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Leonidas Leonov [Recorte de prensa]

Leonidas Leonov

La “Biblioteca de la Revista de Occidente” nos ofrece en español otra obra de la nueva literatura rusa. Otro testimonio de que la literatura rusa no ha terminado con el antiguo régimen, devorada por la revolución, como se imaginan algunos buenos o malos burgueses.

Leonidas Leonov, el autor de "Los Tejones", representa, según sus críticos, en la literatura rusa de hoy, la tradición de Gogol y Dovstoyevsky. Algunos de sus personajes descienden, efectivamente, de los de "Almas Muertas" o "Los Hermanos Karamazov". Pero el primer libro suyo, vertido al español, no es precisamente uno de los que pueden acreditar esta tesis. De Leonov he leído, traducida al italiano, otra novela, "El Fin de un Hombre Mezquino". Es ahí, no en "Los Tejones", donde revive un poco el mundo de Dovstoyevsky.

"Los Tejones", por tanto, no bastan para revelar integralmente a Leonov a los lectores hispánicos. Leonov no está cabal, no está entero en esta novela. Pero, en cambio, "Los Tejones" tiene, además de su mérito artístico, el valor de constituir un nuevo testimonio de la estabilización del bolchevismo. Leonov no es comunista. No ha dado nunca su adhesión al partido bolchevique como, por ejemplo, Babel y la Seifulina. Se le supone, por el contrario, una actitud escéptica, si no hostil ante la revolución. Mas las obras que de él conozco afirman, objetivamente, la victoria revolucionaria, cualquiera que sea su indiferencia respecto de la revolución misma.

En "El Fin de un Hombre Mezquino" nos presenta el drama de la "cultura" (de la cultura entre comillas para no identificarla con la otra, a verdadera), en los primeros años de la revolución. El protagonista, el profesor Feodor Adreich Licharyev, es un sabio palentólogo que durante toda su existencia ha estado más o menos ausente de la vida rusa. "Con un tenaz esfuerzo de la mente y de la voluntad —dice Leonov— había penetrado tan profundamente en las inescrutables profundidades de la ciencia paleontológica y de las otras ciencias emparentadas a ésta que, probablemente, había vivido todo su tiempo en la edad antidiluviana, considerando el presente como un reflejo sin valor de aquellos tiempos irrevocables". La revolución lo sorprende entregado, en cuerpo y alma, al estudio del período mesozoico. El profesor Licharyev siente, en su carne, las mortificaciones del cataclismo: hambre, frío, etc. Pero su atención está absolutamente acaparada por cataclismos remotos. No le es posible, por consiguiente, enterarse de la revolución ni de sus alcances. Además, un ambiente de catástrofe era, acaso, el más adecuado para sus investigaciones e hipótesis. A un sabio paleontólogo, que revive mentalmente la edad más tormentosa del planeta, la revolución social no podía perturbarlo. Tenía más bien que servirle de excitante para su afición.

Pero el cataclismo presente, real, resulta, a la postre, excesivamente violento para permitir al profesor Licharyev la tranquila reconstitución de los cataclismos remotos. La realidad reivindica sus fueros. La presencia de la revolución acaba por volverse evidente hasta el sabio paleontólogo. Y entonces el sabio siente que se rompe el resorte de su vida. Rasga sus manuscritos. Tira su pluma estilográfica. Su mecenas miserable, —un hebreo ignorante, enamorado de la "cultura" que alivia su miseria, proveyéndolo periódicamente de algunos comestibles, con un respeto religioso por su obra sobre el período mesozoico,—escucha consternado la trágica declaración de Licharyev de que la paleontología se ha tornado inútil, absolutamente inútil, en medio de este cataclismo auténtico.

Ei caso de Licharyev puede parecer demasiado singular. Pero, en verdad, refleja la situación de una gran parte de la "inteligencia" en los años de la revolución. El drama del profesor de paleontología ha sido también de muchos profesores de filología, de anatomía, de historia y hasta de economía política, sorprendidos también por la revolución, si no en el periodo mesozoico, en otros períodos más próximos pero no menos fenecidos. El profesor Licharyev, es el "intelectual" ruso, famélico, miserable, —a causa de la revolución,— en el nombre del cual tantos espíritus plañideros se han quejado de la barbarie bolchevique y de sus ataques a la "cultura".

En "Los Tejones" no tenemos un conflicto semejante en su significado o en su proceso. El episodio es diferente. El escenario lo es también. No respiramos la atmósfera del helado y mísero cuarto del profesor Licharyev. La atmósfera es rural, aldeana, palurda, sin relente de urbe y, mucho menos, de paleontología. Estamos en la aldea, en la campiña, en el bosque y nos sentimos, por consiguiente, con los pulmones sanos. La vida ignora totalmente las teorías sobre el mesozoico. Pero uno de los protagonista es siempre la Revolución. El otro, en vez de la "cultura", es la aldea. Y, como la aldea tiene una existencia menos objetable y, en todo caso, más insuprimible que la paleontología, el conflicto se resuelve diversamente. La aldea de Vory, —hostil al bolchevismo, por su pleito ancestral con la de Gusaki, a la cual la justicia sumaria de los bolcheviques, acaba de asignar el usufructo del prado Zinkino,— depone las armas. Los aldeanos rebeldes, a los que su lucha contra los de Gusaki y el bolchevismo, ha puesto fuera de la ley, después de un período de romántico exilio en el bosque, regresan al villorrio. Las bandas rurales, en armas contra el nuevo poder, son reabsorvidas por la campaña pacífica. "Los Tejones" representan uno de los últimos episodios de la lucha. Con la rendición de "los tejones", el bolchevismo impone su ley a una de las últimas bandas resistentes que consentían, aunque fuera un poco artificialmente, dudar aún su estabilidad.

Esta novela es una versión objetiva, —indiferente al contraste de las ideas— del alma de la aldea rusa. Y, más que del alma, del cuerpo. Porque, afortunadamente, Leonov no se propone objetivos trascendentes ni metafísicos. Es un realista que, sólo para no nos sea posible dudar de que lo que nos describe es la realidad, pone en ella el poco de poesía necesario para que no le falte nada.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

"Caminantes" por Lidia Seifulina [Recorte de prensa]

"Caminantes" por Lidia Seifulina

Empieza a ser vertida al español la nueva literatura rusa. (Ya se sabe que la nueva literatura rusa no es la de los "emigrados" sino la de la revolución. La que se alimenta de la savia, la emoción, el impulso, el sentimiento del orden nuevo). La Biblioteca de "La Revista de Occidente" ha publicado "El tren blindado" de Vsevolod Ivanov y "Caminantes" de Lidia Seifulina. Esto, claro está, es todavía muy poco. Sólo después de conocer a Pilniak, Babel, Mayakovski, Essenin, Fedin, Zamiatín, Lunts, Pasternak, Tikhonov, Leonov, Ehrenburg, etc., podrá el lector hispano enjuiciar panorámicamente la literatura rusa de la revolución. De los propios literatos del periodo anterior a la revolución, tal vez los más representativos permanecen aun inéditos en español. Mencionaré a Blok, Briussov, Remisov y Biely. Y su conocimiento es necesario como introducción en la literatura post-revolucionaria, a la cual Blok, Briussov y Biely han dado su aporte, mientras Remisov, hostil al bolchevismo, ha extraído, sin embargo, de la nueva vida rusa, los temas de sus últimos trabajos.

Lidia Seifulina es, presentemente, la más interesante de las mujeres de letras de Rusia. La poetisa Ana Achmatova, cuyo nombre está más difundido fuera de Rusia, pertenece a la época pre-revolucionaria. La Seifulina, en cambio, procede absolutamente de la revolución. En este periodo convulsivo seha formado su personalidad y su obra. Los libros que lleva publicados son señalados entre
los mejores documentos de la literatura revolucionaria.

La Seifulina nos presenta, sobre todo, la vida de la provincia, de la campiña, bajo el nuevo régimen. El fondo de su obra, como el de la obra de Pilniak y Babel, es totalmente campesino, aldeano. El campo, la aldea, aparecen en sus novelas como el cimiento y el humus de la nación. La ciudad es artificial, inestable, un poco inhumana. Las raíces de Rusia están en la campiña. El vaho mórbido de la ciudad disgusta su recia naturaleza de aldeana. La Seifulina siente que el contacto de la ciudad excita y corrompe al campo.

Esta actitud de la Seifulina mueve a varios de sus críticos a considerarla íntimamente adversa a la revolución comunista por ser el comunismo en nuestro tiempo un fenómero de origen y fermento esencialmente urbanos. Aunque comunista militante en los primeros años de la revolución, la Seifulina no acusa, ciertamente, una inspiración ortoxodamente bolchevique. Es de los literatos
que los bolcheviques denominan sagazmente "compañeros de viaje". Pero no es posible pedirle una literatura de rigurosa trama proletaria. La Seifulina no es una teorizante, ni una funcionaria sino una artista. (Trotsky ha planteado ya, en sus justos términos, la
cuestión del arte proletario).

Me parece erróneo y ligero el juicio de la Melnikova cuando escribe que ‘"en la Seifulina, la revolución es solamente el fondo sobre el cual se desenvuelven estos o aquellos acontecimientos de la vida campesina ya arrancada a su antiguo eje por obra de la guerra". Precisamente esta novela de "Caminantes", que acaba de aparecer en la Biblioteca de "La Revista de Occidente" prueba lo contrario. La presencia de la revolución con todos sus reflejos domina en "Caminantes" los episodios de la ciudad de provincia donde la novela se desarrolla. La novelista nos presenta en esta obra, con un vigoroso realismo, a una colección viviente de personajes, cuya vida está estremecida hasta lo más hondo por el huracán de la revolución. Y la Seifulina no se detiene en la anécdota. Aborda el conflicto central del alma rusa de nuestra época: el conflicto entre el romanticismo "socialista revolucionario" nutrido de supersticiones humanitarias, intelectuales y pequeño-burguesas y el realismo bolchevique forjado en la lucha social y purgado de hamletianismos neuróticos. El intelectual "socialista revolucionario" que la Seifulina presenta, nos delata el sentido íntimamente reaccionario de su resistencia a la dictadura revolucionaria cuando, prófugo de la ciudad, encuentra el terror blanco y confortado por el roce de una banda de cosacos en son de avance, se siente a su turno triunfador. El gesto que le descubre entonces la Seifulina es la prueba plena que el lector juez, momentáneamente conmovida por su declamación idealista, necesita, para condenarlo.

"Caminantes" adquiere, por esto, una emtonación revolucionaria. Hay en esta novela algo más que un documento objetivo de la revolución. El testimonio de Lidia Seifulina añade una pieza más, de irrecusable sinceridad, a la requisitoria contra el socialismo kerenskyano, apodado en Rusia "socialism revolucionario".

Otras novelas de Lidia Seifulina —como "Humus" que he leído en la excelente traducción italiana de Ettore Lo Gatto— que describen más específica y localizadamente los efectos de la revolución en la vida campesina, son sin duda las que inducen a una parte de la crítica a sospechar en la Seinfulina una secreta hostilidad aldeana al comunismo. Pero "Caminantes" resulta mucho más categórica y explícita que "Humus".

De la Seifulina, como literata, hay muchas cosas más que decir. Su rasgo principal, sin embargo —el sentimiento rural aldeado— está ya apuntado. Agregaré que en cuanto a forma o tendencia, la Seifulina se clasifica como una neo-realista. Como una de sus características esenciales, conviene destacar también su extraordinaria aptitud para crear tipos de mujeres. La obra de Lidia Seifulina está fuertemente impregnada de emoción femenina.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira