de la de Riva Agüero, es el primer momento peruano de esta literatura.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional VIII [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional VIII

El pensamiento de González Prada, aunque subordinado a todos los grandes mitos de su época, no es monótonamente positivista. En González Prada arde el fuego de los racionalistas del siglo XVIII. Su razón es apasionada. Su Razón es revolucionaria. El positivismo, el historicismo del siglo XIX, representan un racionalismo domesticado. Traducen el humor y el interés de una burguesía a la que la asunción del poder ha tornado conservadora. El racionalismo, el cientifismo de González Prada, no se contentan con las mediocres y pávidas conclusiones de una razón y una ciencia burguesas. En González Prada subsiste, intacto en su osadía, el jacobino.

Prado, García Calderón, Riva Agüero (divulgan un positivismo conservador; González Prada enseña un positivismo revolucionario. Los ideólogos del civilismo, en perfecto acuerdo con su sentimiento de clase, nos sometieron a la autoridad de Taine; el ideólogo del radicalismo se reclamó siempre de un pensamiento superior y distinto del que, concomitante y consustancial en Francia con un movimiento de reacción política, sirvió aquí a la apología de las oligarquías ilustradas.

No obstante su filiación racionalista y cientifista, González Prada no cae casi nunca en un intelectualismo exagerado. La preservan de este peligro su sentimiento artístico y su exaltado anhelo de justicia. En el fondo de este parnasiano, hay un romántico. Un romántico que no desespera jamás del poder del espíritu.

Una de sus agudas opiniones sobre Renán, el que ne dépasse pas le doute, nos prueban que González Prada percibió muy bien el riesgo de un criticismo exacerbado. "Todos los defectos de Renán —escribe— se explican por la exageración del espíritu crítico: el temor de engañarse y la mana de creerse un espíritu delicado y libre de pasión, le hacían muchas veces afirmar todo con reticencias o negar todo con restricciones, es decir, no afirmar ni negar y hasta contradecirse, pues le acontecía emitir una idea y en seguida, valiéndose de un pero, defender lo contrario. De ahí su escasa popularidad: la multitud solo comprende y sigue a los hombres que franca y hasta brutalmente afirman con las palabras como Mirabeau, con los hechos como Napoleón".

González Prada prefiere siempre la afirmación o la negación a la duda. Su pensamiento es atrevido, intrépido, temerario. Teme a la incertidumbre. La teme más que al propio error. Su espíritu siente hondamente la angustiosa necesidad de dépasser le doute. La fórmula de Vasconcelos pudo ser también la de González Prada: "pesimismo de la realidad y optimismo del ideal". Con frecuencia, su frase es pesimista; casi nunca es escéptica.

En un estudio sobre la ideología de Gonlzález Prada que forma parte de su libro en prensa "El Nuevo Absoluto", Mariano Ibérico Rodríguez define bien al pensador de "Páginas Libres" cuando escribe lo siguiente: "Concorde con el espíritu de su tiempo, tiene gran fe en la eficacia del trabajo científico, cree en la existencia de leyes universales inflexibles y eternas, pero no deriva del cientificismo ni del determinismo, una estrecha moral eudemonista ni tampoco la resignación a la necesidad cósmica que realizó Spinoza. Por el contrario su personalidad descontenta y libre superó las consecuencias lógicas de sus ideas y profusó el culto de la acción y experimentó la ansiedad de la lucha y predicó la afirmación de la liberad y de la vida. Hay evidentemente algo del rico pensamiento de Nietzche en las exclamaciones anárquicas de Prada. Y hay en éste como en Nietzche la oposición entre el concepto determinista de la realidad y el empuje triunfal del libre impulso interior".

Por esta y otras razones si nos sentimos lejanos de muchas ideas de González Prada, no nos sentimos el cambio, lejanos de su espíritu. González Prada se engañaba, por ejemplo, cuando nos predicaba anti-religiosidad o irreligiosidad. Hoy sabemos mucho más que en su tiempo sobre la religión como sobre otras cosas.

Sabemos que una revolución es siempre religiosa. La palabra religión tiene un nuevo valor, un nuevo sentido. Sirve para algo más que para designar un rito o una iglesia. Poco importa que los soviets escriban en sus afiches de propaganda que "la religion es el opio de los pueblos". El comunismo es esencialmente religioso. Lo que motiva aún equívocos es la vieja acepción del vocablo. González Prada prodecia el tramonto de todas las creencias sin advertir que él mismo era predicador de una creencia, confesor de una fe. Lo que más se admira en este racionalista es su pasión. Lo que más se respeta en este ateo, un tanto pagano, es su ascetismo moral. Su ateísmo es religioso. Lo es, sobre todo, en los instantes en que parece más vehemente y más absoluto. Tiene González Prada algo de esos ascetas laicos que concibe Romain Rolland. Hay que buscar al verdadero González Prada, en su credo de justicia, en su doctrina de amor; no en el anticlericalismo un poco vulgar de algunas páginas de "Horas de Lucha".

La ideología de "Páginas Libres" y de "Horas de Lucha" es hoy en gran parte, una ideología caduca. Pero no depende de la validez de sus conceptos ni de sus sentencias el valor fundamental perdurable de González Prada. Los conceptos no son siquiera lo característico de su obra. Como lo observa Ibérico, en González Prada "lo característico no está en los conceptos —símbolos provisionales de un estadio de espíritu—; está en un cierto sentimiento, en una cierta, determinación constante de la personalidad entera, que se traducen per el admirable contenido artístico de la obra y por la viril exaltación del esfuerzo y de la lucha".

He dicho ya que lo duradero en la obra de González Pradal es su espíritu. Los hombres de la nueva generación, en González Prada admiramos y estimamos, sobre todo, el austero ejemplo moral. Estimamos y admiramos, sobre todo la honradez intulectual, la noble y fuerte rebeldía. Pienso, además, por mi parte, que González Prada no reconocería en la nueva generación una generación de discípulos y herederos de su obra si no encontrara en sus hombres la voluntad y el aliento indispensables para superarla. Miraría con desdén a los repetidores mediocres de sus frases. Amaría solo una juventud capaz de traducir en acto lo que en él no pudo ser sino anhelo. Y no se sentirá renovado y renacido sino en hombres que supiesen decir una palabra verdaderamente nueva, verdaderamente actual.

De González Prada debe decirse lo que él en "Página Libres" dice de Vigil. "Pocas vidas tan puras, tan llenas, tan dignas de ser imitadas. Puede atacarse la forma y el fondo de sus escritos, puede tacharse hoy sus libros de anticuados e insuficientes, puede, en fin, derribarse todo el edificio levantado por su inteligencia; pero una rosa permanecerá invulnerable y de pie: el hombre".

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional V [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional V

La flaqueza, la anemia, la flacidez de nuestra literatura colonial y colonialista proviene de su falta de raíces. La vida, como lo afirmaba Wilson, viene de la tierra. El arte tiene necesidad de alimentarse de la savia de una tradición, de una historia, de un pueblo. Y en el Perú la literatura no ha brotado de la tradición, de la historia, del pueblo indígenas. Nació de una importación de literatura española; se nutrió luego de la imitación de la misma literatura. Un enfermo cordón umbilical la ha mantenido unida a la metrópoli.

Por eso no hemos tenido casi sino barroquismo y culteranismo de clérigos y oidores, durante el coloniaje; romanticismo y trovadorismo mal trasegados de los biznietos de los mismos oidores y clérigos, durante la república.

La literatura colonial, malgrado algunas solitarias y raquíticas evocaciones del imperio y sus fastos, se ha sentido extraña al pasado incaico. Ha carecido absolutamente de aptitud e imaginación para reconstruirlo. A su historiógrafo Riva Agüero esto le ha parecido muy lógico. Vedado de estudiar y denunciar esta incapacidad, Riva Agüero se ha apresurado a justificarla, suscribiendo con complacencia y convicción el juicio de un escritor de la metrópoli. "Los sucesos del Imperio Incaico —escribe en su estudio sobre la literatura del Perú independiente— según el muy exacto decir de un famoso critico (Menéndez Pelayo), nos interesan tanto como pudieran interesar a los españoles de hoy las historias y consejas de los Turdetanos y Sarpetanos". Y en las conclusiones del mismo ensayo dice: "El sistema que para americanizar la literatura se remonta hasta los tiempos anteriores a la Conquista, y trata de hacer revivir poéticamente las civilizaciones quechua y azteca, y las ideas y los sentimientos de los aborígenes, me parece el más estrecho e infecundo. No debe llamársele americanismo sino exotismo. Ya lo han dicho Menéndez Pelayo, Rubio y Luch y Juan Valera; aquellas civilizaciones o semi civilizaciones murieron, se extinguieron, y no hay modo de reanudar su tradición, puesto que no dejaron literatura. Para los criollos de raza española, son extranjeras y peregrinas y nada nos liga con ellas; y extranjeras y peregrinas son también para los mestizos y los indios cultos, porque la educación que han recibido los han europeizado por completo. Ninguno de ellos se encuentra en la situación de Garcilazo de la Vega". En opinión de Riva Agüero —opinión característica de un descendiente de la conquista, de un heredero de la colonia, para quien constituyen artículos de fe los juicios de los eruditos de la Corte— “recursos mucho más abundantes ofrecen las expediciones españolas del XVI y las aventuras de la Conquista”.

Adulta ya la república, nuestros literatos no han logrado sentir el Perú sino como una colonia de España. A España partía, en pos no solo de modelos sino también de temas, su imaginación domesticada. Las antologías guardan como una de las mejores piezas de la poesía nacional, la "Elegía a la Muerte de Alfonso XII" de Luis Benjamín Cisneros, que fue sin embargo, dentro de la desvaída y ramplona tropa romántica, uno de los espíritus más liberales y ochocentistas.

El literato peruano no ha sabido casi nunca sentirse vinculado al pueblo. No ha podido ni ha deseado traducir el penoso trabajo de formación de un Perú integral, de un Perú nuevo. Entre el inkario y la colonia, ha optado por la colonia. El Perú nuevo era una nebulosa. Sólo el inkario y la colonia existían neta y decididamente. Y entre la balbuceante literatura peruana y el inkario y el indio se interponía, separándolos e incomunicándolos, la Conquista.

Destruida la civilización incaica por España, constituido el nuevo Estado sin el indio y servidumbre, la literatura peruana tenía que ser, contra el indio sostenida la raza aborigen a la criolla, costeña, en la proporción en que dejara de ser española. No pudo por esto, surgir en el Perú una literatura vigorosa. El cruzamiento del invasor con el indígena no había producido en el Perú un tipo más o menos homogéneo. A la sangre íbera y quechua se había mezclado un copioso torrente de sangre africana. Más tarde la importación de coolies debía añadir a esta mezcla un poco de sangre asiática. Por ende, no había un tipo sino diversos tipos de criollos, de mestizos. La fusión de tan disímiles elementos étnicos se cumplía, por otra parte, en un tibio y sedante pedazo de tierra baja, donde una naturaleza indecisa y negligente no podía imprimir en el blando producto de esta experiencia sociológica un fuerte sello individual.

Era fatal que lo heteróclito y lo abigarrado de nuestra composición étnica trascendiera a nuestro proceso literario. IE1 orto de la literatura peruana no podía semejarse, por ejemplo, al de la literatura argentina. En la república del sur el cruzamiento del europeo y del indígena produjo al gaucho. En el gaucho se fundieron perdurable y (fuertemente la raza forastera y conquistadora y la raza aborigen. Consiguientemente la literatura argentina —que es entre las literaturas iberoamericanas la que tiene más personalidad—está permeada de sentimiento gaucho. Los mejores literatos argentinos han extraído del estrato popular sus temas y sus personajes. Santos Vega, Martín Fierro, Anastasio el Pollo, antes que en la imaginación artística, vivieron a las más modernas y distintas influencias cosmopolitas, no reniega su espíritu gaucho. Por el contrario, lo reafirma altaneramente. Los más ultraístas poetas de la nueva generación se declaran descendientes del gaucho Martín Fierro y de su bizarra estirpe de payadores. Uno de los más saturados de occidentalismo y modernidad, José Luis Borges, adopta frecuentemente la prosodia del pueblo.

Discípulos de Listas y Hermosillas, los literatos del Perú independiente, en cambio, casi invariablemente desdeñaron la plebe. Lo único que seducía y deslumbraba su cortesana y pávida fantasía de hidalgüelos de provincia era lo español, lo virreinal. Pero España estaba muy lejos. El virreinato —aunque subsistiese el régimen feudal establecido por los conquistadores— pertenecía al pasado. Toda la literatura de esta gente da por esto, la impresión de una literatura desarraigada y raquítica, sin raíces em su presente. Es una literatura de implícitos "emigrados", de nostálgicos sobrevivientes.

Los pocos literatos vitales, en esta palúdica y clorótica teoría de cansinos y chafados retoñes, son los que de algún modo tradujeron al pueblo. La literatura peruana es una pesada e indigesta rapsodia de la literatura española, en todas las obras en que ignora al Perú viviente y verdadero. El ay indígena, la pirueta zamba, son las notas más animadas y veraces de esta literatura sin alas y sin vértebras. En la trama de las "Tradiciones" ¿no se descubre enseguida la hebra del chispeante y chismoso medio pelo limeño? Esta es una de las fuerzas vitales de la prosa del tradicionista. Melgar, desdeñado por los académicos, sobrevivirá a Althaus, a Pardo y a Salaverry porque en sus yaravíes encontrará siempre el pueblo un vislumbre de su auténtica tradición sentimental y de su genuino pasado literario.

González Prada, espíritu y mentalidad europeos, abre, como ya he dicho, otro capítulo.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional VI [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional VI

González Prada es, en nuestra literatura, el precursor de la transición del periodo colonial al período cosmopolita. Ventura García Calderón lo declara "el menos peruano" de nuestros literatos. Pero ya hemos visto que hasta González Prada lo peruano, en esta literatura, no es aún peruano sino solo colonial. El autor de "Páginas Libres", aparece como un escritor de espíritu occidental y de cultura europea. Más, dentro de una peruanidad por definirse, por precisarse todavía ¿por qué considerarlo como el menos peruano de los hombres de letras que la traducen? ¿Por ser menos español? ¿Por no ser colonial? La razón resulta entonces paradójica. Por ser la menos española, por no ser colonial, su literatura anuncia precisamente la posibilidad de una literatura peruana. Es la liberación de la metrópoli. Es, finalmente, la ruptura con el virreinato.

Este parnasiano, este helenista, marmóreo, pagano, es histórica y espiritualmente mucho mas peruano que todos, absolutamente todos, los rapsodistas de la literatura española anteriores y posteriores a él en nuestro proceso literario. No existe seguramente en esta generación un solo corazón que sienta al malhumorado y nostálgico discípulo de Lista más peruano que el panfletario e inconoclasta acusador del pasado a que pertenecieron ese y otros letrilleros de la misma estirpe, y el mismo abolengo.

González Prada no interpretó este pueblo, no esclareció sus problemas, no legó un programa a la generación que debía venir después. Pero representa, de toda suerte, un instante, —el primer instante lúcido— de la consciencia del Perú. Federico More lo llama un precursor del Perú nuevo, del Perú integral. Más Prada a este respecto no ha sido solo un precursor. En la prosa de "Páginas Libres", entre sentencias alambicadas y retóricas, se encuentra el germen del nuevo espíritu nacional. "No forman el verdadero Perú —dice González Prada en el célebre discurso del Politeama de 1888— las agrupaciones de criollos y extranjeros que habitan la faja de tierra situada entre el Pacifico y los Andes; la nación está formada por las muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la Cordillera".

Y, aunque no supo hablarle un lenguaje desnudo de retórica, González Prada, no desdeñó jamás a la masa. Por el contrario, reinvindicó siempre su gloria oscura. Previno a los literatos que lo seguían contra la futilidad y la esterilidad de una literatura elitista. "Platón decía —les recordó en la conferencia del Ateneo— que en materia de lenguaje el pueblo era un excelente maestro. Los idiomas se vigorizan y retemplan en la fuente popular, más que en las reglas muertas de los gramáticos y en las exhumaciones prehistóricas de los eruditos. De las canciones, refranes y dichos del vulgo brotan las palabras originales, las frases gráficas, las construcciones atrevidas. Las multitudes transforman las lenguas como los infusorios modifican los continentes". "El poeta legítimo —afirmó en otro pasaje del mismo discurso— se parece al árbol nacido en la cumbre de un monte: por las ramas, que forman la imaginación, pertenece a las nubes; por las raíces, que constituyen los afectos, se liga con el suelo". Y en sus notas acerca del idioma ratificó explícitamente en otros términos el mismo pensamiento. "Las obras maestras se distinguen por la accesibilidad, pues no forman el patrimonio o de unos cuantos elegidos, sino la herencia de todos los hombres con sentido común. Homero y Cervantes son ingenios democráticos: un niño les entiende. Los talentos que presuman de aristocráticos, los inaccesibles a la muchedumbre, disimulan lo vacío del fondo con lo tenebroso de la forma". "Si Herodoto hubiera escrito como Gracián, si Píndaro hubiera cantado como Góngora ¿habrían sido escuchados y aplaudidos en los juegos olímpicos? Ahí están los grandes agitadores de almas en los siglos XVI y XVIII, ahí está particularmente Voltaire con su prosa, natural como un movimiento respiratorio, clara como un alcohol rectificado".

Simultáneamente, González Prada denunció el colonialismo, atacó el españolismo. En la conferencia del Ateneo, después de constatar las consecuencias de la ñoña y senil imitación de la literatura española, propugnó abiertamente la ruptura de este vínculo. "Dejemos las andaderas de la infancia y busquemos en otras literaturas nuevos elementos y nuevas impulsiones. Al espíritu de naciones ultramodernas y monárquicas prefiramos el espíritu libre y democrático del Siglo. Volvamos los ojos a los autores castellanos, estudiemos sus obras maestras, enriquezcamos su armoniosa lengua; pero recordemos constantemente que la dependencia intelectual de España significaría para nosotros la indefinida prolongación de la niñez".

En la obra de González Prada, nuestra literatura inicia su contacto con otras literaturas. González Prada representa particularmente la influencia francesa. Pero le pertenece, en general, el mérito de haber abierto la brecha por la que daban pasar luego diversas influencias extranjeras. Su prosa tronó muchas veces contra las academias y los puristas, y, heterodoxamente, se complació en el neologismo y el galicismo. Su verso buscó en otras literaturas nuevos troqueles y exóticos ritmos.

Percibió bien su inteligencia el nexo oculto pero no ignoto que hay entre conservantismo ideológico y académico literario. Y combinó por eso el ataque al uno con la requisitoria contra el otro. Ahora que advertimos claramente la íntima relación entre las serenatas al virreinato en literatura y el dominio de la casta feudal en economía y política, este lado del pensamiento de González Prada adquiere un valor y una luz nuevos.

Como lo denunció González Prada, toda actitud literaria, consciente o inconscientemente, refleja un sentimiento y un interés políticos. La literatura no es independendiente de las demás categorías de la historia, ¿Quién negará, por ejemplo, el fondo político del concepto, en apariencia exclusivamente literario, que define a González Prada como el "menos peruano" de nuestros literatos? Negar peruanismo a su personalidad no es sino un modo de negar validez, en el Perú a su protesta. Es un recurso disimulado para descalificar y desvalorizar su rebeldía. La misma tacha de exotismo sirve hoy para combatir el pensamiento de vanguardia.

Muerto Prada, la gente que no ha podido por estos medios socavar su ascendiente ni su ejemplo, ha cambiado de táctica. Ha tratado de deformar y disminuir su figura, ofreciéndole sus elogios comprometedores. Se ha propagado la moda de decirse herederos y discípulos de Prada. La figura de González Prada ha corrido el peligro de resultar un figura oficial, académica. Afortunadamente la nueva generación ha sabido insurgir oportunamente contra este intento.

Los jóvenes distinguen lo que en la obra de González Prada hay de contingento y temporal de lo que hay de perenne y eterno. Saben que no es la letra sino el espíritu lo que en Prada representa un valor duradero. Los falsos pradistas repiten la letra; los verdaderos repiten el espíritu.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El proceso de la literatura nacional VII [Recorte de prensa]

El proceso de la literatura nacional VII

El estudio de González Prada pertenece a la historia y a la crítica de nuestra literatura antes que a las de nuestra política. González Prada fué mas literato que político. El hecho de que la trascendencia política de su obra sea mayor que su trascendencia literaria no desmiente ni contraría el hecho, anterior y primario, de que esa obra, en sí, más que política es literaria.

Todos constatan que González Prada no fue acción sino verbo. Pero no es esto lo que a González Prada define como literato más que como politico. Es su verbo mismo.

El verbo, en política, puede ser programa, doctrina. Y ni en "Páginas Libres" ni en "Horas de Lucha" encontramos una doctrina ni un programa propiamente dichos. En los discursos, en los ensayos que componen estos libros, González Prada no trata de definir la realidad peruana en un lenguaje de estadista o de sociólogo. No quiere sino sugerirla en un lenguaje de literato. No concreta su pensamiento en proposiciones ni en conceptos. Lo esboza en frases de gran vigor panfletario y retórico, pero de poco valor práctico y científico. "El Perú es una montaña coronada por un cementerio". "El Perú es un organismo enfermo: donde se aplica el dedo brota pus". Las frases mas recordadas de González Prada delatan al hombre de letras; no al hombre de Estado. Son las de un acusador, no las de un realizador.

El propio movimiento radical aparece, en su origen, como un fenómeno literario y no como un fenómeno político. El embrión de la Unión Nacional o Partido Radical se llamó "Círculo Literario". Este grupo literario se transformó en grupo político obedeciendo al mandato de su época. El proceso biológico del Perú no necesitaba literatos sino políticos. La literatura es lujo, no es pan. Los literatos que rodeaban a González Prada sintieron vaga pero perentoriamente la necesidad vital de esta nación desganada y empobrecida. "El Círculo Literario", la pacífica sociedad de poetas y soñadores, —decía González Prada en su discurso del Olimpo de 1888— tiende a convertirse en centro militante y propagandista. ¿De dónde nacen los impulsos de radicalismo en literatura? Aquí ráfagas de los huracanes que azotan a las capitales europeas, repercuten voces de la Francia incrédula y republicana. Hay aquí una juventud que lucha abiertamente por destrozar los vínculos que nos unen a lo pisado, una juventud que desea matar con muerte violenta lo que parece destinado a sucumbir con agonía importunamente larga, una juventud, en fin, que se impacienta por suprimir obstáculos y abrirse camino para enarbolar la bandera roja en los desmantelados torreones de la literatura nacional!.

González Prada no resistió al impulso histórico que lo empujaba a pasar de la tranquila especulación parnasiana a la áspera batalla política. Peor no pudo trazar a su falange un plan de acción. Su espíritu individualista, anárquico, solitario, no era adecuado para la dirección de una vasta obra colectiva.

Cuando se estudia el movimiento radical, se dice que González Prada no tuvo temperamento de conductor, de caudillo, de condotiere. Más no es ésta la única constatación que hay que hacer. Se debe agregar que el temperamento de González Prada era fundamentalmente literario. Si González Prada no hubiese nacido en un país urgido de reorganización y moralización políticas y sociales, en el cual no podía fructificar una obra exclusivamente artística, no lo habría tentado jamás la idea de fundar un partido.

Su cultura coincidía, como es lógico, con su temperamento. Era una cultura principalmente literaria y filosófica. Leyendo sus discursos y sus artículos, se nota que González Prada carecía de estudios específicos de Economía y Política. Sus sentencias, sus imprecaciones, sus aforismos, son de inconfundibles factura e inspiración literarias. Engastado en su prosa elegante y bruñido, se descubre frecuentemente un certero concepto sociológico o histórico. Ya he citado alguno. Pero en conjunto, su obra tiene siempre el estilo y la extructura de una obra dei literato.

Nutrido del espírtu racionalista y positivista de su tiempo, González Prada exaltó el valor de la Ciencia. Más esta actitud es peculiar de la literatura moderna de su época. La Ciencia, la Razón, el Progreso, fueron los mitos deI siglo diecinueve. González Prada, que por la ruta del liberalismo y del enciclopedismo llegó a la utopía anarquista, adoptó fervorosamente estos mitos. Hasta en sus versos hallamos la expresión enfática de su racionalismo:

"¡Guerra al menguado sentimiento!
¡Culto divino a la Razón!"

Le tocó a González Prada enunciar solamente lo que hombres de otra generación debían ser, lo que hombres de otra generación debían hacer. Predicó realismo. Condenando los gaseosos verbalismos de la retórica tropical, conjuró a sus contemporáneos a asentar (bien los pies en la tierra, en la materia. "Acabemos ya — dijo— el viaje milenario por regiones de idealismo sin consistencia y regresemos al seno de la realidad, recordando que fuera de la Naturaleza no hay más que simbolismos ilusorios, fantasías mitológicas, desvanecimientos metafíisicos. A fuerza de ascender a cumbres enrarecidas, nos estamos volviendo vaporosos, aeriformes: solidifiquémonos. Más vale, ser hierro que nube".

Pero él mismo no consiguió nunca ser un realista. De su tiempo fue Karl Marx. De su tiempo fue el materialismo histórico. Sin embargo, el pensamiento de González Prada, que no impuso nunca límites a su audacia ni a su libertad, dejó a otros la empresa de crear el socialismo peruano. Fracasado el partido radical, dio su adhesión al lejano y abstracto utopismo de Kropotkine. Y en la polémica entre marxistas y bakuninistas, se pronunció por los segundos. Su temperamento reaccionaba, en éste como en todos sus conflictos con la realidad, conforme a su sensibilidad literaria y aristocrática.

La filiación literaria del espíritu y la cultura de González Prada, es responsable de que el movimiento radical no nos haya legado un conjunto elemental siquiera de estudios de la realidad peruana y un cuerpo de ideas concretas sobre sus problemas. El progama del Partido Radical, que por otra parte no fue elaborado por González Prada, queda como un ejercicio de prosa política de un "círculo literario". Ya hemos visto cómo, efectivamente, no fue otra cosa.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El debate del pacto de seguridad [Recorte de prensa]

El debate del pacto de seguridad

El Occidente europeo sigue buscando un equilibrio. Hasta ahora ninguna receta conservadora ni reformista consigue dárselo.

Francia quiere una garantía contra la revancha alemana. Mientras esta garantía no le sea ofrecida, Francia velará armada con la espada en alto. Y el ruido de sus armas y de sus alertas no dejará trabajar tranquilamente a las otras naciones europeas. Europa siente, por ende, la necesidad urgente de un acuerdo que le permita reposar de esta larga vigilia guerrera. La propia Francia que, a pesar de sus bélicos "chanteclers", es en el fondo una nación pacífica, siente también esta necesidad. El peso de su armadura de guerra la extenúa.

El eje de un equilibrio europeo son las relaciones franco-alemanas. Para que Europa pueda convalecer de su crisis bélica es indispensable que entre Francia y Alemania se pacte, si no la paz, por lo menos una tregua. Pero esta tregua necesita fiadores. Francia pide la fianza de la Gran Bretaña. De esto, que es lo que se designa con el nombre de pacto de seguridad, se conversó ya entre Lloyd George y Briand en Cannes. Mas a la mayoría parlamentaria del bloque nacional un pacto de seguridad, en las condiciones entonces esbozadas, le pareció insuficiente. Briand fue reemplazado por Poincaré, quien durante un largo plazo, en vez de una política de tregua, hizo una política de guerra.

Cuando el experimento laborista en Inglaterra y las elecciones del 11 de mayo en Francia engendraron la ilusión de que se inauguraba en Europa una era social-democrática, renació la moda de todas las grandes palabras de la democracia: Paz, Arbitraje, Sociedad de las Naciones, etc. En esta atmósfera se incubó el protocolo de Ginebra que, instituyendo el arbitraje obligatorio, aspiraba a realizar un anciano ideal de la democracia. El protocolo de Ginebra correspondía plenamente a la mentalidad de una política cuyos más altos conductores eran Mac Donald y Herriot.

Liquidado el experimento laborista, se ensombreció de nuevo la faz de la política europea. El protocolo de Ginebra, que no significaba la paz ni representaba siquiera la tregua, fue enterrado. Se volvió a la idea del pacto de seguridad. Briand, ministro de negocios extranjeros del ministerio de Poincaré, reanudó el diálogo interrumpido en Cannes. "On revient toujour a ses premiers amours".

Pero la discusión demuestra que, para un pacto de seguridad, no basta el acuerdo exclusivo de Inglaterra, Francia, Alemania y Bélgica. No se trata sólo de la frontera del Rhin. Las naciones que están al otro lado de Alemania, y que el tratado de paz ha beneficiado territorialmente a expensas del imperio vencido, exigen la misma garantía que Francia. Polonia y Checo Eslovaquia pretenden estar presentes en el pacto. Y Francia, que es su protectora y su madrina, no puede desestimar la reinvindicación de esos estados. Por otra parte, Italia, dentro de cuyos nuevos confines el tratado de paz ha dejado encerrada una minoría alemana, reclama el reconocimiento de la intangibilidad de esta frontera. Y se opone a todo pacto que no cierre definitivamente el camino a la posible unión política de Alemania y Austria.

Alemania, a su turno, se defiende. No quiere suscribir ningún tratado que cancele su derecho a una rectificación de sus fronteras orientales. Se declara dispuesta a dar satisfacción a Francia, pero se niega a dar satisfacción a toda Europa. El pacto de seguridad está empantanado en esta invencible resistencia.

Para Alemania, suscribir un tratado, en el cual acepte como definitivas las fronteras que le señaló la paz de Versalles, equivaldría a suscribir por segunda vez, sin la presión guerrera de la primera, su propia condena. Durante la crisis post-bélica, mucho se ha escrito y se ha hablado sobre la incalificable dureza del tratado de Versalles. Los políticos y los ideólogos, propugnadores de un programa de reconstrucción europea, han repetido, hasta lograr hacerse oír por mucha gente, que la revisión del tratado de Versalles es una condición esencial y básica de un nuevo equilibrio internacional. Esta idea ha ganado muchos prosélitos. La causa de Alemania en la opinión mundial ha mejorado, en suma, sensiblemente. Es absurdo, por todas estas razones, pretender que Alemania refrende, sin compensación, las condiciones vejatorias de la paz de Versalles. El estado de ánimo de Alemania no es hoy, de otro lado, el mismo de los días angustiosos del armisticio. Las responsabilidades de la guerra se han esclarecido en los últimos seis años. Alemania, con documentación propia y ajena, puede probar en una nueva conferencia de la paz que es mucho menos culpable de lo que en Versalles parecía.

Los políticos de la democracia y de la reforma aprovechan del debate del pacto de seguridad para proponer a sus pueblos una meta: la organización de los Estados Unidos de Europa. Unicamente —dicen— una política de cooperación internacional puede asegurar la paz a Europa. Pero la verdad es que no hay ningún indicio de que das varias burguesías europeas, intoxicadas de nacionalismo, se decidan a adoptar este camino. Inglaterra no parece absolutamente inclinada a sacrificar algo de su rol imperial ni de su egoísmo insular. Italia, en los discursos megalómanos del fascismo, reivindica consuetudinariamente su derecho a renacer como imperio.

Los Estados Unidos de Europa aparecen, pues, en el orden burgués, como una utopía. Aún en el caso de que un tratado de seguridad obtuviese la adhesión de todos los Estados de Europa, quedaría siempre fuera de este sistema o de este compromiso la mayor nación del continente: Rusia. No se constituiría por tanto una asociación destinada a asegurar la paz sino, más bien, a organizar la guerra. Porque, como una consecuencia natural de su función histórica, una liga de estados europeos que no comprenda a Rusia tiene que ser, teórica y prácticamente, una liga contra Rusia. La Europa capitalista tiende cada día más a excluir a Rusia de los confines morales de la civilización occidental. Rusia, por su parte, sobre todo desde que se ha debilitado su esperanza en la revolución europea, se repliega hacia Oriente. Su influencia moral y material crece rápidamente en Asia. Los pueblos orientales, desde hace mucho tiempo se interesan más por el ejemplo ruso que por el ejemplo occidental. En estas condiciones, los Estados Unidos de Europa, si se constituyesen, reemplazarían el peligro de una guerra continental, por la certidumbre de una descomunal conflicto entre Oriente y Occidente.

Por el momento, no hay ninguna utilidad en ejercitar la imaginación en estas previsiones. Conformémonos con intentar predicciones
a corto plazo. Las rivalidades y las rencillas de los nacionalismos europeos hacen muy poco probable un pacto occidental. Rusia no tiene por qué preocuparse por ahora de la posibilidad de una unánime coalición capitalista. El pacto de seguridad, como ha sido planteado, no alcanzará mejor suerte que el protocolo de Ginebra.

El problema de la tregua, ya que no de la paz, quedará intacto después del presente debate. Pero la necesidad de resolverlo se hará cada vez más perentoria. Y del desesperado afán de remediarla emergerá, de nuevo, con otro nombre, la misma ilusión impotente.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La evolución de la economía peruana IV [Recorte de prensa]

La evolución de la economía peruana IV

El último capítulo de la evolución de la economía peruana es el de nuestra post-guerra. Este capítulo empieza con un período de casi absoluto colapso de las fuerzas productoras.

La derrota no solo significó para la economía nacional la pérdida de sus principales fuentes: el salitre y el guano. Significó, ademas, la paralización de las fuerzas productoras nacientes, la depresión general de la producción y del comercio, la depreciación de la moneda nacional, la ruina del crédito exterior. Desangrada, mutilada, la nación sufría una terrible anemia.

El poder volvió a caer, como después de la independencia, en manos de jefes militares, espiritual y orgánicamente inadecuados, para dirigir un trabajo de reconstrucción económica. Pero, muy pronto, la capa capitalista formada en los tiempos del guano y del salitre, reasumió su función y regresó a su puesto. De suerte que la política de reorganización de la economía del país se acomodó totalmente a sus intereses de clase. La solución que se dió al problema monetario, por ejemplo, correspondió típicamente a un criterio de latifundistas y propietarios, indiferentes no solo al interés del proletariado sino también al de la pequeña y media burguesía, únicas capas sociales a las caaes podía damnificar la súbita anulación del billete.

Esta medida y el contrato Grace, fueron, sin duda, los actos más sustantivos y más característicos de una liquidación de las consecuencias económicas de la guerra, inspirada por los intereses y los conceptos de una plutocracia terrateniente.

El contrato Grace, que ratificó el predominio británico en el Perú, entregando los ferrocarriles del Estado a los banqueros ingleses que hasta entonces habían financiado la república y sus derroches, dio al mercado financiero de Londres las prendas y las garantías necesarias para nuevas inversiones en negocios peruanos. En la restauración del crédito del Estado no se obtuvieron resultados inmediatos. Pero inversiones prudentes y seguras empezaron de nuevo a atraer en otros campos al capital británico. La economía peruana mediante el reconocimiento práctico de su condición de economía colonial, consiguió alguna ayuda para su convalescencia. La terminación del ferrocarril a la Oroya abrió al tráfico y al trabajo industriales el departamento de Junín, permitiendo la explotación en vasta escala de su riqueza minero.

La política económica de Piérola se ajustó plenamente a los mismos intereses. El caudillo demócrata, que durante tanto tiempo agitara estruendosamente a las masas contra la plutocracia, se esmeró en hacer una administración civilista. Su método tributario, su sistema fiscal, disipan todos los equívocos que pueden crear su frasearlo y su metafísica. Lo que confirma el principio de que en el plano económico se percibe siempre con más claridad que en el plano político el sentido y el contorno de la política, de sus hombres y de sus hechos.

Las faces fundamentales de esté capitulo en que nuestra economía, convalesciente de la crisis postbélico, se organiza lentamente sobre bases menos pingües, pero más sólidas que las del guano y del salitre, pueden ser concretadas esquemáticamente en los siguientes hechos:

1.- El desarrollo de la industria. El establecimiento de fábricas, usinas, transportes, etc. que transforman, sobre todo, la vida de la costa. La formación de un proletariado industrial, con creciente y natural tendencia a adoptar un ideario clasista. Hecho que ciega una de las antiguas fuentes del proselitismo caudillista y cambia los términos de la lucha político.

2.- El desarrollo del capital financiero. El surgimiento de bancos que financian diversas empresas industriales y comerciales; pero que se mueven dentro de un ámbito estrecho, enfeudados a los intereses del capital extranjero y de la gran propiedad agraria.

3.- El acortamiento de las distancias y el aumento del tráfico entre el Perú y Estados Unidos y Europa. A consecuencia de la apertura del canal de Panamá, que mejora notablemente nuestra posición geográfica, se acelera el proceso de incorporación del Perú en la civilización occidental.

4.- La gradual superación del poder británico por el poder norte-americano. El Canal de Panamá, más que a Europa, parece haber aproximado el país a los Estados Unidos. La participación del capital norte-americano en la explotación del cobre y del petróleo peruanos, que se convierten en dos de nuestros mayores productos, proporciona una ancha y durable base al creciente predominio yanqui. La exportación a Inglaterra que en 1898 constituía el 56.7 por ciento de la exportación total, en 1923 no llegaba sino al 33.2 %.

En el mismo período la exportación a los Estados Unidos subía del 9.5 % al 39.7. Y este movimiento se acentuaba más aún en la importación, pues mientras la de Estados Unidos, en dicho período de veinticinco años, pasaba del 10.0 al 38.9 %, la de la Gran Bretaña bajaba del 44.7 al 19.6 %.

5.- El desenvolvimiento de una clase capitalista, dentro de la cual cesa de prevalecer como antes la antigua aristocracia. La propiedad agraria conserva su potencia; pero declina la de los apellidos vinreynales. Se constata el robustecimiento de la burguesía urbana.

6.- La ilusión del caucho. En los años de su apogeo, el país cree haber encontrado El Dorado en la montaña, que adquiere temporalmente un valor extraordinario en la economía y, sobre todo, en la imaginación del país. Afluyen a la montaña muchos individuos de la que Blaise Cendrars llama "la fuerte raza de los aventureros". Con la baja del caucho, tramonta esta ilusión bastante tropical en su origen y en sus características.

7.- Las sobre-utilidades del período bélico europeo. El alza de los productos peruanos causa un rápido crecimiento de la fortuna privada nacional. Se opera un reforzamiento de la hegemonía de la costa en la economía peruana.

Me parece que, estos son los principales aspectos de la evolución económica del Perú en el período que comienza con nuestra post-guerra. No cabe en esta serie de sumarios apuntes, que aquí concluyen, un examen prolijo de las anteriores constataciones o proposiciones. En estos artículos me he propuesto solamente la definición esquemática de algunos rasgos esenciales de la formación y el desarrollo de la economía peruana. Me limitaré, para terminar, a una última constatación. La de que en el Perú actual coexisten elementos de tres economías diferentes. Bajo el régimen de economía feudal nacido de la conquista, subsisten en la sierra algunos residuos vivos todavía de la economía comunista indígena. En la costa, sobre un suelo feudal, crece una economía burguesa que, por lo menos en su desarrollo mental, da la impresión de una economía retardada.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La evolución de la economía peruana III [Recorte de prensa]

La evolución de la economía peruana III

El capítulo de la evolución de la economía peruana que se abre con el descubrimiento de la riqueza del guano y del salitre y se cierra con su pérdida, explica totalmente una serie de fenómenos políticos de nuestro proceso histórico que una concepción, anecdótica y retórica más bien que romántica, de la historia peruana, se ha complacido tan superficialmente en desfigurar y contrahacer. Pero este rápido esquema de interpretación no se propone ilustrar ni enfocar esos fenómenos sino, como mis dos anteriores artículos "lo expresan, fijar o definir algunos rasgos sustantivos de la formación de nuestra economía para percibir mejor su carácter de economía colonial. Consideremos solo el hecho económico.

Empecemos por constatar que al guano y al salitre, sustancias humildes y groseras, les tocó jugar "en la gesta de la república un rol que habría parecido reservado al oro y a la plata en tiempos más caballerescos y menos positivistas. España nos quería y nos guardaba como país productor de metales preciosos. Inglaterra nos prefirió como país productor de guano y salitre. Pero este diferente gesto no acusaba, por supuesto, un móvil diverso. Lo que cambiaba no era el móvil; era la época. El oro del Perú perdía lógicamente su poder de atracción en una época en que en América, la vara del pionnier descubría el oro de California. En cambio el guano y el salitre, que para anteriores civilizaciones hubiesen carecido de valor pero que para una civilización industrial adquirían un precio extraordinario —constituían una reserva casi exclusivamente nuestra. El industrialismo europeo u occidental —fenómeno en pleno desarrollo— necesitaba abastecerse de estas materias en el lejano litoral americano del sur del Pacífico.

A la explotación de los dos productos no se oponía, de otro lado, como a la de otros productos peruanos, el estado rudimentario y primitivo de los transportes terrestres. Mientras que para extraer de las entrañas de los Andes el oro, la plata, el cobre, el carbón, se tenía que salvar ásperas montañas y enormes distancias, el salitre y el guano yacían en la costa al alcance de los barcos que venían a buscarlos.

La fácil explotación de este recurso natural dominó todas las otras manifestaciones de la vida económica del país. El guano y el salitre ocuparon un puesto desmesurado en la economía peruana. Sus rendimientos se convirtieron en la principal renta fiscal. El país se sintió rico. El Estado usó sin medida de su crédito. Vivió en el derroche, hipotecando su porvenir a la finaliza inglesa.

Esta es, a grandes rasgos, toda la historia del guano y el salitre para el observador que se siente puramente economista. Lo demás, a primera vista pertenece al historiador. Pero, en este caso, como en todos, el hecho económico es mucho mas complejo y trascendente de lo que parece.

El guano y el salitre, ante todo, cumplieron la función de crear un activo tráfico con el mundo occidental en un período en que el Perú, mal situado geográficamente, no disponía de grandes medios de atraer a su suelo "las corrientes colonizadoras y civilizadoras que fecundaban ya otros países de la América indoiberia. Este tráfico, al mismo tiempo, colocó nuestra economía bajo el control del capital británico al cual, a consecuencia de las deudas contraídas con la garantía de ambos productos, debíamos entregar más tarde la administración de ios ferrocarriles del Estado, esto les de los resortes mismos de la explotación de nuestros recursos.

Las utilidades del guano y del salitre crearon en el Perú,—donde la propiedad había, conservado hasta entonces un carácter aristocrático y feudal,— los primeros elementos sólidos de capital comercial y financiero. Los profiteurs directos e indirectos de las riquezas del litoral empezaron a constituir una clase capitalista. Se formó en el Perú una burguesía, confundida y enlazada en su origen y su extructura con la aristocracia, formada principalmente por los sucesores de los encomenderos y terratenientes de la colonia, pero obligada por su función a adoptar los principios fundamentales de la economía y la política liberales. (De la trascendencia política de este fenómeno me he ocupado ya en otra ocasión en que hice las siguientes constataciones: "En los primeros tiempos de la independencia, la lucha de facciones y jefes militares aparece como una consecuencia de la falta de una burguesía orgánica. En el Perú, la revolución hallaba menos definidos, más retrasados que en otros pueblos hispanos-americanos, los elementos de un orden liberal burgués. Para que este orden funcionase más o menos embrionariamente tenía que constituirse una clase capitalista vigorosa. Mientras esta clase se organizaba, el poder estaba a merced de los caudillos militares. El gobierno de Castilla marcó la etapa de solidificación de una clase capitalista. Las concesiones del Estado y los beneficios del guano y del salitre crearon un capitalismo y una burguesía. Y esta clase, que se organizó, luego en el "civilismo", se movió muy pronto a la conquista total del poder").

Otra faz de este capítulo de la historia económica de la república es la afirmación de la nueva economía del Perú como economía fundamentalmente costeña. La búsqueda del oro y de la plata obligó a los españoles, —contra su tendencia a instalarse en la costa,— a mantener y ensanchar en la sierra sus puestos avanzados. La minería, —actividad fundamental del regimen económico implantado por España en el territorio sobre el cual prosperó antes una sociedad genuina y típicamente agraria— estableció en la sierra las más anchas y fuertes bases económicas de la colonia. El guano y el salitre vinieron a rectificar esta situación. Fortalecieron el poder de la costa. Estimularon la sedimentación del Perú nuevo en la tierra baja. Y acentuaron el dualismo y el conflicto que hasta ahora constituye nuestro mayor problema histórico.

Este capítulo del guano y del salitre no se deja, por consiguiente, aislar del desenvolvimiento posterior de nuestra economía. Están ahí las raíces y los factores del capítulo que ha seguido. La guerra del Pacífico, consecuencia del guano y del salitre, no canceló las otras consecuencias del descubrimiento y la explotación de estos recursos, cuya pérdida nos reveló de modo trágico el peligro de una prosperidad económica apoyada o cimentada casi exclusivamente sobre la posesión de una riqueza natural, expuesta a la codicia y al asalto de un imperialismo extranjero o a la decadencia de sus aplicaciones por efecto de las continuas mutaciones producidas en el campo industrial por los inventos de la ciencia. (Caillaux nos habla con acierto y evidencia de la inestabilidad económica e industrial que engendra el progreso científico).

En el período dominado y caracterizado por el comercio del guano y del salitre, el proceso de transformación de nuestra economía, de feudal en burguesa, recibió su primera enérgica propulsión. Es, a mi juicio, indiscutible que, si en vez de una mediocre metamorfosis de la antigua clase dominante, se hubiese operado el adveniminto de una clase de savia y elan nuevos, ese proceso habría avanzado más orgánica y seguramente. La historia de nuestra postguerra lo demuestra. La derrota —que causó, con la pérdida de los territorios del salitre, un largo colapso de las fuerzas productoras— no trajo, como una compensación, siquiera en este orden de cosas, una liquidación del pasado.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Oliverio Girondo [Recorte de prensa]

Oliverio Girondo

Este Oliverio sud-americano y humorista no se parece al hamletiano y melancólico Oliverio amigo de Juan Cristóbal. No es probable que, como al agonista de la novela de Romain Rolland, le toque morir en un primero de mayo luctuoso.

Girondo es un poeta de recia fibra gaucha. La urbe occidental ha afinado sus cinco o más sentidos; pero no los ha aflojado ni corrompido. Después de emborracharse con todos los opios de occidente, Girondo no ha variado en su sustancia. Europa le ha inoculado todos los bacilos de su escepticismo y de su relativismo. Pero Girondo ha vuelto intacto e indemne a la pampa.

Esta gaya barbarie, que la civilización occidental no ha logrado domesticar, diferencia su arte del que, en ánforas disparatadas, símiles a las suyas, se envasa y se consume en las urbes de Occidente. En la poesía de Girondo el bordado es europeo, es urbano, es cosmopolita. Pero la trama es gaucha.

La literatura europea de vanguardia, —aunque esto disguste a Guillermo de Torre— representa la flora ambigua de un mundo en decadencia. No la llamaremos literatura "fin de siglo" para no coincidir con Eugenio d’Ors. Mas si la llamaremos literatura "fin de época". En las escuelas ultra-modernas se descompone, se anarquiza y se disuelve el arte viejo, en exasperadas búsquedas y trágico-cómicas acrobacias. No son todavía un orto; son, más bien, un tramonto. Los celajes crepusculares de esta hora preanuncian sin duda algunos matices del arte nuevo, pero no su espíritu. El humor de la literatura contemporánea es mórbido. Girondo lo sabe y lo siente. Yo suscribo sin vacilar su juicio sobre Proust: "Las frases, las ideas de Proust, se desarrollan y se enroscan, como anguilas que nadan en piscinas de acuarios; a veces deformadas por un efecto de refracción, otras anudadas en acoplamientos viscosos, siempre envueltas en esa atmósfera que tan sólo se encuentra en los acuarios y en las obras de Proust".

El oficio de las escuelas de vanguardia —de estas escuelas que nacen como los hongos— es un oficio negativo y disolvente. Tienen la función de disociar y de destruir todas las ideas y todos los sentimientos del arte burgués. En vez de buscar a Dios, buscan el átomo. No nos conducen a la unidad, nos extravían por mil rutas diversas, desesperadamente individuales, en el Dédalo finito y befardo. Sus ácidos corroen los mitos ancianos. Esto es lo que la función de las escuelas ultra-modernas tiene de revolucionario. El frenesí con que se burlan de todas las solemnes alegorías retóricas. Ninguna cosa del mundo burgués les parece respetable. Detractan y disgregan con sutiles burlas la Eternidad burguesa y el Absoluto burgués. Limpian la superficie del Novecientos de todas las heces, clásicas o románticas, de los siglos muertos. Cuando se haya llevado Judas todos los ripios y todas las metáforas de la literatura burguesa, el arte y el mundo recuperarán su inocencia.

Han empezado ya a recuperarla en Rusia. El poeta de la revolución, Demetrio Mayavskoysky, vástago del futurismo, habla a los hombres un lenguaje trágico. Guillermo de Torre se da cuenta en su apología de las literaturas europeas de vanguardia de que "voces de un acento puro, noble y dramático sobresalen entre el coro de voces algo irónico y humorístico que forman los demás poetas de Europa".

¿Pertenece la voz de Oliverio Girondo a este coro? No sé por qué me obstino en la convicción de que Girondo es de otro paño. Pienso que la burla no es sino una estación de su itinerario, un episodio de su romance. Por ahora, hace bien en no tomar en serio las cosas.

Sus "Veinte poemas para ser leídos en el tranvía" y sus "Calcomanías" pueden ser desdeñados por una crítica asmática y pedante. A pesar de esta crítica, Girondo es uno de los valores más interesantes de la poesía de Hispano-América. Entre un aria sentimental del viejo parnaso y una "greguería" acérima y estridente de Oliverio Girondo, el gusto de un hombre nuevo no vacila. La poesía de Girondo nos ofrece al menos versiones verídicas de la realidad. He aquí una escena de la procesión de Sevilla: "Los caballos —la boca enjabonada cual si se fueran a afeitar— tienen las ancas, tan lustrosas, que las mujeres aprovechan para arreglarse la mantilla y averiguar, sin darse vuelta, quién unta una mirada en sus caderas".

Para algunos esta poesía tiene el grave defecto de no ser poesía. Pero esta no es sino una cuestión de paladar. La poesía, materia
preciosa, no está presente en el cuarzo poético sino en muy mínimas proporciones. Lo que ha mudado no es la poesía sino la cristalización. El elemento poético se mezcla, en la obra de los poetas contemporáneos, a ingredientes nuevos. Uno de esos ingredientes es, por ejemplo, el humorismo. Los que están habituados a degustar la poesía sólo en las clásicas salsas retóricas, no pueden digerirla en los poemas de Girondo. Y tienen que asombrarse de que la crítica moderna clasifique a Girondo como un hondo y genuino poeta. Remitamos a los esitantes a los "nocturnos" de Girondo, donde encontrarán emociones poéticas como las siguientes: "Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras, y en que las cañerías tienen gritos estrangulados, como si se asfiixiaran dentro de las paredes".

"A veces se piensa, al dar vuelta a la llave de la electricidad, en el espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos avisarles para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones. Y a veces las cruces de los postes telefónicos, sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno quisiera rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón.”

Por mi parte, cambio de buen grado estas síntesis, estos comprimidos —que en mis ratos de excursión por las nuevas pistas de la literatura, me complazco en chupar como bombones— por toda la barroca y tropical épica y todo la mediocre y delicuescente lírica que prosperan todavía en nuestra América.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El nuevo libro de Henri Barbusse [Recorte de prensa]

El nuevo libro de Henri Barbusse

¿"Les Enchainements", el nuevo libro de Henri Barbusse, es una novela o un poema? He ahí una cuestión que preocupa a la crítica. La crítica necesita, ordinariamente, antes de juzgar una obra, entenderse sobre su género. Pero, en este caso, la averiguación me parece un poco banal. "Les Enchainements" no se deja encerrar en ninguna de las casillas de la técnica literaria. Barbusse nos advierte en el prefacio de su obra de la dificultad de clasificarla. Como un Dante de su época, el poeta de "Le Feu" ha descendido al abismo del dolor universal. Ha penetrado en la realidad profunda de la historia. Ha interrogado a las muchedumbres de todas las edades. Y luego, ha reconstruido, encadenando sus episodios, la unidad de la tragedia humana. Para escribir este poema o esta novela, ha tenido que "aventurarse en un plan nuevo". "Cuando he ensayado de condensar la evocación múltiple —escribe— me ha parecido tocar a tientas formas de arte diversas: la novela, el poema, el drama y aún la gran perspectiva cinematográfica y la eterna tentación del fresco.

Se encuentra realmente, en "Les Enchainements", elementos de todos estos medios de expresión artística. El nuevo libro de Barbusse no se ajusta a ninguna receta. Paul Souday lo anexa al género del "Fausto" de Goethe y de "Las Tentaciones de San Antonio" de Flaubert. Su sagacidad crítica esquiva los riesgos de una clasificación más específica.

En "Les Enchainements" la novela es un pretexto. El protagonista es un pretexto también. El poeta Serafín Franchel no vive casi su vida actual. Revive su vida de otros siglos. Es un caso de individuo en que se despierta Ia "memoria ancestral". Barbusse aplica en su novela, una teoría científica. La teoría de que "todas las impresiones sin excepción no solamente quedan inscritas, en potencia y en estado latente, en el cerebro, sino que se transmiten integralmente, de individuo a individuo". Y aquí surge, seguramente, para algunos, otra, cuestión de procedimiento estético. ¿Se debe hacer intervenir a la ciencia en una obra de imaginación? El debate sería superfino. La cuestión resulta impertinente, extraña, desplazada. Una obra de estas proporciones tenía que llevar el sello de la época y de la civilización a que pertenece . Tenía que representar la sensibilidad y la cultura de un hombre de Occidente. Criatura de su siglo, Barbusse no podía explicarse sino científicamente las reminiscencias, los recuerdos ancestrales de su personaje. De otra suerte habría flotado en la atmósfera de la novela algo de esotérico, algo de sobrenatural que habría deformado sus líneas. Ninguno de los ingredientes del laboratorio de Maeterlink podía servir a Barbusse. La convención, empleada simplifica, además, extremamente, la arquitectura de "Les Enchainements". Las visiones, las evocaciones de Serafín Franchel se suceden, nítidas, lúcidas, plásticas, sin ningún nexo artificioso. Barbusse no nos conduce parsimoniosamente por el Infierno, el Cielo y el Purgatorio. Su técnica suprime el viaje. De una edad nos hace pasar a otra edad. En cada episodio, en cada cuadro, el mismo drama reaparece, dentro de un decorado distinto. No hay transiciones, no hay intervalos extraños a ese drama. Esto es lo que "Les Enchainements" tienen de cinematográfico, en la acepción noble de este adjetivo. Pero cada episodio, cada cuadro no es una titilante y fugitiva visión cinematográfica. Es un gran fresco. Las figuras no son escultóricas como las de los frescos de Miguel Ángel. Tienen más bien esa especie de vaguedad de las de los frescos de Puvis de Chavannes. Esa especie de vaguedad que tienen casi siempre los protagonistas barbussianos.

La técnica toda de "Les Enchainements" si se ahonda en su génesis, es esencial y típicamente barbussiana. Barbusse emplea en
esta obra el método de sus obras anteriores. "Le Feu" no es tampoco una novela. Es una crónica de las trincheras. Es un relato del horror bélico. El procedimiento de "Les enchainements" está si se quiere, bosquejado en "L'Enfer". El personaje, más que como un actor, se comporta como un espectador del drama humano que, por ser el drama de todos, es también su propio drama. Pero no hay en él solamente un espectador, sino sobre todo, un iluminado, un vidente. Bajo las apariencias falaces de la vida, sus ojos aprehenden una eterna verdad trágica. Y en todos los hechos que contempla late una emoción idéntica.

Nuestra época aparecía, literariamente, como una época de decadencia del género épico. Barbusse, sin embargo, ha escrito una obra épica. Épica porque se inspira en un sentimiento multitudinario. Épica porque tiene el acento de una canción de gesta. Nada importa que, al mismo tiempo, sea lírica como un evangelio. La preceptiva ha deformado demasiado el sentido de lo épico y de lo lírico con sus rígidas y escuetas definiciones. La épica renace. Pero no es ya la misma épica de la civilización capitalista. Es la épica, larvada e informe todavía, de la civilización proletaria. El literato del mundo que tramonta no logra casi asir sino lo individual. Su literatura se recrea en la descripción sutil de un estado de alma, en la degustación voluptuosa de un pecado o de un goce, en un juego mórbido de la fantasía. Literatura psicológica. Literatura psicoanalítica que elige sus sujetos en la costra enferma del planeta. Para el literato de la revolución existen otras categorías humanas y otros valores universales. Su mirada no descubre sólo los seres de excepción de la superficie. Vuela hacia otros ámbitos. Explora otros horizontes. El artista de la revolución sente la necesidad de interpretar el sueño oscuro de la masa, la ruda gesta de la muchedumbre. No le interesa, exclusiva y enfermizamente, el "caso"; le interesa, panorámica y totalmente, la vida. La épica era la exaltación del héroe; la nueva épica será la exaltación de la multitud. En sus cantos, los hombres dejarán de ser el coro anónimo e ignorado del Hombre. Vivimos todavía demasiado presos dentro de los confines de una literatura decadente y moribunda para presentir o concebir los contornos y los colores de un arte nuevo, en embrión, en potencia apenas. El propio Barbusse procede, por ejemplo, de una escuela decadente de cuya influencia no puede hasta ahora liberarse del todo. Mas "Les enchainements" no es un fenómeno solitario en la historia contemporánea. Aparecen desde hace tiempo signos precursores de un arte que, como las catedrales góticas, reposará sobre una fe multitudinaria. En algunos poemas de Alexandro Block —enfant du siecle como Barbusse— en "Los Escitas" verbi gracia, se siente ya el rumor caudaloso de un pueblo en marcha. Dimitri Mayaskowski, el poeta de la revolución rusa, preludia, más tarde, en su poema "130.000.000" una canción de gesta. Los animadores del nuevo teatro ruso ensayan en Moscú representaciones en que intervienen millares de personas y que Bertrand Bussell compara con los "Misterios" de la Edad Media por su carácter imponente y religioso. El siglo del Cuarto Estado, el siglo de la revolución social, prepara los materiales de su épica y de sus epopeyas. ¿La misma guerra mundial no ha reclamado acaso el máximo homenaje para un símbolo de la masa: el soldado desconocido?

Ningún literato de Occidente manifiesta, en su arte, la misma ternura por el hombre, la misma pasión por la muchedumbre que Henri Barbusse. El autor de "L'Enfer" no se muestra atraído por el "personaje". Se muestra atraído por los hombres. El argumento de todas las páginas es el "drama humano". Drama uno y múltiple. Drama de todas las edades. Barbusse reivindica, con infinito amor, con vigorosa energía, la gloria humilde de la muchedumbre. Es la cariátide —escribe— que ha cargado sobre su cuello toda la historia dorada de los otros. En "Les enchainements" este sentimiento aflora a cada instante. "Busca la aventura prodigiosa del número. Las multitudes que hacen la guerra. Las multitudes que hacen las cosas. El número ha cambiado la faz de la naturaleza. El número ha producido las ciudades. Las masas oscuras son la base de la montaña; el mundo se ensombrece gradualmente como una tempestad. Las líneas convergentes de las rutas, los tráficos y las expediciones se hunden en los bajos fondos, de los cuales se extrae la fuerza, la vida y la alteza misma de los reyes. Yo veo, semi-hundida en la tierra, semi- ahogada en el aire, a la cariátide". Este sentimiento constituye el fondo del nuevo libro de Barbusse. "Les enchainements" es el drama de la cariátide. Es la novela de este Atlas que porta el mundo sobre sus espaldas curvadas y sangrantes. Y este sentimiento distingue la épica de Barbusse de la épica antigua, de la épica clásica. Barbusse ve en la historia lo que los demás tan fácilmente ignoran. Ve el dolor, ve el sufrimiento, ve la tragedia. Ve la trama oscura y gruesa sobre la cual, olvidándola y negándola, bordan algunos hombres sus aventuras y su fama. La historia es uná colección de biografías ilustres. Barbusse escruta su dessous. En su libro todas las grandes ilusiones, todos los grandes mitos de la humanidad dejan caer su máscara. La revelación divina, la palabra rebelde, no han perdurado nunca puras. Han sido, por un instante, una esperanza. Han parecido renovar y redimir al mundo. Pero, poco a poco, han envejecido. Se han petrificado en una fórmula. Se han desvanecido en un rito. "La verdad no ha prevalecido contra el error sino a fuerza de parecérsele". El ritmo del libro es doloroso. Sus visiones, como las de "L'Enfer", son acerbamente dramáticas. Pero, libro pesimista como todos los de los profetas, como todos los de las religiones. "Les enchainements" encierra una iluminada y suprema promesa. La verdad no ha triunfado antes porque no ha sabido ser la verdad de los pobres. Ahora se acerca, finalmente, el reino de los pobres, de los miserables, de los esclavos. Ahora la verdad viene en los brazos rudos de Espartaco. "El pueblo que del hombre no tenía sino el olor y que el hambre forzaba a no pensar sino con su carne; el número, anónimo como la tierra y como el agua, el gran muerto ha adquirido consciencia de sí mismo". Barbusse escucha la música furiosamente dulce de la revolución. "He aquí —exclama— que vibra sonora esta cosa, este espectáculo "Debout les damnés de la terne". El libro se cierra con un invocación a todos los hombres "Par sagesse, par pifié, revoltez-vous!"

¿Ha escrito Barbusse una obra maestra, su obra maestra? Otra pregunta impertinente. "Les Enchainements" es un libro de excepción que no es posible medir con las medidas comunes. Su puesto en la historia de la literatura no depende de su contingente mérito artístico que es, por supuesto, altísimo. Depende de que llegue o nó a ser un evangelio de la revolución, una profecía del porvenir. Y de que consiga encender en muchas almas la llama de una fe y crispar muchos puños en un gesto de rebeldía.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

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