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La crisis del régimen fascista [Recorte de prensa]

La crisis del régimen fascista

Con su sólita teatralidad, Mussolini ha aceptado el reto de la oposición. Ha sometido al parlamento un proyecto de ley electoral. En la política italiana, este trámite precede invariable, mente la disolución de la cámara y la convocatoria a nuevas elecciones. El acto del fascismo puede parecer un alarde de fuerza; pero en realidad es un síntoma de debilidad. Más que una ofensiva constituye una retirada.

Mussolini se ha visto constreñido a reconocer finalmente que, boicoteada y desertada polla oposición, la cámara no puede funcionar. La cámara contiene aún una minoría. La minoría que acaudillan Giolitti y Orlando. Pero esta minoría, compuesta por elementos que hasta hace muy poco conservaron una actitud filo-fascista, amenaza también a la cámara con su defección. Además, es una minoría minúscula, que si no una fracción disidente de la clientela fascista. La opo­sición en masa se ha retirado al Aventino, co­mo, con la obstinada nostalgia de la antigüedad, se dice en el vocabulario político de la Italia de estos tiempos. Culpa del fascismo que ha resu­citado el hacha de los lictores y algunas otras cosas de la historia de Roma.

El fascismo se ha esforzado por atraer a la oposición al parlamento. Varias veces ha hablado Mussolini con una rama de olivo en la mano. Otras veces constataba la contumacia de la oposición, Mussolini y el fascismo, megalómanos y olímpicos, han tenido el aire de desdeñarla. Han sustentado entonces la tesis de que la cámara podía trabajar indiferentemente con o sin los diputados oposicionistas. La imaginación de Mussolini se ha complacido, voluptuosamente, en la befa verbal de la "variopinta" oposición.

Pero el experimento de la tesis no ha correspondido a la esperanza fascista. El fascismo ha comprobado la impotencia y la invalidez del consenso de una cámara facciosa. La oposición, retirándose al Aventino, lo ha obligado a capitular. Ya no habla Mussolini, arrogantemente, de los derechos de la Revolución Fascista. Ya no se declara superior e indiferente a la opinión y al voto de los diputados. En su último discurso en el senado, ha empleado un tono y un lenguaje sagaces. Después, ha sentido la necesidad de intentar una política más o menos normalizadora y de licenciar a la cámara que la oposición esteriliza y descalifica con su ausencia.

Esta cámara nació viciada. Las elecciones de abril se realizaron conforme a una ley electoral forjada especialmente para uso del régimen fascista. Y, sobre todo envilizó marcialmente sus brigadas de "camisas negras" contra los grupos y los candidatos de oposición. Los partidos anti-fascistas carecieron ahí casi absolutamente de toda libertad de propaganda. El fascismo, además, no se presentó en las elecciones con una lista exclusivamente fascista. Solicitó la alianza de varios hombres y grupos no fascistas. Buscó sus principales candidatos en las asociaciones de combatientes y de mutilados de guerra. Malgrado todo esto, los grupos de oposición, cada uno de los cuales concurrió a las elecciones por su propia cuenta, consiguieron una fuerte representación en el parlamento. La heterogénea y pluricolor mayoría fascista se encontró en la cámara frente a una minoría menos numerosa pero más compacta y guerrera que la de la cámara anterior. Matteotti denunció, con dramático acento, en una de las sesiones de abril. La atmósfera de la nueva cámara fue una atmósfera tempestuosa. Se produjo, dentro de esta situación, el asesinato de Matteotti. La oposición abandonó entonces la cámara, Y declaró su voluntad de no regresar a sus puestos mientras el fascismo no disolviese su milicia armada y no aceptase incondicionalmente la restauración de la legalidad. Las sesiones de la cámara fueron suspendidas. El gobierno fascista esperaba encontrar en los tres o cuatro meses de vacaciones parlamentarias el medio de inducir a la oposición a volver al parlamento.

Pero durante ese plazo, la lucha, en vez de desaparecer, no ha cesado de exasperarse. El fascismo ha intentado amedrentar a la gente adversaria y a la gente neutral con una táctica agresiva. Ha restringido draconianamente la libertad de la prensa. Ha anunciado su intención, formal de insertar la revolución fascista en el Estatuto de la nación italiana. Mas esta política ha tenido efectos diversos de los que Mussolini esperaba y necesitaba. El fascismo se ha sentido cada día más aislado y más bloqueado. Muchos de sus antiguos amigos se han negado a seguirlo por la vía de la intransigencia. Giolitti, Orlando, Sem Benelli, han pasado a la oposición. Las asociaciones de combatientes y mutilados de guerra, antes filo-fascistas, han declarado su independencia de toda facción y han reclamado del gobierno una política normalizadora. Los ataques de la prensa al fascismo han arreciado. Varios diarios liberales, que hasta el asesinato de Matteotti observaron una conducta filo-fascista, han cambiado radicalmente de tono. "II Giornale d'Italia" de Roma, órgano de los liberales de derecha, combate hoy al régimen fascista casi con la misma acidez que "Il Mondo", órgano de Amendola.

Esta crisis del régimen fascista madurara gradualmente desde mucho tiempo antes del asesinato de Matteotti. El asesinato del diputado socialista no ha hecho sino acelerar su desarrollo y precipitar su desenlace. Esta crisis ha sido, ante todo, una crisis interna. Veamos sus causas. El fascismo no ha podido definirse a sí mismo. Contenía y contiene todavía, elementos antitéticos, humores diversos, ánimas disímiles. Para conservar la unidad de este movimiento, Mussolini inventaba, sucesivamente, muchas fórmulas equívocas y oportunistas. Llenaba con sus abstracciones y su retórica el programa hueco del partido fascista. Esta táctica le ha consentido retener en sus filas durante mucho tiempo a gente que concebía el partido fascista como una especie del partido del patriotismo; pero que no compartía las ideas ni los sentimientos de sus "condottieri" respecto a la necesidad y a la oportunidad de reemplazar íntegramente el Estado demoliberal con un Estado fascista y de desagradar, para esto, la Constitución de la Terza Italia. Por esta razón el fascismo ha sido, en la época de su apogeo, mas que un partido político, un movimiento de militares, combatientes y mutilados de guerra. Mussolini ha gustado de rodearse de los héroes de la guerra. Y ha querido siempre ver alineados en el primer rango del fascismo a los combatientes condecorados con la medalla de oro al valor militar. El fascismo ha acaparado, hasta hace poco, casi todas las "medallas de oro" de la guerra. Pero, a medida que ha prevalecido en el partido fascista la tendencia facciosa, a medida que se ha impuesto en su teoría y en su práctica la mentalidad de los "condottieri" y de los agitadores que lo definen como el instrumento de una revolución, las fórmulas vaga y abstractamente nacionalistas no han bastado ya para prolongar la artificial unidad fascista. Las dos almas, las dos mentalidades del fascismo han empezado a diferenciarse y a separarse.

El fascismo ha dejado, poco a poco, de detentar la exclusiva o el privilegio del patriotismo. Los combatientes y los mutilados de filiación o educación más o menos liberales y democráticas le han retirado su apoyo sin temor a sus excomuniones. La Liga Itálica de San Benelli y la Italia Libera del general Peppino Garibaldi niegan a los fascistas el derecho de acaparar la representación de la italianidad. Ambas ligas reclutan sus prosélitos en las categorías sociales adherentes antes al fascismo. Mussolini ha perdido dos de sus más conspicuas "medallas de oro": los diputados Viola y Ponzio di San Sebastiano. Otra medalla de oro, Raffele Rosetti, no solo se declara anti-fascista sino además republicano.

En estas condiciones llega el fascismo al capítulo de su historia, Mussolini juega con la convocatoria a elecciones su última carta. A las elecciones había que apelar tarde o temprano. Mussolini, jugador de rápidas decisiones, prefiere que sea temprano y no tarde. Oportunista orgánico, ataca a los partidos de la "variopinta’" oposición antes de que tengan tiempo de concertarse y articularse más. Pero la oposición le ha ganado ya la principal batalla, obligándolo a aceptar implícitamente la tesis de la normalización. El fascismo sostenía antes que su permanencia en el poder era una cuestión de fuerza. Ahora la cuestión de fuerza desaparece y se convierte en una cuestión de mayoría electoral y mayoría parlamentaria. Para un partido anti-parlamentario y anti-democrático la capitulación no puede ser sustancial ni más grave.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El imperialiamo yanqui y Nicaragua [Recorte de prensa]

El imperialiamo yanqui y Nicaragua

Ni aún quienes ignoran los episodios y el espíritu de la política de los Estados Unidos en Centro América pueden, ciertamente, tomar en consideración las razones conque el señor Kellogg pretende excusar la invasión del territorio de Nicaragua por tropas yanquis. Pero quienes recuerdan el desenvolvimiento de esa política en los últimos cinco o cuatro lustros, pueden, sin duda, percibir mejor la absoluta coherencia de esta intervención armada en los sucesos domésticos de Nicaragua con los fines y la praxis notorios de esa política de expansión.

Hace ya muchos años que los Estados Unidos han puesto los ojos en Nicaragua y son varias las oportunidades en que, con análogos pretextos, ha puesto las manos sobre su formal autonomía.

Rooselvet, el "fuerte cazador", notificó a Nicaragua, cuando la gobernaba el presidente Zelaya, el propósito de los Estados Unidos de convertir San Juan en un canal interoceánico y de establecer una base naval en el golfo de Fonseca. Pero este plan, de clara intención imperialista, encontró naturalmente viva resistencia en la opinión nicaragüense. El Presidente Zelaya no nudo hacer ninguna concesión al gobierno norteamericano a este respecto. Los Estados Unidos no obtuvieron de este capataz de la política nicara­güense sino un tratado de amistad. Mas, en seguida, sus agentes se entregaron a la faena de organizar las revueltas de las cuales, al amparo de los fusiles yanquis, debía brotar un gobierno obediente al imperialismo del Norte.

Este objetivo fue alcanzado , definitivamente, con la formación del gobierno de Ardolfo Díaz, servidor incondicional del capitalismo yanqui. En defensa de este régimen, repudiado vigorosamente por el sentimiento público, intervinieron entonces como ahora las tropas americanas, apenas su estabilidad apareció seriamente amenada. Y del gobierno de Díaz obtuvieron los Estados Unidos el tratado que apetecían.

El canciller que firmó este tratado, Chamorro, heredó el poder. Los intereses norteamericanos en Nicaragua permanecieron durante algunos años bien guardados. Pero, el sentimiento popular, en continuo fermento, acabó por arrojar a este agente del imperialismo yanqui. Desde entonces, Estados Unidos, o mejor dicho su gobierno, sintió la necesidad de intervenir de nuevo en Nicaragua. El presidente que ahora tratan de imponer a este pueblo los cañones norteamericanos, es Adolfo Díaz. Sacasa, vicepresidente legal, representa, por dimisión del presidente, la Constitución y el voto de Nicaragua.

Es muy fácil a la prensa americana, presentar a los pueblos de Centro América en perpetua agitación revolucionaria. Mucho menos fácil le es, por cierto, escamotear a las miradas del mundo la participación principal de los yanquis en esa agitación revoltosa. Estados Unidos tiene interés en mantener dividida y conflagrada Centro América. La necesaria confederación de las pequeñas repúblicas centroamericanas encuentra en Norte América a sus mayores enemigos. Cuando hace seis años dicha conferencia fue intentada las maquinaciones yanquis se encargaron de frustrarla. Nicaragua, cuyo gobierno estaba entonces completamente enfeudado a la política yanqui, constituyó el eje y el hogar de la maniobra imperialista contra la libre unión de los estados de Centro América.

La acentuación del expansionismo norteamericano, en estos momentos, es perfectamente lógica. Europa se encuentra presentemente en un período de "estabilización capitalista". Reorganiza, por ende, su minado imperio en Africa, Asia, etc. De otro lado, Estados Unidos es empujado a la afirmación de su predominio en los mercados, las vías de tráfico y los centros de materias primas, por natural impulso de su desarrollo industrial y financiero. Si el capitalismo norteamericano, no consigue acrecentar sus dominios, entrará irremisiblemente en un período de crisis. Estados Unidos sufre ya las consecuencias de su plétora de oro y de su superproducción agrícola e industrial. Su banca y sus industrias necesitan imperiosamente asegurarse mayores mercados. El despertar de la China, que, después de tantos años de colapso moral, reacciona resueltamente contra el dominio extranjero, pone en peligro uno de los campos de los cuales el imperialismo yanqui pugna por desalojar gradualmente al imperialismo británico y al imperialismo japonés. Estados Unidos necesita, más que nunca, volverse hacia el Continente Americano, donde la guerra le ha consentido desterrar en parte la antes omnipotente influencia de Inglaterra.

Estas razones impiden a la opinión latinoamericana considerar el conflicto de Nicaragua como un conflicto al cual son extraños sus intereses. La solidaridad con Nicaragua, representada y defendida por el gobierno constitucional de Sacasa, se manifiesta, por esto, sin reservas.

Y del juicio continental, más aún que los desmanes del imperialismo yanqui, salen condenadas las traiciones de los caciques centroamericanos que se ponen en su servicio.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La crisis griega [Recorte de prensa]

La crisis griega

Cuando en el Occidente europeo se habla de "política balkánica", se sobrentiende una política truculenta en la que se combinan y suceden por lo menos un golpe de estado militar, el arresto o la masacre de una familia real, el fusilamiento del último ministerio, la tentativa de establecer el comunismo, la promulgación de una nueva carta política y, finalmente, su derogatoria como consecuencia del pronunciamiento de la marina. Los Balkanes, tienen en política un gusto de grand guignol. La escena política se caracteriza ahí por sus tragedias en cuatro o cinco actos fulminantes y tormentosos.

En esta época en que la Europa Occidental se presenta tentada de adoptar costumbres y métodos un poco balkánicos, nadie puede por consiguiente, sorprenderse del desorden griego. Cabe, por el contrario, sorprenderse del relativo orden con que se produce. La dictadura ha sido derrocada pacíficamente. Y hasta ahora la nota más dramática de la situación es una tentativa de marítima de fuga marítima de Pangalos, que bien puede indicar la influencia de las películas norteamericanas en la política balkánica moderna.

Pángalos, el dictador tan cinematográficamente derribado y aprehendido, pretendía por otra parte, emular e imitar a dos dictadores occidentales como Mussolini y Primo de Rivera.

Durante el tiempo que ha detentado el poder se ha dedicado a una reproducción un poco exagerada —sin duda a causa de la diferencia histórica, sociológica y psicológica de Grecia— del sistema, del ideario y del lenguaje de ambos modelos de Occidente. Su gobierno no ha sido sino una traducción—nada importa que mala o de segunda mano—del gobierno fascista.

Presenciamos, pues, actualmente —más bien que un episodio de la mal afamada política balkánica— una anécdota de la modernísima política reaccionaria. El fracaso del pobre Pangalos es un fracaso de la Reacción. Pangalos se proponía nada menos que la reconstrucción de Grecia sobre un sólido cimiento fascista y militar. Para esto empezó naturalmente, por suprimir el Parlamento, suspender la Constitución, abolir sus garantías y enviar al exilio o a la cárcel a los que protestaban. Su programa nacionalista e imperialista miraba, como en Italia y España, a la radical y definitiva cancelación de la "vieja política" democrática y parlamentaria. Pero toda su energía se agotaba en un trabajo de represión y policía que no resolvía ninguno de los problemas vitales de Grecia. El lamentable y acéfalo coronel Pangalos no era capaz de darse cuenta de que la violencia en sí no es una política y mucho menos una política de regeneración nacional. Después de su desventurado experimento, Grecia no tiene, por el momento, más remedio que el regreso a la vieja política y a sus usados Konduriotis y Kondilis. Por enésima vez, a la democracia griega, no se le ocurre más que llamar a Venizelos.

Por supuesto, Venizelos no es hoy una solución del mismo modo que no le fue hace dos años. Pero Grecia, a renglón seguido de la dura prueba del régimen Pangalos, no tiene casi otro hombre de quien echar mano. Venizelos, tiene por lo menos la garantía de ser un estadista de la antigua escuela, inaparente quizá para estos tiempos post-bélicos, pero asaz marrullero y experimentado para sortear momentáneamente sus peligros.

La dificultad está en que ni siquiera respecto de Venizelos las fuerzas constitucionales se encuentran de acuerdo. Precisamente Venizelos es lo que más las separa. Se dividen, como es sabido, en dos grandes bandos, uno venizelista y otro antivenizelista. (Quedan naturalmente fuera de esta clasificación las fuerzas revolucionarias que, además de ser antivenizelistas, son anticonstitucionales).

El equilibrio del régimen constitucional y democrático, restablecido por Kondilis, con el consenso, según parece, del ejército y de la marina, resulta en consecuencia muy problemático. Lo que tampoco constituye un fenómeno peculiar y específicamente griego, sino una simple faz del fenómeno mundial, o al menos occidental, de la crisis de la democracia y del parlamento.

En esta crisis, los reaccionarios griegos, no son capaces de descubrir más que la solución Pángalos. Los demo-liberales, a su vez, con deplorable falta de imaginación, no son capaces de descubrir más que la solución Venizelos. Los revolucionarios son los únicos que no tienen una fórmula tan fácil y tan simple. Porque la solución por la cual ellos trabajan no la guarda hecha, en su bolsillo, un político redomado ni un coronel megalómano. Debe gestarla y parirla trágica y dolorosamente, la historia.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira