El libro de la Nave Dorada de Alcides Spelucín [Recorte de prensa]
- PE PEAJCM JCM-F-03-3-3.3-1926-08-13
- Item
- 1926-08-06
Parte deFondo José Carlos Mariátegui
"El libro de la Nave Dorada" de Alcides Spelucín
Alcides Spelucín, el buen hermano, el noble poeta, nos da su primer libro. Están en si, entre otras, las poesías que me leyó hace ocho años cuando nos conocimos en Lima en la redacción del diario donde yo trabajaba. Abraham Valdelomar medió fraternamente en este encuentro después del cual Alcides y yo nos hemos reencontrado muy pocas veces, pero hemos estado cada día más próximos. nuestros destinos tienen una esencial analogía dentro de su disimilitud formal. Procedemos él y yo, mas que de la misma generación, del mismo tiempo. Nacimos bajo idéntico signo. Demasiado tarde para pertenecer exclusivamente a la generación de Valdelomar; demasiado temprano para pertenecer completamente a la de Haya de La Torre. Nos nutrimos en nuestra adolescencia literaria de las mismas cosas: decadentismo, modernismo, estetismo, individualismo, escepticismo. Coincidimos más tarde en el doloroso y angustiado trabajo de superar estas cosas y evadirnos de su mórbido ámbito. Partimos al extranjero en busca no del secreto de los otros sino en busca del secreto de nosotros mismos. Yo cuento mi viaje en un libro de política; Spelucín cuenta el suyo en un libro de poesía. Pero en esto no hay sino diferencia de aptitud o, si se quiere, de temperamento; no hay diferencia de peripecia ni de espíritu. Los dos nos embarcamos en "la barca de oro en pos de una isla buena". Los dos, en la procelosa aventura, hemos encontrado a Dios y hemos descubierto a la Humanidad. Alcides y yo, puestos a elegir entre el pasado y el porvenir, hemos votado por el porvenir. Supérstites dispersos de una escaramuza literaria, nos sentimos hoy combatientes de una batalla histórica. No seríamos de ninguna generación, si la nueva, la actual, no nos hubiera adoptado.
Esta solidaridad espiritual, esta mancomunidad histórica, me descalifican quizá, a juicio de algunos, para juzgar imparcialmente la poesía de Spelucín. Pero si la critica imparcial, es la lejana, gélida y exterior de los que no aman una obra, no creo que valga absolutamente la pena que exista. Pienso con Antenor Orrego que solo quien ama es el que más entrañablemente comprende.
"El Libro de la Nave Dorada" es una estación del viaje y del espíritu de Alcides Spelucín. Orrego advierte de esto al lector en el prefacio, henchido de emoción, grávido de pensamiento, que ha escrito para este libro. "No representa —escribe— la actualidad estética del creador. Es un libro de la adolescencia, la labor poética primigenia, que apenas rompe el claustro de la anónima intimidad. El poeta ha recorrido desde entonces mucho camino ascendente y gozoso; también mucha senda dolorosa. El espíritu está hoy más granado, la visión más luminosa, el vehículo expresivo más rico, más agilizado y más potente; el pensamiento más deslumbrado de sabiduría; más extenso de panorama; más valorizado por el acumulamiento de intuiciones; el corazón más religioso, más estremecido y más abierto hacia el mundo. Es preciso marcar esto para que el lector se de cuenta de la penosa precocidad del poeta que cuando escribe este libro es casi un niño".
Como canción del mar, como balada del trópico, este libro es en la poesía de América algo así como una encantada prolongación de la "Sinfonía en Gris Mayor". La poesía de Alcides tiene en esta jornada ecos melodiosos de la música rubendariana. Se nota también la posterioridad de las adquisiciones hechas por la lírica hispanoamericana en la obra de Herrera y Reissig. La huella del poeta uruguayo está espléndidamente viva en versos como estos:
"Y ante un despertamiento planetario de nardos
bramando lilas tristes por la ruta de oriente
se van los vesperales, divinos leopardos”.
(‘‘Caracol bermejo”)
Pero esta presencia de Herrera y Reissig y la del propio Rubén Darío no es sensible sino en la técnica, en la forma, en la estética.
Spelucín tiene del decadentismo la expresión; pero no tiene el espíritu. Sus estados de alma no son nunca mórbidos. Una de las cosas que atraen en él es su salud cabal. Alcides ha absorbido muchos de los venenos de su época, pero su recia alma, un poco rústica en el fondo, se ha conservado pura y sana. Todo Alcides está en esta plegaria de acendrado lirismo:
¿No me darás la arcilla de la cantera rosa
donde labrar mi base para gustar Amor?
¿No me darás un poco de tierra melodiosa
donde plasmar la fiebre de mi ensueño, Señor?
Mi vida es un estanque de agua bituminosa,
lanza en él una estrella de ternura y de albor,
y en el plinto de mi alma pon un mármol de diosa,
aunque sea truncado como Venus, Señor.
Por los líricos ritos, por vésperos y auroras,
por la lepra de luna que cilicia mis horas,
heme triste, heme bueno, heme humilde, Señor...
Apto estoy para ungirme con tus celestes dones
pero, si voy enfermo, sangrante de canciones,
con mi lepra de luna...¿quién me querrá Señor?
Alcides se semeja a Vallejo en la piedad humana, en la ternura humilde, en la efusión cordial. En una época que era aún de egolatrismo exasperado y bizantinismo d'annunziano, la poesía de Alcides tiene un perfume de parábola franciscana. Su alma se caracteriza por un cristianismo espontáneo y sustancial Su acento parece ser siempre el de esta otra plegaria con sabor de espiga y de ángelus como algunos versos de Francis Jammes:
Por esta dulce hermana menor de ojos tan suaves
de tímidas palabras, de insospechado andar,
que surge diligente en los instantes graves
y es triste, mansa y buena como un lueñe cantar.
Por esta dulce hermana que maneja las llaves
de la exigua despensa y el arcón familiar;
que cuida de las flores y cuida de las aves,
y se esconde sólita a tejer y a llorar;
Por esta dulce hermana Señor vengo a tu predio,
celeste, manumiso, descalzo, tembloroso
trayéndote mi ruego como un incienso leve...
Esta caridad, esta inocencia de Alcides, son perceptibles hasta en esas "aguas fuertes" de estirpe un poco baudeleriana, que, asumiendo íntegra la responsabilidad de su poesía de juventud, ha incluido en "El Libro de la Dorada”. Y son talvez la raíz de su socialismo que es un acto de amor más que de protesta.
José Carlos Mariátegui
José Carlos Mariátegui La Chira