Oposición Política

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La tragedia de Italia [Recorte de prensa]

La tragedia de Italia

Hace un año, el fascismo tuvo razón para celebrar el tercer aniversario de la marcha a Roma con ánimo exultante y victorioso. El balance de su tercer año de dictadura se cerraba favorablemente. La secesión aventiniana estaba liquidada. La contra-ofensiva iniciada con el desafiante discurso pronunciado por Mussolini en la cámara de diputados el 3 de enero de ese año, había barrido a la oposición constitucional de las posiciones artificialmente mantenidas hasta entonces. El equívoco del régimen constitucional y parlamentario había quedado cancelado. La constitución misma había sido adaptada a las necesidades del gobierno fascista.

Todo esto, le había costado al fascismo verdaderamente muy poco. Ni una huelga general, ni una agitación popular revolucionaria, habían respondido a la represión fascista. Al renunciar a estas armas en los dramáticos meses que siguieron al asesinato de Matteoti y preferir el camino de la protesta parlamentaria y de las negociaciones clandestinas con la monarquía, la oposición constitucional se había invalidado para resistir revolucionariamente el ataque ilegal del poder.

No es el mismo el cuadro de Italia en el cuar­to aniversario de la dictadura mussoliniana. Cua­tro atentados contra la vida de Mussolini, seña­lan el grado de exasperación de sus enemigos. Los cuatro atentados corresponden a este perio­do de derogación de toda Iibertad, durante el cual el fascismo cree haber consolidado indefi­nidamente su dominio. Son el síntoma de la ten­sión de la atmósfera política y espiritual creada en Italia por los métodos de Mussolini y sus escuadras de "camisas negras".

El atentado individual contra reyes o ministros estaba reservado en Europa, hasta hace po­co tiempo, al anarquismo terrorista. Ningún par­tido, ninguna secta política podía racionalmente aceptarlo, ni aún por excepción, en su táctica o su praxis. El socialismo, sobre todo, —que con­cibe la revolución como acción de masas, como movimiento esencialmente multitudinario, colec­tivo—, repudiaba y condenaba la violencia indi­vidual, imponiendo a su adeptos una disciplina y una ideología que la excluía absolutamente co­mo arma de combate.

Hay que pensar, por consiguiente, que tienen que haber cambiado de un modo demasiado radical los principios de la vida política
italiana para que Italia vuelva a la edad sombríaa de los complots y de las represalias terroristas.

Ninguno, de los partidos adversos a Mussolini es evidentemente responsable de estos atentados. La muerte de Mussolini no beneficiaría a ninguno. Desencadenaría un caos en igual forma peligroso para todos, durante el cual, a menos que sobreviniese rápidamente una acción militar, reinaría anárquica y truculentamente en Italia la violencia del "fascio".

Pero los partidos han sido prácticamente —y ahora formalmente— disueltos por el gobierno fascista, de suerte que junto con su organización está aniquilada su disciplina. Los líderes no están en grado de controlar la acción de los gregarios. El gobierno los ha privado de todo medio de moverse legalmente.

Las explosiones esporádicas de violencia individual resultan por ende inevitables, a pesar del interés que tendrían en impedirlas los
partidos proletarios, de los cuales el único activo es, en buena cuenta, el comunista. Cada atentado contra Mussolini proporciona al fascismo un motivo para aumentar sus instrumentos legales de represión, aparte de que nimba un poco más de milagro y leyenda la figura del condottiero.

El último atentado parece haber excitado hasta el delirio la cólera y la prepotencia fascista. Todas las garantías y derechos individuales
han quedado indefinidamente suspendidos. Los partidos contrarios al fascismo han sido oficialmente disueltos. La prensa de oposición ha desaparecido. Del parlamento se ha expulsado, al mismo tiempo que a la oposición aventiniana, al grupo comunista, al cual no se puede acusar como a aquella de haber hecho abandono de sus asientos. Y aunque las noticias cablegráricas, por la censura a que están sujetas, son imprecisas, no cabe duda de que al atentado contra Mussolini han seguido esta vez, días de sangrienta represalia fascista.

El episodio que, en esta siniestra marejada reaccionaria, impresiona más a los intelectuales es el ataque al célebre filósofo Benedetto
Croce y la destrucción de su biblioteca. Este episodio, por la significación y calidad del hombre agraviado, adquiere una resonancia especial. Tiene la virtud de herir hasta la enervada sensibilidad de aquellos intelectuales que, prontos a deplorar el ultraje a un filósofo, no son capaces sin embargo de decidirse a enjuiciar al fascismo.

Los orígenes de este desmán, cuyo proceso de incubación ha sido largo, no necesitan casi ser recordados. Todo el mundo sabe que en el curso de la agitación que suscitó en Italia el asesinato de Mateotti, Benedetto Croce, que ya se había cuidado de rehusar su voto al régimen fascista, sintió el deber de tomar una actitud franca contra sus métodos y sus principios. Croce sostuvo entonces en la prensa una resonante polémica con Giovani Gentile, el filósofo junto con quien combatió durante mucho tiempo las batallas de la filosofía idealista y de quien lo separa, desde su conversión a la doctrina de la cachiporra, una austera y fiel adhesión a la idea de la libertad. Esa polémica no se redujo a un diálogo entre Croce y Gentile. Se propagó en el campo intelectual, motivando el agrupamiento de los hombres de letras y ciencias en dos bandos antagónicos, asertor uno del principio de libertad y confesor el otro de la fe fascista. Y se suscribieron y publicaron dos manifiestos, encabezados respectivamente por Croce y Gentile.

Es indudable, no obstante su jactancia, que el fascismo no debe considerarse muy seguro. Su porvenir depende de un factor
tan incierto como él éxito de los planes imperialistas de Mussolini, quien necesita mantener a su pueblo en una constante tensión guerrera para justificar el rigor de su política social y económica. Pero si el éxito tarda, los recortes del régimen fascista corren grave, peligro.

Mussolini, ha prometido a su pueblo un gran imperio. Si la historia no le permite cumplir esta promesa, su empresa esencial estará fracasada. Porque no es cierto que el movimiento fascista no se haya propuesto cumplir sino una función de policía y orden. Si así fuera, Italia habría hecho, al dejarlo conquistar el poder, un mal negocio. Pues los días de violencia de la agitación revolucionaria no eran absolutamente ni más sangrientos ni más trágicas que estos del régimen fascista. La verdadera tragedia ha empezado ahora.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira