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04.04.02

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  • POLITICA

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Nitti

Nitti

Nitti, Keynes y Caillaux ocupan el primer rango entre los pionners y los fautores dela política de reconstrucción europea. Estos estadistas propugnan una política de solidaridad y de cooperación entre las naciones y de solidaridad y cooperación entre las clases. Patrocinan un programa de paz internacional y de paz social. Contra este programa insurgen las derechas que, en el orden internacional, tienen una orientación imperialista y conquistadora y, en el orden doméstico, una orientación reaccionaria y antisocialista. La aversión de las extremas derechas a la política bautizada con el nombre de "política de reconstrucción europea" es una aversión histérica, delirante y fanática. Sus clubs y sus logias secretas condenaron a muerte a Walther Rathenau que aportó una contribución original, rica e inteligente al estudio de los problemas de la paz.

La política de reconstrucción europea es la política de Lloyd George. Es la política de la transacción y del compromiso entre el orden viejo y el orden nuevo. Nitti, Keynes, Caillaux, son sus teóricos, sus ideólogos, sus catedráticos; Lloyd George es, más bien, su realizador. Los puntos de vista de Nitti, de Caillaux, de Keynes son panorámicos y generales; los puntos de vista de Lloyd George son contingentes y graduales. Pero unos y otros tienen la misma filiación y la misma tendencia.

El actual capítulo de la historia mundial es un capítulo reaccionario y guerrero. Sus protagonistas típicos, peculiares, característicos, son Mussolini, Poincaré y Primo de Rivera. Prevalecen, agudamente, las corrientes de la reacción y del nacionalismo. En Alemania se incuba un “putsch” pangermanista destinado a inaugurar una dictadura de los grupos de derecha. En todas partes, toma la ofensiva la idea conservadora. Los políticos de la reconstrucción saben que el instante no les es propicio. Pero confían en una conquista paulatina de la opinión. Y lanzan al asalto sus libros, sus periódicos, sus discursos. Su propaganda penetra, sobre todo, en los núcleos intelectuales, más sensibles a la ideología de la reforma que a la ideología de la revolución o de la reacción.

La figura de Nitti es, pues, una alta figura europea. Nitti no se inspira en una visión local sino en una visión europea de la política. La crisis italiana es enfocada por el pensamiento y la investigación de Nitti sólo como un sector, como una sección de la crisis mundial. Nitti escribe un día para el “Berliner Tageblatt” de Berlín y otro día para la United Press de New York. Polemiza con hombres de París, de Varsovia, de Moscou.

Nitti es un italiano meridional. Sin embargo, no es el suyo un temperamento tropical, frondoso, excesivo, como suelen serlos temperamentos meridionales. La dialéctica de Nitti es sobria, escueta, precisa. Acaso por esto no conmueve mucho al espíritu italiano, enamorado de un lenguaje retórico, teatral y ardiente. Nitti, como Lloyd George, es un relativista de la política. No lo atrae la reacción ni la revolución. No se adapta a una posición extremista. No es accesible al sectarismo de la derecha ni al sectarismo de la izquierda. Es un político frío, cerebral, risueño, que matiza sus discursos con notas de humorismo y de ironía. Es un político que “fa dello spirito” como dicen los italianos. Pertenece a esa categoría de políticos de nuestra época que han nacido sin fe en la ideología burguesa y sin fe en la ideología socialista y a quiénes, por tanto, no repugna ninguna transacción entre la idea nacionalista y la idea internacionalista, entre la idea individualista y la idea colectivista. Los conservadores puros, los conservadores rígidos, vituperan a estos estadistas eclécticos, permeables y dúctiles. Excecran su herética falta de fe en la infalibilidad y la eternidad de la sociedad burguesa. Los declaran inmorales, cínicos, derrotistas, renegados. Pero este último adjetivo, por ejemplo, es clamorosamente injusto. Esta generación de políticos relativistas no ha renegado nada por la sencilla razón de que nunca ha creído ortodoxamente nada. Es una generación estructuralmente adogmática y heterodoxa. Vive equidistante de las tradiciones del pasado y de las utopías del futuro. No es futurista ni pasadista, sino presentista, actualista. Ante las instituciones viejas y las instituciones venideras tiene una actitud agnóstica y pragmatista. Pero, recónditamente, esta generación tiene también una fe, un mito, una religión. La fe, el mito, la religión de la Civilización occidental. La raíz de su evolucionismo es esta devoción íntima. Es refractaria a la reacción porque teme que la reacción excite, estimule y enardezca el ímpetu destructivo de la revolución. Piensa que el mejor modo de combatir la revolución violenta es el de hacer la revolución pacífica. No se trata, para esta generación política, de conservar el orden viejo ni de crear el orden nuevo: se trata de salvar la Civilización, esta Civilización occidental, esta “abendlaendische Kultur” que, según Oswald Spengler, ha llegado a su plenitud y, por ende, a su decadencia. Gorki, justamente, ha clasificado a Nitti y a Nansen como a dos grandes espíritus de la Civilización europea. En Nitti se percibe, en efecto, a través de sus excepticismos y sus relativismos, una adhesión absoluta: su adhesión a la Cultura y al Progreso europeos. Antes que italiano, se siente europeo, se siente occidental, se siente blanco. Quiere, por eso, la solidaridad de las naciones europeas, de las naciones occidentales. No le inquieta la suerte de la Humanidad con mayúscula; le inquieta la suerte de la humanidad occidental, de la humanidad blanca. No acepta el imperialismo, de una nación europea sobre otra; pero sí acepta el imperialismo del mundo occidental sobre el mundo cafre, hindú, árabe o piel roja.

Sostiene Nitti, como todos los políticos de la “reconstrucción”, que no es posible que una potencia europea extorsione o ataque a otra sin daño para toda la economía europea, para toda la vitalidad europea. Los problemas de la paz han revelado la solidaridad, la unidad del organismo económico de Europa. Y la imposibilidad de la restauración de los vencedores a costa de la destrucción de los vencidos. , A los vencedores les está vedada, por primera vez en la historia del mundo, la voluptuosidad de la venganza. La reconstrucción europea no puede ser sino obra común y mancomunada de todas las grandes naciones de Occidente. En su libro “Europa senza pace”, Nitti recomienda las siguientes soluciones: reforma de la sociedad de las naciones sobre la base de la participación de los vencidos; revisión de los tratados de paz; abolición de la comisión de reparaciones; garantía militar a Francia; condonación recíproca de las deudas interaliadas, al menos en una proporción del ochenta por ciento; reducción de la indemnización alemana a cuarenta mil millones de francos oro; reconocimiento a Alemania de la cancelación de veinte mil millones como monto de sus pagos efectuados en oro, mercaderías, naves, etc. Pero las páginas críticas, polémicas, destructivas de Nitti son más sólidas y más brillantes que sus páginas constructivas. Nitti ha hecho con más vigor la descripción de la crisis europea que la teorización de sus remedios. Su exposición del caos, de la ruina europea es impresionantemente exacta y objetiva; su programa de reconstrucción es, en cambio, hipotético y subjetivo.

A Nitti le tocó el gobierno de Italia en una época agitada y nerviosa de tempestad revolucionaria y de ofensiva socialista. Las fuerzas proletarias estaban en Italia en su apogeo. Ciento cincuentaicinco diputados socialistas ingresaron en la cámara con el clavel rojo en la solapa y las estrofas de la Internacional en los labios. La Confederación General del Trabajo, que representaba a más de dos millones de trabajadores gremiados, atrajo a sus filas a los sindicatos de funcionarios y empleados del Estado. Italia parecía madura para la revolución. La política de Nitti, bajo la sugestión de este ambiente revolucionario, tuvo necesariamente una entonación y un gesto demagógicos. El Estado abandonó algunas de sus posiciones doctrinarias ante el empuje de la ofensiva revolucionaria.
Nitti dirigió sagazmente esta maniobra. Las derechas, soliviantadas y dramáticas, lo acusaron de debilidad y de derrotismo.
Lo denunciaron como un sabotador, como un desvalorizador de la autoridad del Estado. Lo invitaron a la represión inflexible de la agitación proletaria. Pero estas grimas, estas aprénsiones y estos gritos de las derechas no conmovieron a Nitti.

Avizor y diestro, comprendió que oponer a la revolución un dique granítico era provocar, talvez, una insurrección violenta. Y que era mejor abrir todas las válvulas del Estado al escape y al desahogo de los gases explosivos acumulados a causa de los dolores de la guerra y los desabrimientos de la paz. Obediente a este concepto, se negó a castigar las huelgas de ferroviarios y telegrafistas del Estado y a usar rígidamente las armas de la ley, de los tribunales y de los gendarmes. En medio del escándalo y la consternación de las derechas, tornó a Italia, amnistiado, el leader anarquista Enrique Malatesta. Y los delegados del partido socialista y de los sindicatos, con pasaportes regulares del gobierno, marcharon a Moscou para asistir al congreso de la Tercera Internacional. Nitti y la Monarquía flirteaban con el socialismo. El director de “La Nazione” de Florencia me decía en aquella época: “Nitti lascia andaré”. Ahora se advierte que, históricamente, Nitti salvó entonces a la burguesía italiana de los asaltos de la revolución. Su política transaccional, elástica, demagógica, estaba dictada e impuesta por las circunstancias históricas. Pero, en la política como en la guerra, la popularidad no corteja a los generalísimos de las grandes retiradas sino a los generalísimos de las grandes batallas. Cuando la ofensiva revolucionaria empezó a agotarse y la reacción a contraatacar, Nitti fue desalojado del gobierno por Giolitti. Con Giolitti la ola revolucionaria llegó a su plenitud en el episodio de la ocupación de las usinas metalúrgicas . Y entraron en acción Mussolini, las “camisas negras” y el fascismo. Las izquierdas, sin embargo, volvieron todavía a la ofensiva. Las elecciones de 1921, maIgrado las guerrillas fascistas, reabrieron el parlamento a ciento treintaiséis socialistas. Nitti, contra cuya candidatura se organizó una gran cruzada de las derechas, volvió también a la cámara. Varios diarios cayeron dentro de la órbita nittiana. Aparecieron en Roma “Il Paese” e “II Mondo”. Los socialistas, divorciados de los comunistas, estuvieron próximos a la colaboración ministerial. Se anunció la inminencia de una coalición social-democrática dirigida por De Nicola o por Nitti. Pero los socialistas, cisionados y vacilantes, se detuvieron en el umbral del gobierno. La reacción acometió resueltamente la Conquista del poder. Los fascistas marcharon sobre Roma y barrieron de un soplo el raquítico, pávido y medroso ministerio Facta. Y la dictadura de Mussolini dispersó a los grupos demócratas y liberales.

La burguesía italiana, después, se ha uniformado, oportunísticamente, de “camisa negra”. “El Paese” filo-socialista’ ha sido transformado en “II Nuovo Paese” fascista ultraísta. “Il Secolo XIX”, viejo reducto de la democracia, evacuado por Mario Missiroli y Guglielmo Ferrero, ha ingresado en la prensa fascista. Una parte de los populares ha abandonado a Don Sturzo para escoltar a los “fasci”. Y Andrea Torre, fundador del “Mondo” ha concluido por tratar con Mussolini. Pero Nitti no ha capitulado ante el fascismo. Menos oportunista, menos flexible que Lloyd George no se ha plegado a las pasiones actuales de la muchedumbre . Se ha retirado a su provincia, a la Basilicata, a su vida de estudioso, de- investigador y de catedrático. El instante no es favorable a los hombres de su tipo. Nitti no habla un lenguaje pasional sino un lenguaje intelectual. No es un leader tribunicio y tumultuario. Es un hombre de ciencia, de universidad y de academia. Y en esta época de neo-romanticismo, las muchedumbres no quieren estadistas sino caudillos. No quieren sagaces pensadores sino bizarros, míticos y taumatúrgicos capitanes.

El programa de reconstrucción europea propuesto por Nitti es típicamente -el programa de un economista. Nitti, saturado del
pensamiento de su siglo, tiende a la interpretación económica, materialista, de la historia. Algunos de sus críticos se duelen precisamente de su inclinación sistemática a considerar exclusivamente el aspecto económico de los fenómenos históricos y a descuidar su aspecto moral y psicológico. Nitti cree, fundadamente, que la solución de los problemas económicos de la paz resolvería la crisis. Y ejercita toda su influencia de estadista y de leader para conducir a Europa a esa solución. Pero, la dificultad que existe para que Europa acepte un programa de cooperación y asistencia internacionales, revela, probablemente, que las raíces de la crisis son más hondas e invisibles. El oscurecimiento del buen sentido occidental no es una causa de la crisis sino uno de sus síntomas, uno de sus efectos, una de sus expresiones. Los políticos de la “reconstrucción” se dirigen a la inteligencia de los pueblos. Más la inteligencia de los pueblos está nublada por las ráfagas misteriosas de la pasión.

Jose Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La crisis del régimen fascista [Recorte de prensa]

La crisis del régimen fascista

Con su sólita teatralidad, Mussolini ha aceptado el reto de la oposición. Ha sometido al parlamento un proyecto de ley electoral. En la política italiana, este trámite precede invariable, mente la disolución de la cámara y la convocatoria a nuevas elecciones. El acto del fascismo puede parecer un alarde de fuerza; pero en realidad es un síntoma de debilidad. Más que una ofensiva constituye una retirada.

Mussolini se ha visto constreñido a reconocer finalmente que, boicoteada y desertada polla oposición, la cámara no puede funcionar. La cámara contiene aún una minoría. La minoría que acaudillan Giolitti y Orlando. Pero esta minoría, compuesta por elementos que hasta hace muy poco conservaron una actitud filo-fascista, amenaza también a la cámara con su defección. Además, es una minoría minúscula, que si no una fracción disidente de la clientela fascista. La opo­sición en masa se ha retirado al Aventino, co­mo, con la obstinada nostalgia de la antigüedad, se dice en el vocabulario político de la Italia de estos tiempos. Culpa del fascismo que ha resu­citado el hacha de los lictores y algunas otras cosas de la historia de Roma.

El fascismo se ha esforzado por atraer a la oposición al parlamento. Varias veces ha hablado Mussolini con una rama de olivo en la mano. Otras veces constataba la contumacia de la oposición, Mussolini y el fascismo, megalómanos y olímpicos, han tenido el aire de desdeñarla. Han sustentado entonces la tesis de que la cámara podía trabajar indiferentemente con o sin los diputados oposicionistas. La imaginación de Mussolini se ha complacido, voluptuosamente, en la befa verbal de la "variopinta" oposición.

Pero el experimento de la tesis no ha correspondido a la esperanza fascista. El fascismo ha comprobado la impotencia y la invalidez del consenso de una cámara facciosa. La oposición, retirándose al Aventino, lo ha obligado a capitular. Ya no habla Mussolini, arrogantemente, de los derechos de la Revolución Fascista. Ya no se declara superior e indiferente a la opinión y al voto de los diputados. En su último discurso en el senado, ha empleado un tono y un lenguaje sagaces. Después, ha sentido la necesidad de intentar una política más o menos normalizadora y de licenciar a la cámara que la oposición esteriliza y descalifica con su ausencia.

Esta cámara nació viciada. Las elecciones de abril se realizaron conforme a una ley electoral forjada especialmente para uso del régimen fascista. Y, sobre todo envilizó marcialmente sus brigadas de "camisas negras" contra los grupos y los candidatos de oposición. Los partidos anti-fascistas carecieron ahí casi absolutamente de toda libertad de propaganda. El fascismo, además, no se presentó en las elecciones con una lista exclusivamente fascista. Solicitó la alianza de varios hombres y grupos no fascistas. Buscó sus principales candidatos en las asociaciones de combatientes y de mutilados de guerra. Malgrado todo esto, los grupos de oposición, cada uno de los cuales concurrió a las elecciones por su propia cuenta, consiguieron una fuerte representación en el parlamento. La heterogénea y pluricolor mayoría fascista se encontró en la cámara frente a una minoría menos numerosa pero más compacta y guerrera que la de la cámara anterior. Matteotti denunció, con dramático acento, en una de las sesiones de abril. La atmósfera de la nueva cámara fue una atmósfera tempestuosa. Se produjo, dentro de esta situación, el asesinato de Matteotti. La oposición abandonó entonces la cámara, Y declaró su voluntad de no regresar a sus puestos mientras el fascismo no disolviese su milicia armada y no aceptase incondicionalmente la restauración de la legalidad. Las sesiones de la cámara fueron suspendidas. El gobierno fascista esperaba encontrar en los tres o cuatro meses de vacaciones parlamentarias el medio de inducir a la oposición a volver al parlamento.

Pero durante ese plazo, la lucha, en vez de desaparecer, no ha cesado de exasperarse. El fascismo ha intentado amedrentar a la gente adversaria y a la gente neutral con una táctica agresiva. Ha restringido draconianamente la libertad de la prensa. Ha anunciado su intención, formal de insertar la revolución fascista en el Estatuto de la nación italiana. Mas esta política ha tenido efectos diversos de los que Mussolini esperaba y necesitaba. El fascismo se ha sentido cada día más aislado y más bloqueado. Muchos de sus antiguos amigos se han negado a seguirlo por la vía de la intransigencia. Giolitti, Orlando, Sem Benelli, han pasado a la oposición. Las asociaciones de combatientes y mutilados de guerra, antes filo-fascistas, han declarado su independencia de toda facción y han reclamado del gobierno una política normalizadora. Los ataques de la prensa al fascismo han arreciado. Varios diarios liberales, que hasta el asesinato de Matteotti observaron una conducta filo-fascista, han cambiado radicalmente de tono. "II Giornale d'Italia" de Roma, órgano de los liberales de derecha, combate hoy al régimen fascista casi con la misma acidez que "Il Mondo", órgano de Amendola.

Esta crisis del régimen fascista madurara gradualmente desde mucho tiempo antes del asesinato de Matteotti. El asesinato del diputado socialista no ha hecho sino acelerar su desarrollo y precipitar su desenlace. Esta crisis ha sido, ante todo, una crisis interna. Veamos sus causas. El fascismo no ha podido definirse a sí mismo. Contenía y contiene todavía, elementos antitéticos, humores diversos, ánimas disímiles. Para conservar la unidad de este movimiento, Mussolini inventaba, sucesivamente, muchas fórmulas equívocas y oportunistas. Llenaba con sus abstracciones y su retórica el programa hueco del partido fascista. Esta táctica le ha consentido retener en sus filas durante mucho tiempo a gente que concebía el partido fascista como una especie del partido del patriotismo; pero que no compartía las ideas ni los sentimientos de sus "condottieri" respecto a la necesidad y a la oportunidad de reemplazar íntegramente el Estado demoliberal con un Estado fascista y de desagradar, para esto, la Constitución de la Terza Italia. Por esta razón el fascismo ha sido, en la época de su apogeo, mas que un partido político, un movimiento de militares, combatientes y mutilados de guerra. Mussolini ha gustado de rodearse de los héroes de la guerra. Y ha querido siempre ver alineados en el primer rango del fascismo a los combatientes condecorados con la medalla de oro al valor militar. El fascismo ha acaparado, hasta hace poco, casi todas las "medallas de oro" de la guerra. Pero, a medida que ha prevalecido en el partido fascista la tendencia facciosa, a medida que se ha impuesto en su teoría y en su práctica la mentalidad de los "condottieri" y de los agitadores que lo definen como el instrumento de una revolución, las fórmulas vaga y abstractamente nacionalistas no han bastado ya para prolongar la artificial unidad fascista. Las dos almas, las dos mentalidades del fascismo han empezado a diferenciarse y a separarse.

El fascismo ha dejado, poco a poco, de detentar la exclusiva o el privilegio del patriotismo. Los combatientes y los mutilados de filiación o educación más o menos liberales y democráticas le han retirado su apoyo sin temor a sus excomuniones. La Liga Itálica de San Benelli y la Italia Libera del general Peppino Garibaldi niegan a los fascistas el derecho de acaparar la representación de la italianidad. Ambas ligas reclutan sus prosélitos en las categorías sociales adherentes antes al fascismo. Mussolini ha perdido dos de sus más conspicuas "medallas de oro": los diputados Viola y Ponzio di San Sebastiano. Otra medalla de oro, Raffele Rosetti, no solo se declara anti-fascista sino además republicano.

En estas condiciones llega el fascismo al capítulo de su historia, Mussolini juega con la convocatoria a elecciones su última carta. A las elecciones había que apelar tarde o temprano. Mussolini, jugador de rápidas decisiones, prefiere que sea temprano y no tarde. Oportunista orgánico, ataca a los partidos de la "variopinta’" oposición antes de que tengan tiempo de concertarse y articularse más. Pero la oposición le ha ganado ya la principal batalla, obligándolo a aceptar implícitamente la tesis de la normalización. El fascismo sostenía antes que su permanencia en el poder era una cuestión de fuerza. Ahora la cuestión de fuerza desaparece y se convierte en una cuestión de mayoría electoral y mayoría parlamentaria. Para un partido anti-parlamentario y anti-democrático la capitulación no puede ser sustancial ni más grave.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira