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La crisis griega [Recorte de prensa]

La crisis griega

Cuando en el Occidente europeo se habla de "política balkánica", se sobrentiende una política truculenta en la que se combinan y suceden por lo menos un golpe de estado militar, el arresto o la masacre de una familia real, el fusilamiento del último ministerio, la tentativa de establecer el comunismo, la promulgación de una nueva carta política y, finalmente, su derogatoria como consecuencia del pronunciamiento de la marina. Los Balkanes, tienen en política un gusto de grand guignol. La escena política se caracteriza ahí por sus tragedias en cuatro o cinco actos fulminantes y tormentosos.

En esta época en que la Europa Occidental se presenta tentada de adoptar costumbres y métodos un poco balkánicos, nadie puede por consiguiente, sorprenderse del desorden griego. Cabe, por el contrario, sorprenderse del relativo orden con que se produce. La dictadura ha sido derrocada pacíficamente. Y hasta ahora la nota más dramática de la situación es una tentativa de marítima de fuga marítima de Pangalos, que bien puede indicar la influencia de las películas norteamericanas en la política balkánica moderna.

Pángalos, el dictador tan cinematográficamente derribado y aprehendido, pretendía por otra parte, emular e imitar a dos dictadores occidentales como Mussolini y Primo de Rivera.

Durante el tiempo que ha detentado el poder se ha dedicado a una reproducción un poco exagerada —sin duda a causa de la diferencia histórica, sociológica y psicológica de Grecia— del sistema, del ideario y del lenguaje de ambos modelos de Occidente. Su gobierno no ha sido sino una traducción—nada importa que mala o de segunda mano—del gobierno fascista.

Presenciamos, pues, actualmente —más bien que un episodio de la mal afamada política balkánica— una anécdota de la modernísima política reaccionaria. El fracaso del pobre Pangalos es un fracaso de la Reacción. Pangalos se proponía nada menos que la reconstrucción de Grecia sobre un sólido cimiento fascista y militar. Para esto empezó naturalmente, por suprimir el Parlamento, suspender la Constitución, abolir sus garantías y enviar al exilio o a la cárcel a los que protestaban. Su programa nacionalista e imperialista miraba, como en Italia y España, a la radical y definitiva cancelación de la "vieja política" democrática y parlamentaria. Pero toda su energía se agotaba en un trabajo de represión y policía que no resolvía ninguno de los problemas vitales de Grecia. El lamentable y acéfalo coronel Pangalos no era capaz de darse cuenta de que la violencia en sí no es una política y mucho menos una política de regeneración nacional. Después de su desventurado experimento, Grecia no tiene, por el momento, más remedio que el regreso a la vieja política y a sus usados Konduriotis y Kondilis. Por enésima vez, a la democracia griega, no se le ocurre más que llamar a Venizelos.

Por supuesto, Venizelos no es hoy una solución del mismo modo que no le fue hace dos años. Pero Grecia, a renglón seguido de la dura prueba del régimen Pangalos, no tiene casi otro hombre de quien echar mano. Venizelos, tiene por lo menos la garantía de ser un estadista de la antigua escuela, inaparente quizá para estos tiempos post-bélicos, pero asaz marrullero y experimentado para sortear momentáneamente sus peligros.

La dificultad está en que ni siquiera respecto de Venizelos las fuerzas constitucionales se encuentran de acuerdo. Precisamente Venizelos es lo que más las separa. Se dividen, como es sabido, en dos grandes bandos, uno venizelista y otro antivenizelista. (Quedan naturalmente fuera de esta clasificación las fuerzas revolucionarias que, además de ser antivenizelistas, son anticonstitucionales).

El equilibrio del régimen constitucional y democrático, restablecido por Kondilis, con el consenso, según parece, del ejército y de la marina, resulta en consecuencia muy problemático. Lo que tampoco constituye un fenómeno peculiar y específicamente griego, sino una simple faz del fenómeno mundial, o al menos occidental, de la crisis de la democracia y del parlamento.

En esta crisis, los reaccionarios griegos, no son capaces de descubrir más que la solución Pángalos. Los demo-liberales, a su vez, con deplorable falta de imaginación, no son capaces de descubrir más que la solución Venizelos. Los revolucionarios son los únicos que no tienen una fórmula tan fácil y tan simple. Porque la solución por la cual ellos trabajan no la guarda hecha, en su bolsillo, un político redomado ni un coronel megalómano. Debe gestarla y parirla trágica y dolorosamente, la historia.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El tramonto de Primo de Rivera. La conferencia de La Haya. La limitación de los armamentos navales

El tramonto de Primo de Rivera
Con escepticismo de viejo mundano, no exento aún del habitual alarde fanfarrón, el Marqués de Estella prepara su partida del poder. El año 1930 señalará la liquidación de la dictadura militar, inaugurada con hueca retórica fascista hace seis años.
Estos seis años de administración castrense debían haber servido, según el programa de Primo de Rivera, para una completa transformación del régimen político y constitucional de España. Pero esta es, precisamente, la promesa que no ha podido cumplir. Después de seis años de vacaciones, no muy alegres ni provechosas, la monarquía española regresa prudentemente a la vieja legalidad. El proyecto de reforma constitucional, boicoteado por todos los partidos, ha sido abandonado. Primo de Rivera no ha podido persuadir al rey de que debe correr hasta el final esta juerga. El rey prefiere restaurar, con gesto arrepentido, la antigua constitución y los antiguos partidos. A este mísero resultado llega una jactanciosa aventura que se propuso nada menos que el entierro de la vieja política.
Unamuno puede reír del trágico-cómico acto final de esta triste farsa con legítimo gozo de profeta. Los que encuentran siempre razones para vivir el minuto, pensando que “lo real es racional”, declararon exagerada y hasta ridícula la campaña de Unamuno en Hendaya. El filósofo de Salamanca, según ellos, debía comportarse con más diplomática reserva. Sus coléricas requisitorias no les parecían de buen tono. Ahora quien da “zapatetas en el aire” no es el gran desterrado de Hendaya. Es el efímero e ineficaz dictador de España que, en el poder todavía, hace el balance de su gobierno frustrado. Sirvió hace seis a su rey y para una escapatoria de monarca calavera. I ahora su rey lo licencia, para volver a la constitucionalidad.
La dictadura flamenca del Marqués de Estella no ha cumplido siquiera el propósito de jubilar definitivamente a los viejos políticos. Los más acatarrados liberales y conservadores se aprestan a reanudar el juego interrumpido en 1923. Primo de Rivera es un jugador que ha perdido la partida. No jugaba por cuenta suya, sino por la del rey. Alonso XIII no le ha dejado al menos terminar su juego.

La conferencia de La Haya
La nueva conferencia de la Haya relega a segundo término a los diplomáticos de la paz capitalista. Esta vez es Tardieu y no Briand quien tiene la palabra a nombre de Francia. Mientras Tardieu exige la inclusión en el protocolo sobre el pago de las reparaciones de las sanciones militares que se adoptarán en caso de incumplimiento de Alemania, Briand prepara las frases que pronunciará en Ginebra, en el consejo de la Liga de las Naciones. Los propios delegados financieros pasan a segundo término. Tardieu necesita satisfacer el nacionalismo del electorado en que se apoya su gobierno. I hasta ahora, a lo que parece, los antiguos aliados de Francia lo sostienen. Briand ha quedado desplazado del puesto de responsabilidad. Tardieu engancha sus poderes en el ministerio que preside y en el que desempeña la cartera del interior. Negociador del tratado de Versailles, le toca hoy firmar el protocolo que pone en vigencia, ligeramente retocado, el plan Young para el pago de las reparaciones. Hace doce años, en Versailles, le habría sido difícil prever que el capítulo del arreglo de las reparaciones resultase tan largo. Tal vez, en sus previsiones íntimas de entonces, su propia ascensión a la jefatura del gobierno aparecía calculada para mucho antes de 1929.
El gobierno alemán, en visible crisis desde la renuncia de Hilferding, sacrificado al implacable director del Reichsbank, puede regresar seriamente disminuido en su prestigio a Berlín, si Tardieu obtiene en la Haya la suscripción de sus condiciones.

La limitación de los armamentos navales
En otra estación se encuentra el debate sobre la limitación de los armamentos navales de las grandes potencias. La conferencia de las cinco potencias vencedoras en la guerra mundial, -Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Francia e Italia-, que se reunirá en Londres no cuenta con más base de trabajo que el entendimiento anglo-americano. Para arribar a un acuerdo de las cinco potencias, hace falta todavía concretar las reivindicaciones del Japón, Francia e Italia entre si y con el equilibrio y la primacía de las escuadras de la Gran Bretaña y Estados Unidos. El Japón aspira una proporción mayor de la que estas dos potencias le han fijado. Francia resiste a la supresión del submarino como arma naval. Italia reclama la paridad franco-italiana. Anteriormente, Italia era también favorable al submarino; pero conforme a los últimos cablegramas parece ahora ganada a la tesis adversa. En cambio, se muestra irreductible en cuanto al derecho a tener una escuadra igual a la de Francia. Este derecho, por mucho tiempo, sería solo teórico. Su uso estaría condicionado por las posibilidades económicas del país. Mas el gobierno fascista considera la paridad como una cuestión de prestigio. Un régimen que se propone restituir a Italia su rol imperial no puede suscribir un pacto naval que la coloque en un rango inferior al de Francia.
Francia, a su vez, sentiría afectado su prestigio político por la paridad de armamentos navales con Italia. Aceptar esta paridad sería consentir en una disminución de su jerarquía de gran potencia o convenir en la ascensión de Italia al lado de una Francia estacionaria no obstante la victoria de 1928. Tardieu no es el gobernante más dispuesto a este género de concesiones que podrían comprometer su compósita mayoría parlamentaria.
Las perspectivas de la conferencia son, por tanto, muy oscuras. No existe sino un punto de partida: el acuerdo de los Estados Unidos y la Gran Bretaña para dividirse la supremacía marítima. I, por supuesto, no es el caso de hablar absolutamente de desarme.
José Carlos Mariátegui.

José Carlos Mariátegui La Chira