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La ex-comunión de "L'Action Francaise" [Recorte de prensa]

La ex-comunión de "L'Action Francaise"

La política de "L’Action Francaise" se definía, hasta hace poco, con estas tres palabras: monarquía, catolicismo, nacionalismo. Estas dos últimas aparecen en la historia en constante desavenencia teórica, no obstante su frecuente entendimiento práctico. La idea de la Nación se presenta como un producto del espíritu renacentista, denunciado por los doctores de la Iglesia como herético y protestante. Por nacionalista —esto es, por herética y protestante en primer o último análisis— fue condenada a la hoguera Juana de Arco. Católico es universal. Pero Charles Maurras, el filósofo de "L’Action Francaise" había encontrado siempre en el recetario de su monarquismo positivista la fórmula no sólo de reconciliar sino hasta de mancomunar catolicismo y nacionalismo.

El compromiso entre la Iglesia Católica y el Estado demo-libenal, —afirmado y ratificado en todo el mundo a medida que el liberalismo, después de asegurar el poder a la burguesía, perdió su sentido revolucionario,— favorecía paradojalmente la tesis de
Maurrás, enemigo irreductible del Estado demo-liberal, para él siempre herético y absurdo. La extinción de la vieja polémica entra la Iglesia y la Nación suprimía los conflictos teóricos y prácticos que habrían saboteado en otro tiempo su especulación filosófica.

Pero ahora el Vaticano, que sabe de oportunismo y de positivismo mucho más que el eminente monarquista, liquida con una declaración irrevocable el equívoco escondido en su programa. "L’Action Francaise" ha sido ex-comulgada. Los libros de Charles Maurrás, puestos en el Index. Y "L’Action Francaise", en vez de abjurar su herejía, la ha reafirmado. Charles Maurras y León Daudet han respondido con un rotundo "Non posomus" a la sentencia papal. Puestos a elegir entre su catolicismo y su nacionalismo, han optado por éste. O, mejor, por su monarquismo, eludiendo el dilema.

Naturalmente, lo que la Santa Sede ha condenado no es el nacionalismo de "L’Action Francaise" sino el paganismo de Maurras. En estos tiempos de fascismo, el Vaticano, en flirt diplomático con el fascio littorio, no se aventuraría a romper, imprudentemente, una lanza por el carácter ecuménico, universal, —ergo antinacionalista— de la catolicidad, a menos que muy fuertes y concretas razones se lo aconsejaran. El anatema cae cobre lo que hay de pagano y hasta de ateo en el fondo de la literatura y la filosofía de Maurras. Todos saben que el catolicismo de Maurras es inconfundiblemente oportunista y relativo. Maurras no está por la Fe, sino por la Iglesia. Su catolicismo reposa en razones prácticas. Ha llegado a él por la vía del positivismo. Es católico por tradición nacional. La monarquía en Francia fue católica; él, legitimista ortodoxo, no puede ser sino católico.

Mas de esto estaban enterados desde hace mucho tiempo todos los lectores de Maurras: adversos, amigos y neutros. La Iglesia era lo único que parecía ignorarlo. Le han sido necesarios al menos quince años más que a cualquiera para informarse cabal y definitivamente del espíritu de Maurras y, por ende, del espíritu de "L’Action Francaise”. (Y hay que referirse siempre a Maurras y no a Daudet porque el que está en causa es Maurras, La filosofía de "L’Action Francaise" es de Maurras; la literatura, de Daudet. O, mejor, en "L Action Francaise", Maurras es el ideólogo. Daudet el panfletista). Los doctores del Vaticano, interpelados, responderían probablemente así: —Es cierto. Todo el mundo sabía que Maurras no era un católico auténtico. Pero la Iglesia no podía comportarse como todo el mundo. La Iglesia era juez. Maurras estaba procesado. Su juicio ha durado todo este tiempo.

Se dice, en efecto, que la condena definitiva de Maurras estaba resuelta hace más de diez años. Parece que la guerra la detuvo. El Santo Oficio tenía documentada la peligrosa heterodoxia del pontífice del legitimismo francés. Se vacilaba, por complicadas razones de oportunidad, para fulminarlo con un anatema. Para resolverse a condenarlo, el Papa mismo ha estudiado toda su obra.

El golpe desde el punto de vista político, no es al nacionalismo. Es, más bien, al legitimismo, al monarquismo. Desde los tiempos del Concordato, el Vaticano ha renunciado completamente a contestar y, mas aún, a repudiar el orden burgués en Francia. Republicanos y demócratas son, al mismo tiempo, buenos católicos. El nacionalismo no está acaparado en Francia por la capilla de "L’Action Francaise". El movimiento reaccionario se guarda de identificarse con el movimiento monarquista. El fascismo francés tiene otros capitanes. Tiene hasta otros órganos: el diario dirigido por George Valois. En tanto, se dice que el Vaticano le guarda cierto rencor al anglicanismo que, bajo la monarquía, opuso tantas veces la iglesia nacional a Roma.

Por esto mismo, "L’Action Francaise" queda gravemente maltrecha. El derecho de llamarse católica le ha sido cancelado por la suma autoridad eclesiástica. El derecho a llamarse nacional le es contestado cotidianamente por las fracciones concurrentes. A la gaceta polémica de Maurras y Daudet no le queda, pues, realmente sino su legitimismo, su monarquismo. Esto es, la bendición platónica del duque de Guisse. Y el paganismo de Maurras, condenado por el Papa. Y la diatriba de Daudet, que no le interesa a la Iglesia, ni a la Historia.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El nuevo estatuto del imperio británico [Recorte de prensa]

El nuevo estatuto del imperio británico

Los acuerdos de la conferencia británica nos confirman que Inglaterra continúa su tradicional política de compromiso. La transacción, la conciliación son su fórmula predilecta. El Imperio Británico mismo reposa, como tal, en un compromiso. El Canadá, Sud-Africa, Australia, etc., no son colonias. Son naciones autónomas dentro de la comunidad británica. Pero el Imperio subsiste. Se salva a costa de concesiones. La unidad del imperio no resulta posible sin la libertad de los pueblos que lo constituyen.

El nuevo estatuto político del Imperio no modifica, en verdad, las relaciones de Inglaterra con sus dominios. Lo que se establece ahora, en la ley, en la teoría, estaba establecido ya en la práctica, en el hecho. Inglaterra tiene el arte de parecer muy larga en sus concesiones hasta cuando es más parca y más prudente.

Pero el principio sobre el cual descansa formal y solemnemente, a partir de este convenio, la organización del Imperio Británico, representa una conquista decisiva de los antiguos dominios en el camino de su diferenciación histórica.

La Humanidad se encamina, bajo la acción de los factores de interdependencia y de solidarización de los intereses económicos, hacia la constitución de vastas federaciones. La idea de loe Estados Unidos de Europa no es en nuestro tiempo, una mera utopía revolucionaria. Pero, en tanto se constata la ineluctable crisis de los Imperios. El imperialismo, definido por Lenin como la última etapa del capitalismo, se presenta en abierto contraste con la nueva conciencia humana. Los Imperios tienen origen en la expansión de un pueblo a expensas de la autonomía y de la personalidad de los pueblos sometidos a su poder. Las uniones o federaciones tienen, opuestamente, su fundamento en razones geográficas, económicas y raciales y brotan de la libre determinación de los pueblos.

La transformación de un Imperio en una unión o federación del tipo de las que se prevén en la perspectiva histórica contemporánea, aparece imposible, a causa de la diferencia de génesis y de función de uno y otro sistema. El Imperio Británico, en el que, por la educación política y el espíritu evolucionista de los ingleses, se encuentra al menos las premisas espirituales de esa transformación, niega precisamente esta posibilidad.

Las fuerzas que mueven o los dominios hacia la reivindicación de su autonomía son fuerzas centrífugas, separatistas. El Imperio Británico, es el compromiso entre el poder de Inglaterra y la necesidad de independencia de sus antiguas colonias. Estas tienen, por su falta de vinculación geográfica, intereses internacionales diversos y hasta contrarios dentro de la vigente organización política y económica del mundo. El Canadá, por ejemplo, se siente lógicamente más próximo a los Estados Unidos que a Inglaterra. A medida que progrese la rivalidad, evidente desde hace tiempo, entre los imperialismos británico y norteamericano, el Canadá se distanciará más y más de Inglaterra.

Desde los primeros días de la post-guerra se advierte una oposición ostensible entre determinados intereses de la política internacional de Inglaterra y la orientación diplomática de algunos de sus dominios. La renovación del tratado anglo-japonés, por
ejemplo, encontró en los dominios del Pacífico una resistencia vigorosa engendraba por el temor de un futuro conflicto entre el
Japón y los Estados Unidos.

La unidad del Imperio, por más que el lenguaje de la conferencia parezca demostrar lo contrario, se muestra cada vez más debilitada. Inglaterra no ejerce en sus dominios toda la autoridad que convendría a su prestigio y a su fuerza internacionales. Frente a Turquía, se vió hace tres años forzada a ceder, debido en parte a consideraciones de su política colonial.

El problema de la India, o sea el mayor problema del Imperio, está intacto. Con el nuevo estatuto no se avanza un paso hacia una solución. Por el contrario, se exaspera el resentimiento de la India, tratado como una colonia menor de edad.

El pacto que acaba de suscribirse entre Inglaterra y las naciones que aceptan continuar conviviendo bajo el techo común del
Imperio, corresponde absolutamente a este periodo llamado de estabilización capitalista en que el Occidente, aplacada temporalmente la tempestad revolucionaria, acomete la empresa de reorganizar aún su vida, al menos por cierto tiempo, sobre las bases y los principios burgueses. Pero, admitida en sus lineamientos generales, la tesis de la decadencia de la civilización capitalista,
la primera de sus premisas resulta indudablemente la decadencia de la Gran Bretaña. Trotski, en su último libro, que tiene por título esta interrogación: "¿A dónde va Inglaterra?", enfoca los aspectos esenciales de la crisis británica. Bernard Shaw, desde sus puntos de vista fabianos, bastante lejanos de los puntos, de vista comunistas del gran leader ruso, constata en el fondo la misma crisis.

La Gran Bretaña, metrópoli de esta civilización liberal, industrial, burguesa y protestante, arribó con la guerra a su apogeo. Pero al día siguiente de su victoria, empezó su descenso.

Actualmente, la realidad del Imperio es más económica que política. Londres conserva su función de capital financiera, comercial y bursátil del conjunto de pueblos que reconoce la autoridad cada día más platónica y simbólica del Rey de Inglaterra. El poder de Inglaterra es su dinero. Pero lo que está en crisis en el mundo es, precisamente, este poder. Lo que se siente trepidar y fallar en Occidente es la economía del capital o del dinero.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La evolución de la economía peruana IV [Recorte de prensa]

La evolución de la economía peruana IV

El último capítulo de la evolución de la economía peruana es el de nuestra post-guerra. Este capítulo empieza con un período de casi absoluto colapso de las fuerzas productoras.

La derrota no solo significó para la economía nacional la pérdida de sus principales fuentes: el salitre y el guano. Significó, ademas, la paralización de las fuerzas productoras nacientes, la depresión general de la producción y del comercio, la depreciación de la moneda nacional, la ruina del crédito exterior. Desangrada, mutilada, la nación sufría una terrible anemia.

El poder volvió a caer, como después de la independencia, en manos de jefes militares, espiritual y orgánicamente inadecuados, para dirigir un trabajo de reconstrucción económica. Pero, muy pronto, la capa capitalista formada en los tiempos del guano y del salitre, reasumió su función y regresó a su puesto. De suerte que la política de reorganización de la economía del país se acomodó totalmente a sus intereses de clase. La solución que se dió al problema monetario, por ejemplo, correspondió típicamente a un criterio de latifundistas y propietarios, indiferentes no solo al interés del proletariado sino también al de la pequeña y media burguesía, únicas capas sociales a las caaes podía damnificar la súbita anulación del billete.

Esta medida y el contrato Grace, fueron, sin duda, los actos más sustantivos y más característicos de una liquidación de las consecuencias económicas de la guerra, inspirada por los intereses y los conceptos de una plutocracia terrateniente.

El contrato Grace, que ratificó el predominio británico en el Perú, entregando los ferrocarriles del Estado a los banqueros ingleses que hasta entonces habían financiado la república y sus derroches, dio al mercado financiero de Londres las prendas y las garantías necesarias para nuevas inversiones en negocios peruanos. En la restauración del crédito del Estado no se obtuvieron resultados inmediatos. Pero inversiones prudentes y seguras empezaron de nuevo a atraer en otros campos al capital británico. La economía peruana mediante el reconocimiento práctico de su condición de economía colonial, consiguió alguna ayuda para su convalescencia. La terminación del ferrocarril a la Oroya abrió al tráfico y al trabajo industriales el departamento de Junín, permitiendo la explotación en vasta escala de su riqueza minero.

La política económica de Piérola se ajustó plenamente a los mismos intereses. El caudillo demócrata, que durante tanto tiempo agitara estruendosamente a las masas contra la plutocracia, se esmeró en hacer una administración civilista. Su método tributario, su sistema fiscal, disipan todos los equívocos que pueden crear su frasearlo y su metafísica. Lo que confirma el principio de que en el plano económico se percibe siempre con más claridad que en el plano político el sentido y el contorno de la política, de sus hombres y de sus hechos.

Las faces fundamentales de esté capitulo en que nuestra economía, convalesciente de la crisis postbélico, se organiza lentamente sobre bases menos pingües, pero más sólidas que las del guano y del salitre, pueden ser concretadas esquemáticamente en los siguientes hechos:

1.- El desarrollo de la industria. El establecimiento de fábricas, usinas, transportes, etc. que transforman, sobre todo, la vida de la costa. La formación de un proletariado industrial, con creciente y natural tendencia a adoptar un ideario clasista. Hecho que ciega una de las antiguas fuentes del proselitismo caudillista y cambia los términos de la lucha político.

2.- El desarrollo del capital financiero. El surgimiento de bancos que financian diversas empresas industriales y comerciales; pero que se mueven dentro de un ámbito estrecho, enfeudados a los intereses del capital extranjero y de la gran propiedad agraria.

3.- El acortamiento de las distancias y el aumento del tráfico entre el Perú y Estados Unidos y Europa. A consecuencia de la apertura del canal de Panamá, que mejora notablemente nuestra posición geográfica, se acelera el proceso de incorporación del Perú en la civilización occidental.

4.- La gradual superación del poder británico por el poder norte-americano. El Canal de Panamá, más que a Europa, parece haber aproximado el país a los Estados Unidos. La participación del capital norte-americano en la explotación del cobre y del petróleo peruanos, que se convierten en dos de nuestros mayores productos, proporciona una ancha y durable base al creciente predominio yanqui. La exportación a Inglaterra que en 1898 constituía el 56.7 por ciento de la exportación total, en 1923 no llegaba sino al 33.2 %.

En el mismo período la exportación a los Estados Unidos subía del 9.5 % al 39.7. Y este movimiento se acentuaba más aún en la importación, pues mientras la de Estados Unidos, en dicho período de veinticinco años, pasaba del 10.0 al 38.9 %, la de la Gran Bretaña bajaba del 44.7 al 19.6 %.

5.- El desenvolvimiento de una clase capitalista, dentro de la cual cesa de prevalecer como antes la antigua aristocracia. La propiedad agraria conserva su potencia; pero declina la de los apellidos vinreynales. Se constata el robustecimiento de la burguesía urbana.

6.- La ilusión del caucho. En los años de su apogeo, el país cree haber encontrado El Dorado en la montaña, que adquiere temporalmente un valor extraordinario en la economía y, sobre todo, en la imaginación del país. Afluyen a la montaña muchos individuos de la que Blaise Cendrars llama "la fuerte raza de los aventureros". Con la baja del caucho, tramonta esta ilusión bastante tropical en su origen y en sus características.

7.- Las sobre-utilidades del período bélico europeo. El alza de los productos peruanos causa un rápido crecimiento de la fortuna privada nacional. Se opera un reforzamiento de la hegemonía de la costa en la economía peruana.

Me parece que, estos son los principales aspectos de la evolución económica del Perú en el período que comienza con nuestra post-guerra. No cabe en esta serie de sumarios apuntes, que aquí concluyen, un examen prolijo de las anteriores constataciones o proposiciones. En estos artículos me he propuesto solamente la definición esquemática de algunos rasgos esenciales de la formación y el desarrollo de la economía peruana. Me limitaré, para terminar, a una última constatación. La de que en el Perú actual coexisten elementos de tres economías diferentes. Bajo el régimen de economía feudal nacido de la conquista, subsisten en la sierra algunos residuos vivos todavía de la economía comunista indígena. En la costa, sobre un suelo feudal, crece una economía burguesa que, por lo menos en su desarrollo mental, da la impresión de una economía retardada.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Lloyd George

Lloyd George

Lenin es el político de la revolución; Mussolini es el político de la reacción; Lloyd George es el político del compromiso, de la transacción, de la reforma. Equidistante de la revolución y de la reacción, Lloyd George es una estadista ecléctico, equilibrista y mediador. Lejano de la extrema izquierda y de la extrema derecha, Lloyd George no es un fautor del orden nuevo ni del orden viejo. Desprovisto de toda adhesión al pasado y de toda impaciencia del porvenir, Lloyd George es un artesano, un constructor del presente. Lloyd George es un personaje sin filiación dogmática, sectaria, rígida. No es individualista ni colectivista; no es internacionalista ni nacionalista. Acaudilla una rama del liberalismo. Pero esta etiqueta de liberal corresponde a una razón de clasificación electoral más que a una razón de diferenciación programática. Liberalismo y conservadorismo son hoy dos escuelas políticas superadas y deformadas. Actualmente no asistimos a un conflicto dialéctico entre el concepto liberal y el concepto conservador sino a un contraste real, a un choque histórico entre la tendencia a mantener la organización capitalista de la sociedad y la tendencia a reemplazarla con una organización socialista y proletaria.

Lloyd George no es un teórico, un hierofante de ningún dogma económico ni político; es un realizador, es un conciliador casi agnóstico. Carece de puntos de vista rígidos. Sus puntos de vista son provisorios, mutables, precarios y móviles. Lloyd George se nos muestra en constante rectificación, en permanente revisión de sus ideas. Está, pues, inhabilitado para la apostasía. La apostasía su- pone traslación de una posición extremista a otra posición antagónica, extremista también. Y Lloyd George ocupa invariablemente una posición centrista, transaccional, intermedia. Sus movimientos de traslación no son, por ende, radicales y violentos sino graduales y mínimos. Lloyd George es, estructuralmente, un político posibilista. Sabe que la línea recta es, en la política como en la geometría, una línea teórica e imaginativa. La superficie de la realidad política es accidentada como la superficie de la Tierra. Sobre ella no se pueden trazar líneas rectas sino líneas geodésicas. Loyd George, por esto, no busca en la política la ruta más ideal sino la ruta más geodésica.

Para este cauto, redomado y perspicaz político el hoy es una transacción entre el ayer y el mañana. Lloyd George no se preocupa de lo que fue ni de lo que será, sino de lo que es.

Ni docto ni erudito, Lloyd George es, antes bien, un tipo refractario a la erudición y a la pedantería. Esta condición lo preserva de rigideces ideológicas y de principismos sistemáticos. Antípoda del catedrático, Lloyd George es un político de fina sensibilidad, dotado de órganos ágiles para la percepción original, objetiva y cristalina de los hechos. No es un comentador ni un espectador sino un protagonista, un actor consciente de la historia. Su retina política es sensible a la impresión veloz y estereoscópica del panorama circundante. Su falta de aprensiones y de escrúpulos dogmáticos le consiente usar los procedimientos y los instrumentos más adaptados a sus intentos. Lloyd George asimila y absorve instantáneamente las sugestiones y las ideas útiles a su orientamente espiritual. Es avisada, sagaz y flexiblemente oportunista. No se obstina jamás. Trata de modificar la realidad contingente, de acuerdo con sus previsiones, pero si encuentra en esa realidad excesiva resistencia, se contenta con ejercitar sobre ella una influencia mínima. No se obseca en una ofensiva inmadura. Reserva su insistencia, su tenacidad para el instante propicio, para la coyuntura oportuna. Y está siempre pronto a la transacción, al compromiso. Su táctica de gobernante consiste en no reaccionar bruscamente contra las impresiones y las pasiones populares, sino en adaptarse a ellas para encauzarlas y dominarlas mañosamente.

La colaboración de lloyd George en la Paz de Versalles, por ejemplo, está saturada de su oportunismo y su posibilismo. Lloyd George comprendió que Alemania no podía pagar una indemnización excesiva. Pero el ambiente delirante, frenético, histérico de la victoria, lo obligó a adherirse, provisoriamente, a la tesis contraria. El contribuyente inglés, deseoso de que los gastos bélicos no pesasen sobre su renta, mal informado de la capacidad económica de Alemania, quería que esta pagase el costo integral de la guerra. Bajo la influencia de ese estado de ánimo, se efectuaron las elecciones, presurosamente convocadas por Lloyd George a renglón seguido del armisticio. Y para no correr el riesgo de una derrota, Lloyd George tuvo que recoger en su programa electoral esa aspiración del elector inglés. Tuvo que hacer suyo el programa de paz de Lord Northcliffe y del "Times", adversarios sañudos de su política.

Igualmente Lloyd George era opuesto a que el Tratado mutilase, desmembrase a Alemania y engrandeciese territorialmente a Francia. Percibía el peligro de desorganizar y desarticular la economía de Alemania. Combatió, por consiguiente, la ocupación militar de la ribera izquierda del Rhin. Resistió a todas las conspiraciones francesas contra la unidad alemana. Pero, concluyó tolerando que se filtraran en el Tratado. Quiso, ante todo, salvar la Entente y la Paz. Pensó que no era la oportunidad de frustrar las intenciones francesas. Que, a medida que los espíritus se iluminasen y que el delirio de la victoria se extinguiese, se abriría paso automáticamente la rectificación paulatina del Tratado. Que sus consecuencias, preñadas de amenazas para el porvenir europeo, inducirían a todos los vencedores a aplicarlo con prudencia y lenidad. Keynes en sus “Nuevas consideraciones sobre las consecuencias económicas de la Paz” comenta así esta gestión: "Lloyd George ha asumido la responsabilidad de un tratado insensato, inejecutable en parte, que constituía un peligro para la vida misma de Europa. Puede alegar, una vez admitidos todos sus defectos, que las pasiones ignorantes del público juegan en el mundo un rol que deben tener en cuenta quienes conducen una democracia. Puede decir que la Paz de Versalles constituía la mejor reglamentación provisoria que permitían las reclamaciones populares y el carácter de los jefes de Estado. Puede afirmar que, para defender la vida de Europa, ha consagrado durante dos años su habilidad y su fuerza a evitar y moderar el peligro".

Después de la paz, de 1920 a 1922, Lloyd George ha hecho sucesivas concesiones formales, pro­tocolarias, al punto de vista francés: ha aceptado el dogma de la intangibilidad, de la infalibilidad del Tratado. Pero ha trabajado perseverantemen­te para atraer a Francia a una política tácita­mente revisionista. Y por conseguir el olvido de las estipulaciones más duras, el abandono de las cláusulas más imprevisoras.

Frente a la revolución rusa, Lloyd George ha tenido una actitud elástica. Unas veces se ha erguido, dramáticamente, contra ella; otras veces ha coqueteado con ella a hurtadillas. Al princi­pio, suscribió la política de bloqueo y de inter­vención marcial de la Entente. Luego, conven­cido de la consolidación de las instituciones ru­sas, preconizó su reconocimiento. De los leaders bolcheviques se ha expresado, reiteradamente, con una suerte de respestos verbales e ideológicos.

Tiene Lloyd George una visión europea panorámica, de la guerra social, de la lucha de clases. Su política se inspira en los in­tereses generales del capitalismo occidental. Y recomienda el mejoramiento del tenor de vida de los trabajadores europeos, a expensas de las poblaciones coloniales de Asia, Africa, etc. La revolución social es un fenómeno de la civilización capitalista, de la civilización europea, El régimen capitalista —a juicio de Lloyd George— debe adormecerla, distribuyendo entre los trabajadores de Europa una parte de las utilidades obtenidas de los demás trabajadores del mundo. Hay que extraer del bracero asiático, africano, australiano o americano los chelines necesarios para aumentar el confort y el bienestar del obrero europeo y debilitar su anhelo de justicia social. Hay que organizar la explotación de las naciones coloniales para que abastezcan de materias primas a las naciones capitalistas y absorban íntegramente su producción industrial. A Lloyd George, además, no le repugna ningún sacrificio de la idea conservadora, ninguna transacción con la idea revolucionaria. Mientras los reaccionarios quieren reprimir marcialmente la revolución, los reformistas quieren pactar con ella y negociar con ella. Creen que no es posible asfixiarla, aplastarla, sino, más bien, domesticarla.

Esta posición de Lloyd George en la política europea explica su caída del poder. Europa atraviesa un período reaccionario. De 1918 a 1920 Europa vivió un período de revolución. De entonces a hoy vive un período de contrarevolución. Abundan los síntomas: política fascista en Italia, política de Poincaré y del "bloc nacional" en Francia, política de-Hugo Stinnes y de los grandes “carteles” industriales en Alemania. Esta corriente reaccionaria, que arrojó a Nitti del gobierno de Italia y a Briand del gobierno de Francia, expulsó del gobierno de Inglaterra a Lloyd George.

Actualmente, Lloyd George acecha el instante de que las fuerzas de la reacción decaigan para reunir a su rededor a todos los elementos centristas y reformistas e intentar un nuevo experimento de la política del compromiso y de la mediación. La tendencia reformista es aún vital en Europa. En Italia no toda la burguesía es solidaria con Mussolini: Nitti, don Sturzo, "II Corriere della Sera" no se resignan a la dictadura fascista. En Francia se ensanchan progresivamente las bases electorales del "bloc de izquierdas", coalición de radicales y republicanos socialistas del tipo de Painlevé y Herriot. Todavía no se ha llegado a una polarización, a una concentración absoluta de conservadores y revolucionarios. Leopoldo Lugones ha dicho recientemente en la Argentina que el mundo debe elegir entre dos dictaduras: la de Mussolini o la de Lenin. Pero, por ahora, entre la extrema izquierda y la extrema derecha, entre el fascismo y el bolchevismo, existe una extensa, una vasta, una heterogénea zona intermedia, psicológica y orgánicamente democrática y evolucionista, que aspira a un acuerdo, una transacción entre la idea conservadora y la idea revolucionaria. Lloyd George es uno de los leaders sustantivos de esa zona templada de la política. Algunos le atribuyen un íntimo sentimiento demagógico. Y lo definen como un político nostálgico de una posición revolucionaria. Pero este juicio está hecho a base de datos superficiales de la personalidad de Lloyd George. Lloyd George no tiene aptitudes espirituales para ser un caudillo revolucionario ni un caudillo reaccionario. Le falta fanatismo, le falta dogmatismo, le falta sectarismo. Lloyd George es un relativista de la política. Y, como todo relativista, tiene ante la vida una actitud un poco risueña, un poco cínica, un poco irónica y un poco humorista.

José Carlos Mariátegui.

José Carlos Mariátegui La Chira