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Los médicos y el socialismo. La ley marcial en Haití

Los médicos y el socialismo
La larga y magna secuencia que ha tenido en el gremio médico español la adhesión del Dr. Marañón al Partido Socialista, convida a enfocar el tópico de las profesiones liberales y el socialismo. No cabe duda acerca de que si Marañón y otros ases de la medicina han pedido su inscripción en los registros del Partido Socialista Español, es porque previamente los había ganado ya la política. Tampoco cabe duda respecto a que han entrado en el Partido Socialista, no por razones de expresa y excluyente suscripción del programa proletario, sino porque no podía enrolarse sino en un partido viviente. Los viejos partidos españoles están muertos. Lo que rechaza en ellos a los intelectuales activos e inquietos, sensibles y atentos a la vitalidad, no es tanto su ideología como su inanidad. El Partido Socialista Español, en fin, más que una función revolucionaria clasista tiene una función liberal.
Pero todo esto deja intacta la cuestión central: la permeabilidad de la medicina entre las profesiones liberales, a las ideas socialistas. Desde Marx y Engels está constatada la resistencia reaccionaria de los hombres de leyes a estas ideas. El abogado es, ante todo, un funcionario al servicio de la propiedad. I la abogacía, por razones pragmáticas, se comporta como una profesión conservadora. Este es un hecho que se observa a partir de la Universidad. Los estudiantes de derecho son, generalmente, los más reaccionarios. Los de pedagogía, constituyen el sector más avanzado. Los de medicina, menos proclives por su práctica científica a la meditación política, no tiene más motivos de reserva que los sentimientos heredados de su ambiente familiar. Mas la medicina como la pedagogía no temen absolutamente al socialismo. Quienes las ejercen, saben que un régimen socialista si algo supone respecto al porvenir de estas profesiones en su utilización más intensa y extensa. El Estado socialista no ha menester, para su funcionamiento, de muchos hombres de leyes; pero, en cambio, ha menester de muchos médicos y de muchos educadores. Los ingenieros cuentan igualmente con su favor.
Lo más sugestivo en el caso de Marañón y sus colegas de la medicina española es que estos intelectuales eminentes y célebres se incorporan, sin hesitación, en un partido fundado hace años por un obrero oscuro, por un tipógrafo, con otros hombres previdentes y abnegados del proletariado. El Partido Socialista español ha hecho solo y exiguo muchas largas jornadas antes de atraer a sus rangos a los magnates de la inteligencia. Marañón y sus colegas se dan cuenta de que sería absurda por su parte la tentativa de crear un partido nuevo. Los partidos no nacen de un conciliábulo académico. El diagnóstico de la situación política española a que han llegado esos médicos insignes es bastante sagaz para comprenderlo.

La ley marcial en Haití
No se han modificado los métodos de Estados Unidos en la América colonial. No pueden modificarse. La violencia no es empleada en los países sometidos a la administración yanqui por causas accidentales. Tres hechos señalan en el último lustro la acentuación de la tendencia marcial de la política norte-americana en esos países; la intervención contra la huelga de Panamá, la ocupación y la campaña de Nicaragua y la reciente declaratoria del estado de sitio en Haití. La retórica de buena voluntad es impotente ante estos hechos.
En Haití, como en los otros países, la ocupación militar está amparada por un grupo de haitianos investidos por la fuerza imperialista de la representación legal de la mayoría. Los enemigos de la libertad de Haití, los traidores de su independencia, son sin duda los que más repugnan el sentimiento libreamericano.
Hispano-América tiene ya larga experiencia de estas cosas. Empieza a comprender que lo que la salvará no son las admoniciones al imperialismo yanqui, sino una obra lenta y sistemática de defensa, realizada con firmeza y dignidad, en la que tendrá de su lado las fuerzas nuevas de los Estados Unidos.
José Carlos Mariátegui.

José Carlos Mariátegui La Chira

El congreso anti-imperialista de Bruselas [Recorte de prensa]

El congreso anti-imperialista de Bruselas

La reunión del Congreso Anti-Imperialista de Bruselas coincide con un instante de vigorosa ofensiva del imperialismo en todos los frentes en que se organiza, contra sus ataques, el sentimiento nacionalista revolucionario. Inglaterra moviliza buques y soldados contra la China; Estados Unidos desembarca sus tropas en Nicaragua; y su canciller Kellogg amenaza a México, en servicio de los intereses de sus petroleras, contrariados por la nueva legislación mexicana. Al mismo tiempo, Mussolini reclama para Italia las colonias sobre las cuales debe asentarse el Imperio Fascista.

La derrota de Abd-el-Krim, que ha puesto término a una larga y cruenta guerra colonial, parece haber señalado la inauguración de un período de prepotencia y agresividad imperialista.

El Congreso de Bruselas llego, pues, a tiempo. No es posible confundirlo con una de esas habituales asambleas en que se ejercita, académica e inócuamente, en un escenario cosmopolita, la retórica de los grandes habladores internacionales. La asamblea de Bruselas responde a un apremiante clamor de esta hora.

Convocada y organizada por la Liga Internacional Anti-imperialista cuenta entre sus patrocinadores a Albert Einstein, a Henri Barbusse, al sabio chino Kuo Meng, rector de una universidad china, a Ledebour, leader de los socialistas independientes alemanes y a otros hombres eminentes e idealistas. Participan en sus labores el Kuo-Ming Tang, el Consejo General de Trabajadores de Pekín, el Partido Nacionalista de Puerto Rico, la Ligo Anti-imperialista de América, la APRA, el Partido Socialista de Persia, las organizaciones revolucionarias y nacionalistas de la India, el Egipto, la siria, etc.

Están, por tanto, representados en este congreso todos los pueblos del mundo que combaten por su emancipación del dominio de un imperialismo extranjero.

Todos, los pueblos oprimidos por uno de los imperios que se reparten los mercados de producción y de consumo, fraternizan hoy en Bruselas, donde encuentran la solidaridad de los partidos y de los hombres que, a su turno, luchan en Europa por el establecimiento
de un orden nuevo.

Este acontecimiento tiene el más vasto alcance histórico. Por primera vez la cuestión del imperialismo es planteada en una asamblea
mundial, con el objeto de concertar las bases de una acción anti-imperialista que preste a cada uno de los pueblos que reivindican su independencia la fuerza moral y material de todas las organizaciones revolucionarias.

El imperialismo aparece robustecido por la estabilización temporalmente lograda por el régimen capitalista en Europa. Esta estabilización no puede durar si las naciones capitalistas de Europa no se aseguran una más intensa y segura explotación de los países coloniales de Asia, América y Africa. La ofensiva imperialista se explica, perfecta y claramente, como una necesidad de la defensa del orden burgués. Solo a expensas de las colonias, pueden las burguesías de Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, ofrecer a las clases trabajadoras el mínimo de bienestar necesario para impedir un vigoroso renacimiento del sentimiento revolucionario.

En Estados Unidos el problema no es el mismo. El capitalismo norte-americano se encuentra en su apogeo. Conserva todavía integra su vitalidad. Pero su desarrollo exige la extensión dei imperio económico norteamericano en América y Asia. Se ha entablado una encarnizada competencia entre las grandes potencias capitalistas, en la cual Norteamérica se empeña en vencer. Mientras a los imperialismos europeos los mueven, sobre todo, fines de conservación, al imperialismo norteamericano lo impulsan, principalmente, razones de crecimiento. Esto lo define como el más fuerte.

Tiene, en consecuencia, el Congreso de Bruselas un trabajo complejo.

La lucha anti-imperialista se presenta absolutamente vinculada a la lucha revolucionaria. El socialismo europeo se encuentra en la necesidad de sostener y apoyar las reivindicaciones anti-imperialistas aunque no sean rigurosamente proletarias. El nacionalismo que en las naciones de Europa, tiene forzosamente objetivos imperialistas y por ende reaccionarios, en las naciones coloniales o semi-coloniales adquiere una función revolucionaria, cuando existe real y activamente y no constituye una mera etiqueta conservadora y tradicionalista.

El mérito de haber advertido esto, desde su primera hora, no le puede ser regateado a la Tercera Internacional, ni aún por sus más acres críticos del socialismo reformista. Lenin, con su genial clarovidencia, comprendió, primero que nadie, la solidaridad de la revolución proletaria de Occidente con las revoluciones nacionalistas de Asia, Africa, etc. Los socialistas reformistas se escandalizaron de este punto de vista que ahora obtiene plena ratificación de la historia.

Pero el origen de tal actitud se halla en la práctica socialista de los tiempos pre-bélicos. Los socialistas europeos, con pocas excepciones, se mostraban entonces indiferentes a la suerte de los pueblos de color. Después de la guerra, las cosas han cambiado, aún en los países donde el sentimiento de superioridad de la raza blanca se conserva más arraigado. Se ha visto así a los laboristas británicos oponerse enérgicamente a la política de su gobierno cuando éste pretendió emplear el poder militar de la Gran Bretaña contra la Turquía de Mustafá Kemal.

Es muy significativo y trascendente el hecho de que el Congreso Anti-imperialista se celebre en Europa, auspiciado y convocado por europeos a los que no repugna la mancomunidad con asiáticos, africanos e indiamericanos. La burguesía europea atribuye a su política reaccionaria —sin excluir naturalmente su ofensiva imperialista— fines de defensa de la Civilización. Pero hombres como Einstein, que han prestado a la Civilización servicios que la burguesía no puede contestarle ni discutirle, afirman con su actitud honrada y valiente que el capitalismo y la civilización no son la misma cosa y cae bien puede desaparecer el primero sin que sucumban ni declinen los principios y las conquistas esenciales de la segunda.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira