Item 028 - La escena contemporánea por César Falcón [Recorte de Prensa]

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Código de referencia

PE PEAJCM JCM-F-03-2-2.1-028

Título

La escena contemporánea por César Falcón [Recorte de Prensa]

Fecha(s)

  • 1926-03-04 (Creación)

Nivel de descripción

Item

Volumen y soporte

02 hojas ( cm). Soporte papel.

Área de contexto

Nombre del productor

(1892 - 1970)

Historia biográfica

Escritor y periodista peruano, tuvo también la nacionalidad española y mexicana. Fue amigo de José Carlos Mariátegui, con quien fundó y dirigió el semanario Nuestra Época y el periódico La Razón. Este último se convirtió en una voz representativa de las demandas de la clase obrera en 1919. Sin embargo, debido a la dictadura de Augusto B. Leguía, fueron enviados como agentes de propaganda a Europa, una especie de deportación disimulada. De esta manera, inicia así una larga trayectoria periodística que abarcó países como España, Inglaterra, Francia, Estados Unidos y México. En España, se convirtió en un activo militante del Partido Comunista de España durante la década de 1930, hasta el final de la guerra civil española.

Institución archivística

Historia archivística

Origen del ingreso o transferencia

Área de contenido y estructura

Alcance y contenido

Recorte del artículo "La escena contemporánea" de César Falcón publicado en la revista Perricholi, el 4 de marzo de 1926, año 2, nro. 11.

PANORAMA MUNDIAL

La Escena Contemporánea

Escribo este artículo para un público al cual no necesito revelarle mi fraternidad espiritual con José Carlos Mariátegui. El público de Lima nos ha visto ir juntos desde la infancia, formando paralelamente nuestras almas y caminando en la vida al mismo paso. Cuando la brutalidad de una existencia cuyas injusticias abominamos los dos con idéntico alarido le arrancó a él la mejor de sus piernas, yo me quedé solo en el camino, silencioso, mordiendo mi dolor. Pero nuestros pensamientos han continuado la misma ruta. En las páginas de La Escena Contemporánea, el reciente libro de Mariátegui, hay muchos instantes del drama europeo que hemos visto juntos, muchas palabras que hemos oído o leído al mismo tiempo. En su libro he encontrado de pronto, con la plasticidad de una tabla primitiva, o, para personalizarla con un nombre que a él le gustará sin duda, del Cimabur, el panorama del tercio más importante —para mí, al menos— de mi vida. Por esto, mi juicio sobre La Escena Contemporánea se desarrolla hoy como una reacción espiritual ante un acto de mi propio espíritu, es en dicho modo la crítica de una conciencia que se analiza ella misma.

Lo de La Escena Contemporánea es su concepto esencial. Mariátegui no lo ha escrito con la intención fría de informar al pueblo peruano de cómo se gesta y desarrolla la política europea. Mariátegui no es un historiador de la política ni un biógrafo ideológico de sus actores. Es, ante todo, un político. Su información y su comentario pasan siempre a través de sus ideas y van al público reflejadas en el lienzo de su doctrina. Este es el aspecto del libro que me interesa más, porque yo también, como todo hombre sensible a la responsabilidad histórica de su existencia, soy un político.

Mariátegui ve el panorama político actual de Europa, y, en general, del mundo, con dos visiones paralelas. Los motivos centrales de todo movimiento político son, según la mejor síntesis de su juicio disperso, la revolución o la reacción. Ir adelante o volver atrás. El punto medio, el presente, ese acomodarse blandamente en el progreso adquirido y no moverse sino con extremada cautela para conservar la misma postura, no tiene, dentro su tabla de realidades, realidad ninguna. La fauna social se divide, esencialmente, en aquellas dos grandes fuerzas antagónicas. Las demás fuerzas pequeñas gravitan, acordes con su interés y su sicología, hacia una de éstas. La apreciación del fenómeno social tiene así una evidente exactitud. Es cierto que ningún grupo social tiene hoy un movimiento divergente de los dos grandes movimientos de la sociedad. Entre otras razones, porque no puede tenerlo. La alternativa admite distingos, contemplaciones, esperas cuando sirve de juego retórico. Cuando se realiza en hechos históricos hay que seguirla de todos modos. Se la sigue aun sin advertirlo. Quien no está en un lado, está en el otro. No importa que diga lo contrario. Sobre sus palabras está la profunda realidad de la política. Cualquiera que sea la exégesis circunstancial y la intención de un acto político, su significado cierto, que sólo puede verse en contraste con su eficacia histórica, es el de un acto revolucionario o un acto reaccionario.

Pero a esta impresión exacta de la biología política sigue el concepto de la revolución. Mariátegui tiene de la revolución un concepto formal, y de la forma de la revolución un concepto bíblico. La revolución le parece algo como el diluvio. Hay revolución donde el agua sube treinta codos sobre las más altas montañas. Donde no sube tanto o, en lugar de subir, corre por hondos cauces artificiales, hay, por el contrario, reacción. Las dos formas políticas antagónicas de este concepto son el comunismo ruso y el fascismo italiano.

A medida que un partido se acerca al comunismo ruso, se acerca a la revolución, y, de revés, cuando más se acerca al fascismo, más próximo se pone a la reacción.

En la dialéctica periodística de la época, eso se llama marxismo, y no sería arduo probar que lo es efectivamente. Lo arduo es probar que el comunismo ruso es aun marxista y que el marxismo contiene la fórmula mesiánica de la revolución universal. Yo tengo mi intención muy distante de tal empeño. La revolución rusa es, precisamente, la objeción más terminante al sentido universal del marxismo. Mientras pudieron mantenerse las ilusiones de una revolución europea, el pueblo ruso entregó generosamente su carne a la experiencia marxista. Pero el éxito de la experiencia dependía de la revolución europea. Es decir: el marxismo, la visión profética del Manifiesto Comunista, era necesariamente la revolución europea. Zinoviev, a quien Mariátegui, con excesiva lealtad marxista, concede demasiada importancia, ha sido hasta hace unos días el más constante y empecinado pregonero de la revolución universal y del marxismo político en Rusia. Pero hace unos días, la clarividencia genial de Trotsky le ha dado, con las nuevas reformas sociales adoptadas por el Congreso del Partido comunista, el golpe definitivo al marxismo político, de idéntico modo que la admirable ductilidad de Lenin le dio, hace tres años, con la nueva política económica, el golpe de gracia al marxismo económico.

Mariátegui dice: "La filosofía evolucionista de Spencer y la teoría de Darwin sobre el origen de las especies son dos productos típicos y genuinos de la inteligencia, del clima y del ambiente británicos". ¡Y el marxismo, y lo más sólido del marxismo, querido José Carlos! Porque esa visión profética de la revolución universal, ese encarnizamiento de la dictadura del proletariado, ese tono jehovático del Manifiesto Comunista, esa mirada incandescente hacia el porvenir, es del judío Marx, es el grito alucinado de un Isaías. Pero la verdad que el profeta tenía en la mano y que le inflamó la sangre fue el descubrimiento del factor económico en la formación de la moderna sociedad inglesa; la tenía, profundamente evolucionista, del materialismo histórico. Lo que el pueblo inglés hace espontánea e irracionalmente, Marx encontró en Inglaterra una gran verdad, una gran verdad inglesa, y la desparramó en el viento como la gran verdad de los hombres. Los judíos han tenido siempre, antes y después de Cristo, la mala costumbre de dirigirse a la humanidad. El último ejemplo es el de Zinoviev, quien, hasta que el partido le ha tapado al fin la boca, no ha cesado de hablarle a los exangües grupos comunistas supervivientes de Europa como si le hablara a todos los hombres nacidos y por nacer. Y el reproche no tiene importancia cuando quien habla nos descubre, como Marx, un nuevo contorno de la conciencia humana. Pero cuando se dicen las simplezas de Zinoviev, lo menos que puede hacer un hombre sensato es no perder el tiempo escuchándolas.

La pistola marxista le sirve a Mariátegui para disparar a Mussolini un copioso arsenal de adjetivos. Pero uno es sobremanera certero: italianísimo. Aquí, en este solo adjetivo, está, a mi entender, la síntesis más exacta del fascismo, y en la aplicación de los correspondientes al pueblo ruso y al inglés, los del comunismo ruso y el laborismo inglés. Los números también son símbolos del espíritu. Cuando Mariátegui y yo salimos una mañana del congreso socialista de Livorno, entropados en el grupo comunista, la Confederación General del Trabajo italiana tenía cuatro millones trescientos afiliados. El día de la marcha sobre Roma sólo le quedaban quinientos mil, y un año después, treinta mil. Es ingenuo creer que la conversión la hizo el manganello. Mariátegui y yo hemos visto el nacimiento del fascismo y sabemos que los millones de italianos marxistas, si hubieran querido, habrían acabado con él en cuatro días. Pero el fascismo era italianísimo como los cuatro millones de obreros de la Confederación. Esto no puede comprenderlo el marxismo. Esto lo comprenden los pueblos. Porque para un gran pueblo, como para un gran individuo, lo más poderoso, lo histórico, lo eterno es su personalidad. La revolución, sí; pero su revolución, a su manera, como él la siente y la expresa y como destaca su relieve sobre la perspectiva de los siglos. La revolución, en fin de cuentas, no es sino el medio de destruir el orden de vida existente con el ideal de construir un orden mejor, sólo que como el orden de vida no es idéntico en todos los pueblos, cada pueblo necesita realizar su revolución. Los esquemas mentales de un comité de judíos podrán servir para encender una llamarada transitoria. Mas nunca para promover y gobernar el gran movimiento de la consciencia colectiva que es y ha sido siempre el motor de las revoluciones. Este movimiento no se produce difundiendo una teoría, sino creando un sistema de convivencia social propio, en el que la personalidad colectiva adquiere su máximo desarrollo. Por esto, el comunismo ruso, a pesar de haberse despojado del marxismo, es una revolución profunda, y lo son igualmente el fascismo italiano y el laborismo inglés. Yo no sé si Mussolini y MacDonald transformarán el régimen social en Italia y en Inglaterra tan hondamente como Trotsky logre al fin transformar el de Rusia, o si otros hombres completarán la obra iniciada por ellos. Pero el comunismo, el fascismo y el laborismo irracionalmente marxista constituyen las revoluciones de Rusia, de Italia y de Inglaterra y, desde luego, los tres movimientos sociales más vigorosos y más históricos de la época.

La exactitud de tal observación se advierte, más que en estas líneas, en las propias páginas de La Escena Contemporánea. Mariátegui hace latir en ella la caudalosa vitalidad de los tres conglomerados revolucionarios, y esto solo da el signo exacto. La vida no se equivoca.

Yo me alegro de que se haya escrito La Escena Contemporánea para los pueblos del Perú. Pero quisiera que no la hubiese escrito Mariátegui. La inteligencia y el tiempo de Mariátegui nos hacen falta para estudiarnos y revelarnos nosotros mismos, para iluminar nuestra conciencia histórica y perfilar, por nosotros mismos, sin marxismos, sin la ilusión literaria del mesiánico Zusammenbruch de un capitalismo inexistente, nuestra personalidad colectiva y nuestra sociedad futura.

César Falcón

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  • español

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Existencia y localización de originales

El documento original es custodiado por el Archivo José Carlos Mariátegui.

Existencia y localización de copias

Unidades de descripción relacionadas

En la carta del 28 de julio César Falcón hace mención a dicho artículo.

Descripciones relacionadas

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Notas

  • La reseña de "La escena contemporánea" citada a modo de postdata apareció en Perricholi, Lima, año 2, nro. 11, 4 de marzo de 1926, pp. 16-17.

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2026-05-20

Idioma(s)

  • español

Escritura(s)

Fuentes

Nota del archivista

Descripción realizada por Ana Torres.

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