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La revolución turca y el islam [Recorte de prensa]

La revolución turca y el islam

La democracia opone a la impaciencia revolucionaria una tesis evolucionista: "la Naturaleza no hace saltos". Pero la investigación y la experiencia actuales contradicen, frecuentemente, esta tesis absoluta. Prosperan tendencias anti-evolucionistas en el estudio de la biología y de la historia. Al mismo tiempo, los hechos contemporáneos desbordan del cauce evolucionista. La guerra mundial ha acelerado, evidentemente, entre otras crisis, la del pobre evolucionismo. (Aparecido en este tiempo, el darwinismo habría encontrado escaso crédito. Se habría dicho de él que llegaba con excesivo retraso).

Turquía, por ejemplo, es el escenario de una transformación vertiginosa e insólita. En cinco años, Turquía ha mudado radicalmente sus instituciones, sus rumbos y su mentalidad. Cinco años han bastado para que todo el poder pase del Sultán al Demos y para que en el asiento de una vieja teocracia se instale una república demo-liberal y laica. Turquía, de un salto, se ha uniformado con Europa, en la cual fue antes un pueblo extranjero, impermeable y exótico. La vida ha adquirido en Turquía una pulsación nueva. Tiene las inquietudes, las emociones y los problemas de la vida europea. Fermenta en Turquía, casi con la misma acidez que en Occidente, la cuestión social. Se siente también ahí la onda comunista. Contemporáneamente, el turco abandona la poligamia, se vuelve monógamo, reforma sus ideas jurídicas y aprende el alfabeto europeo. Se incorpora, en suma, en la civilización occidental. Y al hacerlo no obedece una imposición extraña ni externa. Lo mueve un espontáneo impulso interior.

Nos hallamos en presencia de una de las transiciones más veloces de la historia. El alma turca parecía absolutamente adherida al Islam, totalmente consustanciada con su doctrina. El Islam, como bien se sabe, no es un sistema únicamente religioso y moral sino también político, social y jurídico. Análogamente a la ley mosaica, el Corán da a sus creyentes, normas de moral, de derecho, de gobierno y de higiene. Es un código universal, una construcción cósmica. La vida turca tenía fines distintos de los de la vida occidental. Los móviles del occidental son utilitarios y prácticos; los del musulmán son religiosos y éticos. En el derecho y las instituciones jurídicas de una y otra civilización se reconocía, por consiguiente, una inspiración diversa. El Califa del islamismo conservaba, en Turquía, el poder temporal. Era Califa y Sultán. Iglesia y Estado constituían una misma institución. En su superficie empezaban a medrar algunas ideas europeas, algunos gérmenes occidentales. La revolución de 1908 había sido un esfuerzo por aclimatar en Turquía el liberalismo, la ciencia y la moda europeas. Pero el Corán continuaba dirigiendo la sociedad turca. Los representantes de la ciencia otomana creían, generalmente, que la nación se desarrollaría dentro del islamismo. Fatim Effendi, profesor de la Universidad de Estambul, decía que el progreso del islamismo "se cumpliría no por importaciones extranjeras sino por una evolución interior". El doctor Chehabeddin Bey agregaba que el pueblo turco, desprovisto de aptitud para la especulación, "no había sido nunca capaz de la
heregía ni del cisma" y que no poseía una imaginación bastante creadora, un juicio suficientemente crítico para sentir la necesidad de rectificar sus creencias. Prevalecían, en suma, respecto al porvenir de la teocracia turca, previsiones excesivamente optimistas y confiadas. No se concedía mucha trascendencia a las filtraciones del pensamiento occidental, a los nuevos intereses de la economía y de la producción.

Revistemos rápidamente los principales episodios de la revolución turca.

Conviene recordar, previamente, que, antes de la guerra mundial, Turquía era tratada por Europa como un pueblo inferior, como un pueblo bárbaro. El famoso régimen de las "capitulaciones" acordaba en Turquía, a los europeos, diversos privilegios fiscales y jurídicos. El europeo gozaba en la nación turca de un fuero especial. Se hallaba por encima del Corán y de sus funcionarios. Luego, las guerras balcánicas dejaron muy disminuida la potencia y la soberanía otomanas. Y tras de ellas vino la gran guerra. Su sino había empujado a Turquía al lado del bloque austro-alemán. Terminada la guerra, la victoria del bloque enemigo pareció decidir la ruina turca. La Entente miraba a Turquía con enojo y rencor inexorables. La acusaba de haber causado un prolongamiento cruento y peligroso de la lucha. La amenazaba con una punición tremenda. El propio Wilson, tan sensible al derecho de libre determinación de los pueblos, no sentía ninguna piedad por Turquía. Toda la ternura de su corazón universitario y presbiteriano estaba acaparada por los armenios y los judíos. Pensaba Wilson que el pueblo turco era extraño a la civilización europea y que debía ser expelido para siempre de Europa. Inglaterra, que codiciaba la posesión de Constantinopla, de los Dardanelos y del petróleo turco, se adhería naturalmente a esta predicación. Había prisa de arrojar a los turcos al Asia. Un ministerio dócil a la voluntad de los vencedores se constituyó en Constantinopla. La función de este ministerio era sufrir y aceptar, mansamente, la mutilación del país. La somnolienta ánima turca eligió ese instante dramático y doloroso para reaccionar. Insurgió en Anatolia Mustafá Kemal Pachá, jefe del ejército de esa región. Nació la "Sociedad de Trebizonda para la defensa de los derechos de la nación". Se formó el gobierno de la Asamblea Nacional de Angora. Aparecieron, sucesivamente, otras facciones revolucionarias: el "ejército verde", el "grupo del pueblo" y el partido comunista. Todas coincidían en la resistencia al imperialismo aliado, en la descalificación del impotente y domesticado gobierno de Constantinopla y en la tendencia a una nueva organización social y política.

Esta erección del ánimo turco detuvo, en parte, las intenciones de la Entente. Los vencedores ofrecieron a Turquía en la conferencia de Sevres una paz que le amputaba dos terceras partes de su territorio, pero que le dejaba, aunque no fuese sino condicionalmente, Constantinopla y un retazo de tierra europea. Los turcos no eran expulsados del todo de Europa. La sede del Califa era respetada. El gobierno de Constantinopla se resignó a suscribir este tratado de paz. Mustafá Kemal, a nombre del gobierno de Anatolia, lo repudió categóricamente. El tratado no podía ser aplicado sino por la fuerza.

En tiempos menos tempestuosos, la Entente habría movilizado contra Turquía su inmenso poder militar. Pero era la época de la gran marea revolucionaria. El orden burgués estaba demasiado sacudido y socabado para que la Entente lanzase sus soldados contra Mustafá Kemal. Además, los intereses británicos chocaban en Turquía con los intereses franceses. Grecia, largamente favorecida por el tratado de Sevres, aceptó la misión de imponerlo a la rebelde voluntad otomana.

La guerra greco-turca tuvo algunas fluctuaciones. Mas desde el primer día se contrastó la fuerza de la revolución turca. Francia se apresuró a romper el frente único aliado y a negociar y pactar con los kemalistas, auxiliados de otra parte, por la cooperación rusa. La ola insurreccional se extendió en Oriente. Estos éxitos excitaron y fortalecieron el ánimo de Turquía. Finalmente, Mustafá Kemal batió al ejército griego y lo arrojó del Asia Menor. Las tropas kemalistas se aprestaron para la liberación de Constantinopla, ocupada por soldados de la Entente. El gobierno británico quiso responder a esta amenaza con una actitud guerrera. Pero los laboristas se opusieron a tal propósito. Un acto de conquista no contaba ya, como habría contado en otros tiempos, con la aquiescencia o la pasividad de las masas obreras. Y esta fase de la insurrección turca se cerró con la suscrición de la paz de Lausanne que, cancelando el tratado de Sevres, sancionó el derecho de Turquía a permanecer en Europa y a ejercitar en su territorio toda su soberanía. Constantinopla fue restituida al pueblo turco.

Adquirida la paz exterior, la revolución inició definitivamente la organización de un orden nuevo. Se acentuó en toda Turquía una atmósfera revolucionaria. La asamblea nacional dió a la nación una constitución democrática y republicana. Mustafá Kemal, el caudillo de la insurrección y de la victoria, fue designado Presidente. El Califa perdió definitivamente su poder temporal. La Iglesia quedó separada del Estado. La religión y la política turcas cesaron de coincidir y confundirse. Disminuyó la autoridad del Corán sobre la vida turca, con la adopción de nuevos métodos y conceptos jurídicos.

Pero seguía en pie el Califato. Alrededor del Califa se formó un núcleo reaccionario. Los agentes británicos maniobraban simultáneamente en los países musulmanes a favor de la creación de un Califato dócil a su influencia. El movimiento reaccionario comenzó a penetrar en la Asamblea Nacional. La Revolución se sintió acechada y se resolvió a defenderse con la máxima energía. Pasó rápidamente de la defensiva a la ofensiva. Procedió a la abolición del Califato y a la secularización de todas las instituciones
turcas.

Hoy Turquía es un país de tipo occidental. Y esta fisonomía se irá afirmando cada día más. Las condiciones políticas y sociales emanadas de la revolución estimularán el desarrollo de una nueva economía. La vuelta a la monarquía teocrática no será materialmente posible. La civilización occidental y la ley mahometana son inconciliables.

El fenómeno revolucionario ha echado hondas raíces en el alma otomana. Turquía está enamorada de los hombres y las cosas nuevas. Los mayores enemigos de la revolución kemalista no son turcos. Pertenecen, por ejemplo, al capitalismo inglés. El "Times" de Londres ha comentado senil y lacrimosamente la supresión del Califato, "una institución tan ligada a la grandeza pasada de Turquía". La burguesía occidental no quiere que el Oriente se occidentalice. Teme, por el contrario, la expansión de su propia ideología y de sus propias instituciones. Esto podría ser otra prueba de que ha dejado de representar los intereses vitales de la Civilización de Occidente.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La escena polaca [Recorte de prensa]

La escena polaca

Una de las reivindicaciones del programa wilsoniano que despertaron más universales simpatías, fue la reivindicación del derecho de Polonia a reconstituirse como nación libre. Durante más de un siglo, la historia del asesinato de la república y la nación polacas —consumado en 1792 por tres imperios, Alemania, Austria y Rusia, que representaban y encarnaban en esa época, a los ojos de toda la Europa liberal, el espíritu y el régimen de la Edad Media— había sido el capítulo doloroso de la edad moderna sobre el cual había llorado sus más exaltadas lágrimas el sentimentalismo de la democracia. Las figuras románticas de los patriotas polacos, emigrados a América y a Europa occidental, interesaban y apasionaban a todos los espíritus liberales. El renacimiento, la reconstrucción de la heroica Polonia revolucionaria constituía uno de los ideales del mundo moderno. Estimulaba esta simpatía la admiración al elan revolucionario de los leaders y agitadores polacos, prontamente ganados a la ideología socialista. La social-democracia alemana contaba entre sus más nobles combatientes a dos polacos: Rosa de Luxemburgo y León Joguisches. Pero a la popularidad polaca le ha tocado, después, una suerte paradójica. Restaurada Polonia por el Tratado de Versalles, su nombre ha dejado casi inmediatamente de representar un lema de la libertad y de la revolución. Polonia se ha convertido en una de las ciudadelas de la política reaccionaria. La causa de este cambio no es de responsabilidad de los polacos. Depende casi exclusivamente de los intereses y las ambiciones de las potencias vencedoras. El pueblo polaco no tiene, en verdad, la culpa de que en Versalles se haya asignado a Polonia territorios y poblaciones no polacas.

Nitti refleja en un capítulo de su libro "La Decadencia de Europa" el sentimiento de los demócratas occidentales respecto de la Polonia creada en Versalles: "Surgía — escribe— una Polonia, no ya cual Wilson la había proclamado y cual todos la querían, una Polonia con elementos seguramente polacos, sino con vastos sectores de poblaciones alemanas y rusas y en la que los elementos polacos representan apenas poco más de la mitad. Esta nueva Polonia —que con sus tendencias imperiales se prepara a sí misma y a sus poblaciones renacidas un terrible destino, si no repara a tiempo estos errores— tiene una función absurda, la de separar duraderamente Alemania y Rusia, esto es los dos pueblos más numerosos y más expansivos de Europa continental, y la de ser un agente militar de Francia contra Alemania".

Contra Alemania y contra Rusia, realmente, ha inventado Francia esta Polonia desmesurada y excesiva que encierra dentro de sus artificiales confines densas minorías extranjeras destinadas a representar, en esta Europa post-bélica, el mismo rol de minorías oprimidas e irredentas representado tan heroica y románticamente por los polacos antes de su liberación y su resurgimiento. En 1920, espoleada por su aliada y madrina Francia, turbada por la propia emoción de su victorioso renacimiento, Polonia acometió una empresa guerrera. Atacó a Rusia con el doble objeto de infringir un golpe a los soviets y de ensanchar más aún su territorio. Parece evidente que Pildsuski acariciaba un amplio pian imperialista: la federación de los estados bálticos y algunos estados que forman parte de la unión rusa, bajo la tutela y el dominio de Polonia. Rusia, derrotada, habría quedado así más alejada y separada que nunca de Occidente. Polonia, engrandecida, militarizada, habría pasado a ocupar un puesto entre las grandes potencias.

Estos ambiciosos designios no tuvieron fortuna. Polonia estuvo a punto de sufrir una tremenda derrota. El ejército rojo, después de rechazar a los polacos, avanzó hasta las puertas de Varsovia. Francia hubo de acudir solícitamente en auxilio de su aliada. Una misión militar francesa asumió la dirección de las operaciones. Varsovia fue salvada. Los rusos, que se habían alejado temerariamente de sus bases de aprovisionamiento, fueron expulsados del territorio polaco. Pero Polonia no pudo llevar más allá la aventura. Entre Polonia y Rusia se pactó la paz en condiciones que restablecían el statu-quo anterior al conflicto.

Después, las relaciones polaco-rusas han sufrido varias crisis, pero uno y otro país se han preocupado de mejorarlas. El cable nos ha comunicado hace pocos días que Tchitcherin había sido recibido cordialmente en Varsovia. Polonia necesita vivir en paz con Rusia. El rol militar que la política de Francia quiere, hacerle jugar es el que menos conviene a sus intereses económicos. "Polonia —ha dicho Trotski— puede ser, entre Rusia y Alemania, un puente o una barrera. De su elección dependerá la actitud de los soviets a su respecto". El tratado de Versalles, y, más que el tratado, la política del capitalismo occidental y en particular del imperialismo francés, no quieren que Polonia sea, entre Rusia y Alemania, un puente sino una barrera. Pero este propósito, esta exigencia, contrarian y tuercen el natural destino histórico de la nación polaca. Y engendran un peligro para su porvenir. "Quienes han amado la causa de Polonia y han visto resurgir la nación polaca —dice Nitti—, ven con angustia que la Polonia actual no puede durar, que debe necesariamente caer cuando Alemania y Rusia restablecidas reivindiquen sus derechos históricos".

Ni la política ni la economía polacas aconsejan ni consienten al gobierno de Polonia proyectos imperialistas y aventuras bélicas. El estado de la hacienda pública polaca revela un profundo desequilibrio económico. En 1919 y 1920 las entradas cubrieron apenas el diez por ciento de los egresos fiscales. En 1922 la situación se presentaba relativamente mejorada. Pero el déficit ascendía siempre más o menos a la mitad del presupuesto. El Estado polaco recurre, para satisfacer sus necesidades, a la emisión fiduciaria o a los empréstitos en el extranjero. Falta de crédito comercial, Polonia no puede obtener sino empréstitos políticos. Y estos empréstitos políticos significan la hipoteca a Francia de su soberanía y su independencia. Polonia se mueve dentro de un círculo sin salida. Su desequilibrio económico proviene en gran parte de los gastos militares y del oficio internacional a que la obligan sus compromisos con el capitalismo extranjero. Y para resolver los problemas de su crisis no tiene otro recurso que los empréstitos destinados a agravar y ratificar más aún esos compromisos.

Polonia es un país en el cual el conflicto entre la ciudad y el campo, entre la industria y la agricultura, reviste por otra, parte un carácter agudo. El gobierno de Pildsuski necesita apoyarse en los elementos agrarios. Su base social-democrática es demasiado exigua para asegurarle el dominio del país y del parlamento. En 1918 el antiguo partido socialista polaco, se cisionó como los demás partidos socialistas europeos. El ala izquierda constituyó un partido comunista. El ala derecha siguió a Pildsuski En consecuencia, la República polaca no cuenta con un arraigo sólido en la población industrial. El proletariado urbano, en gran parte, manifiesta un humor revolucionario, que el orientalmente reaccionario del régimen se encarga cada vez más de exasperar. El gobierno de Pildsuski inspira su política en. los intereses de los grupos agrarios nacionalistas y anti-semitas. Los tributos oprimen sobre todo a las ciudades con el fin de abrumar a los judíos, que en toda Europa se caracterizan corno elementos urbanos, al mismo tiempo que de contentar y favorecer, los intereses rurales.

La tragedia post-bélica se siente, más hondamente que en las naciones occidentales, en estas nuevas o renovadas naciones de Europa Central. Ahí el desequilibrio, lógicamente, es mucho mayor. Los rumbos de la política interna y externa son menos propios, menos autónomos, menos nacionales. Todas estas naciones han adquirido territorios y poblaciones ajenas a un alto precio: el de su libertad.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Política uruguaya [Recorte de prensa]

Política uruguaya

El Uruguay es, entre las repúblicas surameri­canas, la que ha sabido encontrar mejor su equilibrio político. El régimen demo-liberal que casi en todas estas repúblicas ha tenido tan poca fortuna, en el Uruguay ha logrado desarrollarse normalmente. El artífice de esta obra, José Batlle Ordóñez, es hispano-americano, no es el estimado, por esto, como uno de los primeros estadistas del Continente.

Batlle Ordóñez, el líder de la más perfecta democracia tipo caudillo de nuestra América. Su rasgo más característico es su comprensión de que para que una empresa tan grande no bastaba un hombre y hacía falta un partido. Todo lo que se ha hecho en el Uruguay en los últimos veinticinco años lleva el sello de su personalidad. Pero la superioridad de Battle reside en su esfuerzo por crear una democracia que pudiese funcionar sin caudillos. Más que de su propio destino his­tórico, pareció siempre preocupado del de su partido.

El partido colorado tiene su origen en la independencia uruguaya. Desde la fundación de la república la lucha política se libra en el Uruguay entre blancos y colorados. Pero ha sido Batlle quien le ha dado al partido colorado lo que podríamos llamar su estilo histórico. Batlle lo ha dirigido con ese impulso progresista, beligerante, constructivo, ardoroso, casi juvenil que lo distingue entre los partidos liberales del continente. A Batlle no le ha satisfecho, no le ha contentado como a un caudillo cualquiera, una victoria fácil. El poder no ha enervado nunca su combatividad. Por el contrario la ha estimulado. En el gobierno no se ha conformado jamás con conservar. Ha querido y ha sabido crear, renovar y destruir. El oficio del gendarme adusto del orden social que bastó por ejemplo a la ambición de Porfirio Díaz, para la de Batlle Ordóñez tenía que resultar mezquino y corto.

Los "blancos" reclutan sus principales, fuerzas en el campo. Constituyen un partido de raíces feudales. Los "colorados" en cambio dominan en la ciudad. Representan un programa brotado del burgo. El régimen: demo-liberal, presenta, por esto, en el Uruguay un carácter tan orgánica. Su dirección, su gobierno, no han estado e cargo de una oligarquía de latifundistas y estancieros de tradición
feudal y agraria sino de una facción de gente de burgo con savia y mente urbanas. El gobierno de los colorados, bajo Batlle Ordóñez, ha sido el gobierno de la ciudad. Probablemente de este hecho político depende esa fisonomía el gobierno de la ciudad. Pronoce
generalmente a Montevideo.

Batlle Ordóñez ha sido esencialmente un gobernante demo-liberal. Pero el destino de todo liberalismo auténtico es preparar el camino al socialismo. También el socialismo es un fenómeno fundamentalmente urbano. La vanguardia socialista está formada en todas partes por el proletariado industrial.

Por otra parte, Batlle ha encabezado dentro de su partido, —naturalmente heterogéneo por contener diversas categorías sociales— ,a la facción avanzada y renovadora y no ha trepidado en sacrificar la unidad de los "colorados" cuando lo ha exigido la necesidad de marchar adelante. Este caso dio hace varios años, cuando Batlle y la vanguardia del partido colorado empeñaron la famosa batalla por el ejecutivo colegiado, certero y rudo golpe de un caudillo genial al caudillismo mediocre. Los elementos conservadores y remolones
del partido se negaron como se sabe a aceptar esta reforma y se produjo una escisión que puso en peligro el predominio colorado. Batlle no retrocedió ante la ruptura. La lucha por el ejecutivo colegiado es en su historia la más hermosa y gallarda de todas sus jornadas.

Las últimas elecciones, cuyo éxito nos ha sido confusamente comunicado por el cable, han obligado a los colorados a unirse. Y según recientes noticias, Batlle ha canudo una vez más la batalla. Pero la victoria ha sido dura. El partido colorado llega a término de su misión histórica. La democracia, en crisis en el mundo, no puede exceptuarse de esta suerte en el Uruguay. Battle sostiene dignamente su vieja bandera. Pero se siente ya su fatiga. Ei socialismo despliega en el Uruguay a todo viento la bandera que flamea en el mundo sobre una gran marejada humana. En las últimas elecciones, ha tenido el Uruguay un candidato comunista a la presidencia. Un hecho que señala el lugar del Uruguay en la historio del sufragio.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

"Caminantes" por Lidia Seifulina [Recorte de prensa]

"Caminantes" por Lidia Seifulina

Empieza a ser vertida al español la nueva literatura rusa. (Ya se sabe que la nueva literatura rusa no es la de los "emigrados" sino la de la revolución. La que se alimenta de la savia, la emoción, el impulso, el sentimiento del orden nuevo). La Biblioteca de "La Revista de Occidente" ha publicado "El tren blindado" de Vsevolod Ivanov y "Caminantes" de Lidia Seifulina. Esto, claro está, es todavía muy poco. Sólo después de conocer a Pilniak, Babel, Mayakovski, Essenin, Fedin, Zamiatín, Lunts, Pasternak, Tikhonov, Leonov, Ehrenburg, etc., podrá el lector hispano enjuiciar panorámicamente la literatura rusa de la revolución. De los propios literatos del periodo anterior a la revolución, tal vez los más representativos permanecen aun inéditos en español. Mencionaré a Blok, Briussov, Remisov y Biely. Y su conocimiento es necesario como introducción en la literatura post-revolucionaria, a la cual Blok, Briussov y Biely han dado su aporte, mientras Remisov, hostil al bolchevismo, ha extraído, sin embargo, de la nueva vida rusa, los temas de sus últimos trabajos.

Lidia Seifulina es, presentemente, la más interesante de las mujeres de letras de Rusia. La poetisa Ana Achmatova, cuyo nombre está más difundido fuera de Rusia, pertenece a la época pre-revolucionaria. La Seifulina, en cambio, procede absolutamente de la revolución. En este periodo convulsivo seha formado su personalidad y su obra. Los libros que lleva publicados son señalados entre
los mejores documentos de la literatura revolucionaria.

La Seifulina nos presenta, sobre todo, la vida de la provincia, de la campiña, bajo el nuevo régimen. El fondo de su obra, como el de la obra de Pilniak y Babel, es totalmente campesino, aldeano. El campo, la aldea, aparecen en sus novelas como el cimiento y el humus de la nación. La ciudad es artificial, inestable, un poco inhumana. Las raíces de Rusia están en la campiña. El vaho mórbido de la ciudad disgusta su recia naturaleza de aldeana. La Seifulina siente que el contacto de la ciudad excita y corrompe al campo.

Esta actitud de la Seifulina mueve a varios de sus críticos a considerarla íntimamente adversa a la revolución comunista por ser el comunismo en nuestro tiempo un fenómero de origen y fermento esencialmente urbanos. Aunque comunista militante en los primeros años de la revolución, la Seifulina no acusa, ciertamente, una inspiración ortoxodamente bolchevique. Es de los literatos
que los bolcheviques denominan sagazmente "compañeros de viaje". Pero no es posible pedirle una literatura de rigurosa trama proletaria. La Seifulina no es una teorizante, ni una funcionaria sino una artista. (Trotsky ha planteado ya, en sus justos términos, la
cuestión del arte proletario).

Me parece erróneo y ligero el juicio de la Melnikova cuando escribe que ‘"en la Seifulina, la revolución es solamente el fondo sobre el cual se desenvuelven estos o aquellos acontecimientos de la vida campesina ya arrancada a su antiguo eje por obra de la guerra". Precisamente esta novela de "Caminantes", que acaba de aparecer en la Biblioteca de "La Revista de Occidente" prueba lo contrario. La presencia de la revolución con todos sus reflejos domina en "Caminantes" los episodios de la ciudad de provincia donde la novela se desarrolla. La novelista nos presenta en esta obra, con un vigoroso realismo, a una colección viviente de personajes, cuya vida está estremecida hasta lo más hondo por el huracán de la revolución. Y la Seifulina no se detiene en la anécdota. Aborda el conflicto central del alma rusa de nuestra época: el conflicto entre el romanticismo "socialista revolucionario" nutrido de supersticiones humanitarias, intelectuales y pequeño-burguesas y el realismo bolchevique forjado en la lucha social y purgado de hamletianismos neuróticos. El intelectual "socialista revolucionario" que la Seifulina presenta, nos delata el sentido íntimamente reaccionario de su resistencia a la dictadura revolucionaria cuando, prófugo de la ciudad, encuentra el terror blanco y confortado por el roce de una banda de cosacos en son de avance, se siente a su turno triunfador. El gesto que le descubre entonces la Seifulina es la prueba plena que el lector juez, momentáneamente conmovida por su declamación idealista, necesita, para condenarlo.

"Caminantes" adquiere, por esto, una emtonación revolucionaria. Hay en esta novela algo más que un documento objetivo de la revolución. El testimonio de Lidia Seifulina añade una pieza más, de irrecusable sinceridad, a la requisitoria contra el socialismo kerenskyano, apodado en Rusia "socialism revolucionario".

Otras novelas de Lidia Seifulina —como "Humus" que he leído en la excelente traducción italiana de Ettore Lo Gatto— que describen más específica y localizadamente los efectos de la revolución en la vida campesina, son sin duda las que inducen a una parte de la crítica a sospechar en la Seinfulina una secreta hostilidad aldeana al comunismo. Pero "Caminantes" resulta mucho más categórica y explícita que "Humus".

De la Seifulina, como literata, hay muchas cosas más que decir. Su rasgo principal, sin embargo —el sentimiento rural aldeado— está ya apuntado. Agregaré que en cuanto a forma o tendencia, la Seifulina se clasifica como una neo-realista. Como una de sus características esenciales, conviene destacar también su extraordinaria aptitud para crear tipos de mujeres. La obra de Lidia Seifulina está fuertemente impregnada de emoción femenina.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Después de la muerte de Dzerjinsky [Recorte de prensa]

Después de la muerte de Dzerjinsky

La muerte de Dzerjinsky ha abierto otro claro en el estado mayor de la Revolución Rusa. Los soviets han perdido uno de sus mejores
funcionarios; la revolución uno de sus más heroicos combatientes. Dzerjinsky, pertenecía a la vieja guardia del bolchevismo. A esa vieja guardia que conoció la derrota en 1905, la cárcel y el destierro en todos sus largos y duros años de conspiración y la victoria de 1917. Y que, entonces, justamente, empezó a vivir sus días más dramáticos, más agónicos, más exaltados.

Como la mayor parte de los hombres de la vieja guardia, Dzerjinski, era un revolucionario nato. Su biografía hasta octubre de 1917,
es absolutamente la biografía de un agitador. A la edad de 17 años, estudiante de retórica en el colegio de Vilna, se enrola en el socialismo y se consagra a su propaganda. Tres años después dirige en Kovno las grandes huelgas de 1879, señalándose desde entonces a la policía zarista como un agitador peligroso. Deportado de Kovno, Dzerjinski se dedica a la organización del partido social-democrático en Varsovia, actividad que le cuesta primero a prisión, luego la deportación a Siberia.

Escapa a esta última pena refugiándose en Alemania. El año trágico de 1905, encuentra en Varsovia en un puesto directivo de la social-democracia polaca. Condenado nuevamente al exilio de Siberia, Dzerjinski, logra fugar por segunda vez, pero regresa a su trabajo revolucionario en 1912 y la policía zarista cae implacable sobre él. La revolución de Kerenski, le abre finalmente, en 1917, las puertas de la prisión. Y Dzerjinski, vuelve a su puesto de combate. Participa activa y principalmente en la revolución bolchevique como miembro del Comité Militar revolucionará, en primera fila en la responsabilidad y en el riesgo.

En el Gobierno revolucionario, su tarea es, como siempre, una de las más penosas. Le toca presidir la Cheka, tan mal afamada por su dura función de tribunal revolucionario. En 1919, es nombrado además ministro del interior. La revolución, atacada en múltiples frentes, debe defenderse por todos los medios. Dzerjinski lo sabe. Y asume la responsabilidad histórica de la tremenda batalla. La contrarevolución es al fin vencida. La Cheka es reemplazada por la G. P. U. Pero Dzerjinsky, no está hecho para reposo. Se le encarga el ministerio de vías de comunicación. Rusia necesita regulariza sus desordenados transportes. Solo la terrible energía de Dzerjinsky es capaz de conseguirlo. Y, en efecto, los trenes al poco tiempo marchan normalmente. En fin, cuanto Rykoff es llamado a la presidencia del Consejo de Comisarios del pueblo, Dzerjinsky lo reemplaza en la presidencia del consejo nacional de economía.

En este puesto, entregado a la labor gigantesca de disciplinar y reorganizar la economía rusa, lo ha sorprendido la muerte. Dzerjinsky ha dado a la revolución, hasta su último instante, su energía y su potencia formidables de organizador.

No era un teórico sino un práctico del marxismo. No deja obra teorética. Encontró siempre, claro y neto, su camino. No tuvo tiempo sino para la acción. Le faltaban dotes de leader, de caudillo. Pero Dzerjinsky no ambicionó nunca más de lo que debía ambicionar. Tenia el genio de la organización; no de la creación. Aunque parezca paradójico, es lo cierto que este agente de la revolución, que pasó la mayor parte de su vida entre el complot, la prisión y el destierro, era fundamentalmente un agente del orden.

La mayor parte de los hombres aceptan probablemente como la imagen verdadera de Dzerjinsky, la fosca imagen del jefe de la Cheka inventada por las leyendas del cable. Pero ésta es, seguramente, la menos real de todas sus obras. Dzerjinsky, según el testimonio de los extranjeros que lo visitaron y conocieron en su despacho de Moscú daba una impresión de asceta. Era, físicamente, un monje magro, dulce y triste. Herriot, en su libro, "La Rusia Nueva" lo llama el Saint Just eslavo. Nos habla de su aire de asceta, de su figura de icono. De su cuarto sin calefacción, desnudo y humilde como una celda, cuyo acceso no defendía ningún soldado.

Después de su muerte el cable anuncia cotidianamente la reacción y el desorden en Rusia. Se ha vivido tanto tiempo con la idea de que este frío eslavo, tenía a Rusia en un puño que, apenas se le ha sabido muerto, la esperanza de los enemigos de la revolución ha renacido. Las polémicas, los debates internos del partido bolchevique, tan antiguos como el partido mismo, son presentados como las primeras escaramuzas de una sangrienta guerra civil. Quebrada la última esperanza de contrarevolución, toda la esperanza del capitalismo occidental está en la posibilidad de un cisma del bolchevismo.

Este cisma, claro está, no es teórica ni prácticamente imposible. Pero sí improbable. El mismo alcance so atribuyó después de la muerte de Lenin al disenso entre el directorio del partido y Trotski. Se dijo entonces que Trotski había sido aprehendido y deportado. Que una parte del ejército rojo se había sublevado a su favor. Todo, invención absurda. Meses después, Trotski, no obstante su oposición a la mayoría del directorio, regresaba a ocupar disciplinadamente su puesto en el gobierno de Rusia.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

La tragedia de Italia [Recorte de prensa]

La tragedia de Italia

Hace un año, el fascismo tuvo razón para celebrar el tercer aniversario de la marcha a Roma con ánimo exultante y victorioso. El balance de su tercer año de dictadura se cerraba favorablemente. La secesión aventiniana estaba liquidada. La contra-ofensiva iniciada con el desafiante discurso pronunciado por Mussolini en la cámara de diputados el 3 de enero de ese año, había barrido a la oposición constitucional de las posiciones artificialmente mantenidas hasta entonces. El equívoco del régimen constitucional y parlamentario había quedado cancelado. La constitución misma había sido adaptada a las necesidades del gobierno fascista.

Todo esto, le había costado al fascismo verdaderamente muy poco. Ni una huelga general, ni una agitación popular revolucionaria, habían respondido a la represión fascista. Al renunciar a estas armas en los dramáticos meses que siguieron al asesinato de Matteoti y preferir el camino de la protesta parlamentaria y de las negociaciones clandestinas con la monarquía, la oposición constitucional se había invalidado para resistir revolucionariamente el ataque ilegal del poder.

No es el mismo el cuadro de Italia en el cuar­to aniversario de la dictadura mussoliniana. Cua­tro atentados contra la vida de Mussolini, seña­lan el grado de exasperación de sus enemigos. Los cuatro atentados corresponden a este perio­do de derogación de toda Iibertad, durante el cual el fascismo cree haber consolidado indefi­nidamente su dominio. Son el síntoma de la ten­sión de la atmósfera política y espiritual creada en Italia por los métodos de Mussolini y sus escuadras de "camisas negras".

El atentado individual contra reyes o ministros estaba reservado en Europa, hasta hace po­co tiempo, al anarquismo terrorista. Ningún par­tido, ninguna secta política podía racionalmente aceptarlo, ni aún por excepción, en su táctica o su praxis. El socialismo, sobre todo, —que con­cibe la revolución como acción de masas, como movimiento esencialmente multitudinario, colec­tivo—, repudiaba y condenaba la violencia indi­vidual, imponiendo a su adeptos una disciplina y una ideología que la excluía absolutamente co­mo arma de combate.

Hay que pensar, por consiguiente, que tienen que haber cambiado de un modo demasiado radical los principios de la vida política
italiana para que Italia vuelva a la edad sombríaa de los complots y de las represalias terroristas.

Ninguno, de los partidos adversos a Mussolini es evidentemente responsable de estos atentados. La muerte de Mussolini no beneficiaría a ninguno. Desencadenaría un caos en igual forma peligroso para todos, durante el cual, a menos que sobreviniese rápidamente una acción militar, reinaría anárquica y truculentamente en Italia la violencia del "fascio".

Pero los partidos han sido prácticamente —y ahora formalmente— disueltos por el gobierno fascista, de suerte que junto con su organización está aniquilada su disciplina. Los líderes no están en grado de controlar la acción de los gregarios. El gobierno los ha privado de todo medio de moverse legalmente.

Las explosiones esporádicas de violencia individual resultan por ende inevitables, a pesar del interés que tendrían en impedirlas los
partidos proletarios, de los cuales el único activo es, en buena cuenta, el comunista. Cada atentado contra Mussolini proporciona al fascismo un motivo para aumentar sus instrumentos legales de represión, aparte de que nimba un poco más de milagro y leyenda la figura del condottiero.

El último atentado parece haber excitado hasta el delirio la cólera y la prepotencia fascista. Todas las garantías y derechos individuales
han quedado indefinidamente suspendidos. Los partidos contrarios al fascismo han sido oficialmente disueltos. La prensa de oposición ha desaparecido. Del parlamento se ha expulsado, al mismo tiempo que a la oposición aventiniana, al grupo comunista, al cual no se puede acusar como a aquella de haber hecho abandono de sus asientos. Y aunque las noticias cablegráricas, por la censura a que están sujetas, son imprecisas, no cabe duda de que al atentado contra Mussolini han seguido esta vez, días de sangrienta represalia fascista.

El episodio que, en esta siniestra marejada reaccionaria, impresiona más a los intelectuales es el ataque al célebre filósofo Benedetto
Croce y la destrucción de su biblioteca. Este episodio, por la significación y calidad del hombre agraviado, adquiere una resonancia especial. Tiene la virtud de herir hasta la enervada sensibilidad de aquellos intelectuales que, prontos a deplorar el ultraje a un filósofo, no son capaces sin embargo de decidirse a enjuiciar al fascismo.

Los orígenes de este desmán, cuyo proceso de incubación ha sido largo, no necesitan casi ser recordados. Todo el mundo sabe que en el curso de la agitación que suscitó en Italia el asesinato de Mateotti, Benedetto Croce, que ya se había cuidado de rehusar su voto al régimen fascista, sintió el deber de tomar una actitud franca contra sus métodos y sus principios. Croce sostuvo entonces en la prensa una resonante polémica con Giovani Gentile, el filósofo junto con quien combatió durante mucho tiempo las batallas de la filosofía idealista y de quien lo separa, desde su conversión a la doctrina de la cachiporra, una austera y fiel adhesión a la idea de la libertad. Esa polémica no se redujo a un diálogo entre Croce y Gentile. Se propagó en el campo intelectual, motivando el agrupamiento de los hombres de letras y ciencias en dos bandos antagónicos, asertor uno del principio de libertad y confesor el otro de la fe fascista. Y se suscribieron y publicaron dos manifiestos, encabezados respectivamente por Croce y Gentile.

Es indudable, no obstante su jactancia, que el fascismo no debe considerarse muy seguro. Su porvenir depende de un factor
tan incierto como él éxito de los planes imperialistas de Mussolini, quien necesita mantener a su pueblo en una constante tensión guerrera para justificar el rigor de su política social y económica. Pero si el éxito tarda, los recortes del régimen fascista corren grave, peligro.

Mussolini, ha prometido a su pueblo un gran imperio. Si la historia no le permite cumplir esta promesa, su empresa esencial estará fracasada. Porque no es cierto que el movimiento fascista no se haya propuesto cumplir sino una función de policía y orden. Si así fuera, Italia habría hecho, al dejarlo conquistar el poder, un mal negocio. Pues los días de violencia de la agitación revolucionaria no eran absolutamente ni más sangrientos ni más trágicas que estos del régimen fascista. La verdadera tragedia ha empezado ahora.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

El congreso anti-imperialista de Bruselas [Recorte de prensa]

El congreso anti-imperialista de Bruselas

La reunión del Congreso Anti-Imperialista de Bruselas coincide con un instante de vigorosa ofensiva del imperialismo en todos los frentes en que se organiza, contra sus ataques, el sentimiento nacionalista revolucionario. Inglaterra moviliza buques y soldados contra la China; Estados Unidos desembarca sus tropas en Nicaragua; y su canciller Kellogg amenaza a México, en servicio de los intereses de sus petroleras, contrariados por la nueva legislación mexicana. Al mismo tiempo, Mussolini reclama para Italia las colonias sobre las cuales debe asentarse el Imperio Fascista.

La derrota de Abd-el-Krim, que ha puesto término a una larga y cruenta guerra colonial, parece haber señalado la inauguración de un período de prepotencia y agresividad imperialista.

El Congreso de Bruselas llego, pues, a tiempo. No es posible confundirlo con una de esas habituales asambleas en que se ejercita, académica e inócuamente, en un escenario cosmopolita, la retórica de los grandes habladores internacionales. La asamblea de Bruselas responde a un apremiante clamor de esta hora.

Convocada y organizada por la Liga Internacional Anti-imperialista cuenta entre sus patrocinadores a Albert Einstein, a Henri Barbusse, al sabio chino Kuo Meng, rector de una universidad china, a Ledebour, leader de los socialistas independientes alemanes y a otros hombres eminentes e idealistas. Participan en sus labores el Kuo-Ming Tang, el Consejo General de Trabajadores de Pekín, el Partido Nacionalista de Puerto Rico, la Ligo Anti-imperialista de América, la APRA, el Partido Socialista de Persia, las organizaciones revolucionarias y nacionalistas de la India, el Egipto, la siria, etc.

Están, por tanto, representados en este congreso todos los pueblos del mundo que combaten por su emancipación del dominio de un imperialismo extranjero.

Todos, los pueblos oprimidos por uno de los imperios que se reparten los mercados de producción y de consumo, fraternizan hoy en Bruselas, donde encuentran la solidaridad de los partidos y de los hombres que, a su turno, luchan en Europa por el establecimiento
de un orden nuevo.

Este acontecimiento tiene el más vasto alcance histórico. Por primera vez la cuestión del imperialismo es planteada en una asamblea
mundial, con el objeto de concertar las bases de una acción anti-imperialista que preste a cada uno de los pueblos que reivindican su independencia la fuerza moral y material de todas las organizaciones revolucionarias.

El imperialismo aparece robustecido por la estabilización temporalmente lograda por el régimen capitalista en Europa. Esta estabilización no puede durar si las naciones capitalistas de Europa no se aseguran una más intensa y segura explotación de los países coloniales de Asia, América y Africa. La ofensiva imperialista se explica, perfecta y claramente, como una necesidad de la defensa del orden burgués. Solo a expensas de las colonias, pueden las burguesías de Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, ofrecer a las clases trabajadoras el mínimo de bienestar necesario para impedir un vigoroso renacimiento del sentimiento revolucionario.

En Estados Unidos el problema no es el mismo. El capitalismo norte-americano se encuentra en su apogeo. Conserva todavía integra su vitalidad. Pero su desarrollo exige la extensión dei imperio económico norteamericano en América y Asia. Se ha entablado una encarnizada competencia entre las grandes potencias capitalistas, en la cual Norteamérica se empeña en vencer. Mientras a los imperialismos europeos los mueven, sobre todo, fines de conservación, al imperialismo norteamericano lo impulsan, principalmente, razones de crecimiento. Esto lo define como el más fuerte.

Tiene, en consecuencia, el Congreso de Bruselas un trabajo complejo.

La lucha anti-imperialista se presenta absolutamente vinculada a la lucha revolucionaria. El socialismo europeo se encuentra en la necesidad de sostener y apoyar las reivindicaciones anti-imperialistas aunque no sean rigurosamente proletarias. El nacionalismo que en las naciones de Europa, tiene forzosamente objetivos imperialistas y por ende reaccionarios, en las naciones coloniales o semi-coloniales adquiere una función revolucionaria, cuando existe real y activamente y no constituye una mera etiqueta conservadora y tradicionalista.

El mérito de haber advertido esto, desde su primera hora, no le puede ser regateado a la Tercera Internacional, ni aún por sus más acres críticos del socialismo reformista. Lenin, con su genial clarovidencia, comprendió, primero que nadie, la solidaridad de la revolución proletaria de Occidente con las revoluciones nacionalistas de Asia, Africa, etc. Los socialistas reformistas se escandalizaron de este punto de vista que ahora obtiene plena ratificación de la historia.

Pero el origen de tal actitud se halla en la práctica socialista de los tiempos pre-bélicos. Los socialistas europeos, con pocas excepciones, se mostraban entonces indiferentes a la suerte de los pueblos de color. Después de la guerra, las cosas han cambiado, aún en los países donde el sentimiento de superioridad de la raza blanca se conserva más arraigado. Se ha visto así a los laboristas británicos oponerse enérgicamente a la política de su gobierno cuando éste pretendió emplear el poder militar de la Gran Bretaña contra la Turquía de Mustafá Kemal.

Es muy significativo y trascendente el hecho de que el Congreso Anti-imperialista se celebre en Europa, auspiciado y convocado por europeos a los que no repugna la mancomunidad con asiáticos, africanos e indiamericanos. La burguesía europea atribuye a su política reaccionaria —sin excluir naturalmente su ofensiva imperialista— fines de defensa de la Civilización. Pero hombres como Einstein, que han prestado a la Civilización servicios que la burguesía no puede contestarle ni discutirle, afirman con su actitud honrada y valiente que el capitalismo y la civilización no son la misma cosa y cae bien puede desaparecer el primero sin que sucumban ni declinen los principios y las conquistas esenciales de la segunda.

José Carlos Mariátegui

José Carlos Mariátegui La Chira

Carta de Manuel A. Seoane, 14/8/1928

Buenos Aires, 14 de agosto de 1928
Mi querido compañero Mariátegui:
Activamente estamos trabajando Herrera, Cornejo, Cisneros, Merel y yo en la redacción de una amplia propuesta a los compañeros que han venido trabajando por la causa socialista en el Perú. Deseamos unificar las fuerzas, peruanizar nuestra acción, darle cauce concreto y serio y principiar algo más severo de lo hecho hasta hoy. Apenas esté concluida, se la mandaremos.
Ahora le escribo, además de para comunicarle esto, que considero importante y oportuno, para enviarle un artículo mío destinado a Amauta. Quizás Luis Alberto le entregue un reportaje que hice a Rojas hace dos años y que tiene Basadre, el que conserva su actualidad.
Puede darse por constituido en ésta el grupo Amigos de Amauta, del que soy miembro. He visto raudamente a Blanca Luz y a su cónyuge, pero necesito siempre los datos sobre su anunciado viaje, que le pedí.
Muy cordialmente
M. Seoane
Bolívar 65.
Charlone 12.
Humberto 1°.639.

Seoane, Manuel

Carta de Jaime L. Morenza, 22/11/1928

Montevideo, 22 de noviembre de 1928
Señor José Carlos Mariátegui,
Revista Amauta.
Lima (Perú)
Estimado amigo y compañero:
Ahí le mando unos poemas de Juana de Ibarbourou. Hace tiempo que los tengo en mi poder. Los retuve esperando una semblanza sobre ella, prometida por el amigo Ferreiro. Como demora en dármela se los mando solos.
Le mando también unas líneas mías. No sé hasta qué punto podrán interesar a los lectores de Amauta. Eso, usted lo verá. Por tanto queda en libertad de hacer con ellas lo que quiera. Si le parecen bien las publica; en caso contrario las tira tranquilamente al canasto.
Muy bien el nuevo formato de Amauta. Y magnífico el estudio que usted viene publicando sobre el libro del trampista belga. Creo que su trabajo ha de ser de efectos muy saludables. El libro que comenta es un libro peligroso. Su peligrosidad no estriba tanto en lo que dice— que ya se ha dicho muchas veces—, sino en el tono y en la oportunidad con que lo hace. Atravesamos por una era de confusión intelectual enorme. Hoy los matices accesorios de ciertas fórmulas, tienen más eficacia proselitista que el sentido esencial de las mismas. En el libro de de Man se da este fenómeno. Yo no veo en él otra cosa que el esfuerzo de un renegado para justificar su actitud: es el social-patriota cohonestando, con una argumentación aparentemente científica, y, en rigor, atrozmente metafísica, su traición al socialismo. Pero comprendo que no a todos le pasará lo mismo. Por eso me parece bien su análisis crítico. Es una labor de higiene intelectual que yo admiro y aplaudo. Con ella hace usted un gran bien a la juventud y a las ideas de Marx.
Hace unos días vi a Blanca Luz. Hablamos de usted. Lo estima enormemente. Yo sabía que ella se encontraba en una situación material delicada. Ello me indujo a mentirle. Fue una mentira piadosa. Le dije que usted me había indicado que le diera algunos pesos a cuenta de la liquidación de los números que recibo de Amauta. Con ese pretexto le entregué diez pesos oro. Si llega a escribirle a usted sostenga, o destruya la mentira. Yo hice eso, porque me pareció indelicado ofrecerle dinero sin más pretexto que el de la necesidad. Sobre todo tratándose de una necesidad que ella sobrelleva valientemente y a veces trata de ocultar.
Sin otro motivo, lo saluda con la consideración intelectual y amistosa de siempre su devoto.
Jaime L. Morenza

s/c. Ituzaingó, 1288 - Montevideo
NOTA.- Dígale al administrador de Amauta que me envíe liquidación para girarle importe. Adviértale que yo no acepto comisión.
Vale

Morenza, Jaime L.

Carta de Autor no identificado, 2/9/1930

Querido y estimado compañero Martínez:

En mi poder ha sido su última de fecha 22 de agosto ppdo., víspera de estos acontecimientos que estamos viviendo y que han venido á marcar nuevos rumbos a la nacionalidad.

Si fuera a contarle minuciosamente el ambiente de estos pueblos que han despertado, no concluiría, seguramente sin ser cansado. Pero le advierto que siguiendo la línea de nuestra conducta, solamente, —tratándose de mí,— me he regocijado por lo acontecido, pero mi línea de conducta no ha variado un solo momento. Sabemos que nosotros no hemos hecho mas que ser espectadores de esta epopeya, como ya se le llama por la pasión de los revolucionarios de última hora. Creo que en Lima, como acá en provincias, habrán resultado á última instancia multitud de "vivos" que plegándose al movimiento y vociferando por las calles, sin cuidarse de sus antecedentes, pretendan y piensen que no les ha llegado su hora. Ha sido para mí, un espectáculo de asco y de irritación. Si pensamos componer esta región que le llamamos Patria, yo comenzaría por cortarle el pescuezo a tanto sinvergüenza revolucionario de última hora que durante el Régimen de la Tiranía solo vivían del delato y de la felonía. Guardémoslos para su tiempo y dejando aparte toda esta serie de consideraciones mas ó menos precisas debemos hablar claro sobre nuestras aspiraciones y le ruego precisármelas si le fuera posible dentro del mas breve tiempo.

La revuelta nos ha venido a sorprender cuando con los compañeros de Chiclayo y esta provincia, estábamos proyectando una reunión secreta en Lima, para fines de noviembre, a fin de dar vida al Partido Socialista, santa aspiración de nuestro nunca bien llorado J.C., pero como le repito la revuelta á venido á interrumpir nuestras labores. Pensamos invitar a todos los elementos desconectados de la república, —es decir a la minoría,— para la formación del Partido en forma real y valedera y creo que contamos con el apoyo de Ud. y de todos los compañeros de esta capital, formado el Partido, la labor es mucho mas fácil y la culminación del programa marxista una hermosa realidad.

Por eso es que quiero que me indique cual va a ser la línea de conducta del grupo limeño y si debemos contar con la segura cooperación de Uds. para la formación del Partido. Creo y sé que a la reunión asistirían todos los compañeros que hay allí, para que la discusión sea mas ilustrada.

Espero su respuesta sobre este asunto y sobre el papel que hemos de desempeñar dentro de lo acontecido. Por mi le diré lo que ya le digo, que mi línea de conducta no ha variado gran cosa. No me entusiasmo por tan pequeño triunfo y mas percatándome de que nosotros no hemos sido mas que meros espectadores. Las manifestaciones han pasado junto a mi solitarias y bulliciosas sin que haya yo tenido necesidad de sumarme a ellas. En Chiclayo Nixa, tuvo el coraje de enrostrar a los manifestantes la venalidad de muchos de ellos; lo mismo hubiera hecho yo, pero no hubo la oportunidad. Las manifestaciones no han tenido el carácter que tomaron en Chiclayo.

He estado recibiendo "Amauta" y he revisado sus alcances que encuentro conforme, pero he tenido y tengo actualmente tanto que hacer y he tenido tanto atraso después de mi prisión, que contra todo mi buen deseo no me ha sido posible atenderlos con alguna remesa. Hoy que ya no hay "cruce" comenzaré a hacerle remesas mensuales fijas de CINCO LIBRAS (£p. 5.00) (creo que ya hay derecho á suprimir el SOL DE ORO) hasta cancelar mi saldo. Le aviso que pueden mandar además los 50 ejemplares mas del Número 31, para atender al reparto. En correo entrante, es decir la semana que viene, puedo ya hacer la primera remesa segura.

Esperando su respuesta, quedo como siempre su atento camarada.

Chepén, setiembre dos de 1930

Autor no Identificado

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